El sol brillaba intensamente en el patio de la Correccional Juvenil Valle Verde, creando un contraste vívido entre la luminosidad del día y la penumbra que a menudo llenaba sus vidas. La luz se filtraba entre las hojas de los árboles, creando patrones dorados sobre el suelo de cemento. El canto lejano de las aves y la suave brisa acariciaba los rostros de los internos en el patio, un regalo del verano entrante que parecía burlarse del oscuro trasfondo de la correccional. Luka, Antonella, Mati y Elisa se congregaban bajo el viejo árbol, sus ramas torcidas ofrecían sombra, como si intentarán protegerlos del peso de sus pensamientos. El murmullo de sus voces a veces se elevaba, en otros momentos, se debilitaba, a medida que discutían sobre el Toro y su misterioso traslado. Discutían, sentados de manera informal, sus piernas cruzadas bajo la mesa de metal oxidada. La preocupación se reflejaba en sus rostros, evidenciando el cansancio acumulado en sus ojos, marcados por la ansiedad y la inseguridad que los rodeaba.
—Aún me cuesta asimilar que Rodrigo no esté aquí con nosotros, siempre lo veíamos tan fuerte, tan imponente, como si pudiera enfrentar cualquier desafío sin inmutarse, ¿qué le habrá sucedido en realidad? —dijo Mati, su voz sonaba entrelazada con inquietud y un profundo miedo. Miró al suelo, como si buscara respuestas escondidas entre las baldosas desgastadas del patio, cada grieta en el cemento parecía reflejar su estado emocional.
—Espero que no lo hayan silenciado... —respondió Elisa, su mirada densa de preocupación, mientras su mente intentaba asimilar la gravedad de la situación.
Cada rumor sobre Rodrigo se sentía como un peso que se sumaba a sus cargas individuales, cada uno requiriendo un esfuerzo adicional para mantener la calma ante lo desconocido.
Antonella, sentada al lado de Luka, se frotó lentamente los brazos.
—Siempre hemos escuchado historias sobre otros que han desaparecido en el sistema, pero la incertidumbre sobre lo que ha ocurrido con Rodrigo es algo que uno no esperaba que sucediera—admitió.
Luka se inclinó hacia adelante, su expresión inquieta mientras miraba a sus amigos.
—La última vez que lo vi, parecía estar bien... un poco más fuerte, incluso. Pero... no sé qué puede haber pasado —murmuró, sintiendo un nudo en su estómago ante la mera idea de que Rodrigo pudiera estar en problemas, atrapado en un lugar oscuro del que nadie podía escapar.
—No deberíamos habernos involucrado en esto —dijo Mati, su voz temblorosa ahora.
— Quizás, si no hubiéramos hablado tanto de nuestras intenciones, no se habría expuesto tanto.
—Es nuestra culpa —afirmó Antonella, su tono lleno de culpa y autocrítica.
Luka, sintiendo el peso de sus palabras, intentó encontrar una manera de alentar a sus amigos.
—No somos responsables de lo que le pasó a Rodrigo. No lo olviden, incluso él nos advertía sobre el peligro del Mauri. Yo creo que él sabía que esto podía suceder....—dijo Luka, aunque sus propias palabras sonaban vacías ante la carga que todos llevaban.
El aire se volvió más pesado, y la preocupación que los unía se transformó en un lazo de ansiedad evidente . Luka sabía que la incertidumbre los acechaba, una sombra que podría devorarlos si dejaban que se alimentara de su miedo. Mirando al horizonte, donde el cielo gris seguía nublándose, sintió que debía darse una señal. "No hay mal que dure cien años", pensó Luka, tratando de aferrarse a esa pequeña esperanza mientras su corazón se llenaba de inquietud. Luka se pasó la mano por el cabello y miró a Antonella, sintiendo una punzada de angustia en su pecho.
—Él se preocupó por nosotros. Había decidido hablar cuando pudo callar y no decir nada... No puedo imaginar que esto termine así para él. Él fue muy valiente... —murmuró, sintiendo la carga de la verdad aplastarlo.
Antonella lo observó con preocupación reflejada en su mirada. Sus ojos, normalmente llenos de una luz optimista, ahora estaban empañados por la tristeza.
—Confío en que esté bien... Lo tenemos que creer —dijo con la convicción de alguien que intenta sostener el hilo de esperanza de un grupo que empieza a tambalear. Pero Luka podía ver que, en el fondo de sus palabras, también había miedo.
Mati, nervioso, se giró hacia Elisa.
—Voy a hablar con Pablo y el Rata... Tal vez sepan algo que nos ayude en esta situación —dijo Luka, apretando los dientes con determinación a medida que empezaba a levantarse, moviéndose en dirección hacia donde se encontraba Pablo.
Sus pasos eran firmes, aunque la incertidumbre todavía latía en su interior.
Mati y Elisa, reconociendo la urgencia del momento, se dirigieron hacia donde "El Pájaro" estaba más alejado de los demás, su expresión era distante y ausente. Parecía sumido en sus propios pensamientos, quizá recordando momentos pasados o enfrentando sus propios demonios.La atmósfera a su alrededor estaba cargada de una tensión palpable, y Luka se preguntaba, con un nudo en el estómago, si Pablo tendría la información que tanto necesitaban sobre Rodrigo. Los dos amigos se separaron, dejando a Luka y Antonella bajo la sombra del viejo árbol que había estado allí por generaciones. Las hojas verdosas se mecían suavemente con la brisa, mientras los rayos del sol trataban de atravesar la densa cubierta. La tranquilidad momentánea contrastaba con el torbellino de emociones vibrando en sus corazones.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Luka, su voz baja, casi un susurro. La angustia en su pecho amplificaba sus dudas sobre el futuro. ¿Y si Rodrigo nunca regresa? La inseguridad se arrastró dentro de él como la sombra del pasado que no podía ignorar.
Antonella inhaló profundamente, con la mirada fija en el suelo.
—No lo sé... Ojalá pudiéramos hacer algo por él.
—No sé cómo enfrentaremos a Mauri..... Lo bueno es que sabemos que no estamos solos; hay gente afuera tratando de ayudar— respondió Luka.
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Editado: 13.06.2026