Entre Muros y Sueños

Dia Gris

El día después de la reunión con el director, Luka se despertó lentamente, sintiéndose como si el peso del mundo entero cayera sobre sus hombros. Era un aplastante recordatorio de la realidad. Su espíritu, ya frágil, se vio invadido por un profundo desasosiego. La imagen vívida de la lágrima solitaria que resbaló por la suave y preocupada mejilla de Clara permanecía grabada en su mente, como un eco persistente de un momento que no podría olvidar. Esa lágrima era un presagio de los tiempos difíciles que se avecinaban, una señal que lo instaba a prepararse para lo que podría venir, una sombra que oscurecía sus pensamientos.

De repente, el sonido del timbre resonó en el aire, anunciando el desayuno y sacándolo de sus pensamientos oscuros. Era hora de dirigirse al comedor, donde la rutina amenazaba con ahogar sus inquietudes. A medida que Luka entraba al comedor, la conversación habitual entre internos parecía restringida. Había rostros de preocupación entre los presentes, un aire de inquietud flotaba, como si la atmósfera pesada se hubiera asentado entre ellos. Con la mente llena de fragmentos de lo acontecido, observó a sus amigos sentados en la misma mesa. Sus rostros reflejaban la misma angustia que él sentía: un mar de emociones compartidas, llenas de silencio. Anto alzó la vista al ver a Luka, pero su expresión era seria, casi apagada, mientras las palabras parecían atoradas en su garganta. Mati intentó forzar una sonrisa, pero no fue del todo sincera; la ansiedad llenaba el aire mientras se sentaba a desayunar.

—¿Cómo se sienten hoy? ¿También fue una noche de mierda para ustedes? —preguntó Luka, rompiendo el silencio que se había instalado rápidamente. La pregunta cayó en el aire como una broma pesada, pero era un intento de conectar, de que todos supieran que no estaban solos.

Anto suspiró, apretando sus manos en la mesa.

—Siento como si algo estuviera a punto de estallarnos en la cara. La charla con el director y ese silencio lo dice todo —respondió, con su voz temblorosa.

Mati, tras escuchar a Anto, se inclinó hacia adelante, sus ojos reflejando una seriedad inusitada.

—Luka, tenemos una mala noticia. Al parecer, van a suspender las visitas hasta nuevo aviso.

Las palabras cayeron como un balde de agua fría sobre Luka, congelando su corazón. El anhelo de ver a "El Profe", y el débil hilo de esperanza de volver a encontrarse con su madre después de tanto tiempo, se desmoronó en un instante.

—¿Qué? No puede ser —murmuró, sintiendo que la desesperación comenzaba a apoderarse de él.

—Dicen que las visitas están suspendidas por problemas de seguridad, pero eso no puede ser cierto— replicó Anto.

La presión creciente en el pecho de Luka lo llevó a entrecerrar los ojos, tratando de asimilar la magnitud de esta noticia.

Mati compartió una mirada inquieta con Anto.

—Sí, ya empezaron a circular rumores sobre la suspensión de las visitas. Por eso los rostros de los demás chicos están tan pálidos y ansiosos; todos sienten que les están quitando su último rayo de esperanza —dijo Anto.

Luka sintió que la angustia lo envolvía. Había esperado con ansias la visita de su hermano, del Profe, queriendo escuchar un rayo de luz desde el exterior; ya no habría más visitas, más alientos de esperanza. Se preguntaba qué sería de Niko, cómo enfrentaría el dolor de perder la conexión con su hermano mayor, y como se encontrara Ana luego de recibir su alta, necesitaba verla ahora más que nunca.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo Luka, invadido por una desesperación palpable. Esas palabras cargaban el peso de lo que estaban por afrontar.

Anto se mostró más decidida.

—No podemos dejar que nos quiten la única conexión que tenemos con el mundo exterior. Si esto se cierra, estamos perdidos.

Mati asintió con convicción.

—Tienes razón, Anto.

En el comedor, la luz de un día nublado se filtraba lentamente entre las ventanas, mientras la incertidumbre se desplegaba; Luka, Antonella y Mati de pronto se percataron de la ausencia del Toro.

—¿Alguien sabe dónde está Rodrigo? —preguntó Mati, frunciendo el ceño mientras buscaba en la multitud de internos que desayunaban animadamente.

—No lo he visto en toda la mañana —respondió Luka, su voz cargada de inquietud.

—Debió haberse presentado por lo menos para el desayuno. Esto no es normal.

Antonella, nerviosa, jugueteaba con un mechón de su cabello.

—Me preocupa, podría estar teniendo un mal día.

Mati miró alrededor, escaneando a los otros internos, pero la atmósfera del comedor era densa. La preocupación surcaba el aire; un silencio inquietante se apoderó de la mesa al notar que el Toro no estaba.

—¿Te imaginas que algo le haya pasado? —dijo Luka, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.

—No digas eso—. Antonella reprimió un temblor en su voz.

— No quiero ni pensarlo.

Justo en ese momento, las sombras del Pájaro y el Rata se acercaron, inquietos. Pablo, con su mirada rápida y astuta, interrumpió sus pensamientos.

—¿Alguno de ustedes ha visto a Rodrigo? No lo encontramos.

Federico "El Rata" añadió con voz baja, manteniendo un tono suspicaz:

—La última vez que lo vi, estaba hablando con el Mauri... .

Luka sintió una punzada de desconfianza al escuchar esas palabras.

El tiempo parecía dilatarse mientras Luka intentaba procesar la preocupación en el aire. La figura del "Toro", que tanto les había ayudado, se había deslizado de su lado, y ahora sentía que todos estaban a la deriva.

—Este lugar... —empezó Luka, pero las palabras se evaporaron. El silencio suspendido se cortó de repente cuando un altavoz resonó en el comedor.

—Atención a todos los internos —anunció una voz monótona.

—Se informa que las visitas están suspendidas hasta nuevo aviso. Solo se permitirán llamadas telefónicas una vez por semana desde el teléfono público.

La noticia cayó como un balde de agua fría entre los internos, y no pudo evitar que la angustia creciera en su pecho. Luka sintió un aire helado que lo rodeaba; la idea de que las visitas de sus seres queridos fueran negadas lo sumió en una desesperación más profunda.




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