Entre Muros y Sueños

Capítulo 43: El Comienzo del Fin

En la penumbra de sus corazones, una chispa brillaba en esos días; días que parecían llenos de magia fluían entre Luka y Antonella desde aquel beso robado en el lugar más recóndito del patio bajo el viejo árbol. Cada mirada que compartían era un eco de complicidad, sonrisas escondidas detrás de las sombras que envolvían la correccional. En medio del ambiente oscuro donde el miedo acechaba, su amor adolescente era una dulce melodía, un refugio que ofrecía esperanza en el caos. El día de verano comenzaba en calma, con el aroma del desayuno flotando en el aire. El comedor de la correccional, con sus paredes descoloridas y mesas de metal gastadas, era un escenario cotidiano donde los internos se reunían para comenzar otra jornada. El murmullo de voces llenaba el espacio; dentro de ese caos, cada chico y chica ingresaba atrapado en sus pensamientos, como marionetas con hilos desgastados. Luka, Anto y Mati se reunieron en una mesa, cada uno con su bandeja, mientras Elisa se sentaba en la esquina de la misma mesa. La comida en el plato se veía escasa, un tormentoso aviso del tipo de vida que llevaban.

—No entiendo cómo pueden seguir sirviendo este tipo de desayunos —comentó Mati, mirando su plato con desagrado. — Esta tostada parece más una roca que una comida, ahora ni mermelada le colocan.

—Es más probable que te rompas un diente que disfrutarlo —rió Luka, mientras batía suavemente el trozo de pan con la cuchara, como si tratara de despertarlo de su letargo.

Anto sonrió, leyendo la expresión de Luka.

—Quizás lo debamos considerar un desafío, ¿quién se atreve a comerlo primero?

Mati se rió, sacudiendo la cabeza.

—No creo que eso sea un buen plan. Lo único que conseguirás es terminar en la enfermería con una muela destrozada.

El clima en el comedor era un ejemplo de su cotidianidad: la mezcla de risas amargas y rostros cansados eran el reflejo de su encierro. Compartían historias de su día, bromeando sobre la comida y proyectando un breve destello de normalidad.

De repente, la voz del altoparlante del comedor interrumpió el murmullo cotidiano con un anuncio grave.

"No más llamadas desde el exterior, las visitas seguirán suspendidas esta semana."

El impacto de esas palabras resonó como un tambor en la cabeza de todos. Los rostros se tornaron pálidos, la energía del lugar cambió drásticamente. La atmósfera se volvió pesada, como si la oscuridad comenzará a envolverlos.

—¿Qué? —preguntó Luka, incredulidad en cada palabra. Su mirada se encontró con Mati, que dejó caer su cuchara con un clang.

—Esto no puede ser verdad —susurró Mati, su rostro reflejaba una mezcla de frustración e impotencia. El mundo exterior parecía desvanecerse, y los muros de la correccional empezaban a cerrarse a su alrededor, aprisionándolos aún más.

Anto, al lado de Luka, fruncía el ceño. La preocupación inundaba su mirada. Elisa miraba a los demás, su expresión de asombro revelaba con claridad que estaban atrapados en un ciclo oscuro.

—Es extraño que hagan esto... hay algo más detrás de este anuncio —dijo con nerviosismo.

La noticia había caído sobre ellos como un balde de agua fría, el eco de los murmullos se convirtió en una marea de confusión y miedo. La esperanza se desvanecía a medida que el sueño de conectarse con el mundo exterior se agotaba, dejando solo el eco de una prisión sin compasión. Sin poder evitarlo, la realidad caía sobre ellos como un ladrón en la oscuridad, robándose el último vestigio de conexión y anhelo de libertad. Mientras el desayuno avanzaba, cada plato de comida parecía habitado por el caos que se cernía en el aire y en la mente de cada chico y chica en ese comedor. Luka, Antonella, Mati y Elisa comenzaron a intercambiar miradas cargadas de un nuevo temor. Algo no estaba bien, y lo sabían.

—Ya son muchas semanas sin visitas, y ahora estamos sin llamadas, estamos incomunicados entre otras palabras —murmuró Elisa, temblando como si cada palabra pudiera atraer la atención de un guardia. Luka la miró de reojo, con incertidumbre y miedo en su expresión. Pero también esperaba una respuesta de Antonella, cuya mirada mostraba que se cuestionaba todo.

—Quizás quieren que no digamos nada y estemos incomunicados, algo planean... —replicó Antonella, casi en un susurro. Sus palabras caían pesadas en el aire, llenando el espacio con la tensión que todos sentían.

—No me gusta —dijo Mati, pasando sus dedos por su frente. —Esta vez es diferente. se han dado cuenta que hay menos guardias, y eso no es normal.

Esa observación resonó en el comedor. Al observar la inusual ausencia de guardias, que en otras ocasiones rondaban en grupos de cuatro o seis, ahora de a dos o tres, una inquietud comenzó a apoderarse de ellos. Al fondo, el único guardia vigilaba, su mirada era fría y distante acentuando el ambiente denso que se formaba entre ellos.

—Luka, ¿no crees que esto puede ser una señal? —Murmuró Mati, frunciendo el ceño. Sus palabras se agolpaban como un aguacero al final del verano, y Luka sintió que su corazón se aceleraba. La ansiedad se desbordaba.

—No quiero pensar en eso —dijo Luka, su voz cargada de una incredulidad casi fingida—. Quiero creer que todo está bien y que es parte de su rutina. Pero a la vez, la sensación de que algo oscuro se aproxima no me deja tranquilo.

En el recreo de la tarde , el caos que aleteaba en la correccional se hizo palpable. Luka se sintió inquieto. Entonces, sus ojos se fijaron en un movimiento inusual: Mauricio, apareció en la ventana superior del edificio que daba al patio. Su figura imponente y mirada penetrante se mantenía fija en ellos como un cazador acechando a su presa.

—¿Qué está haciendo ahí? —preguntó Mati con voz baja, mientras sus ojos se movían con cautela hacia la ventana.

—No lo sé... —respondió Luka, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda.

Antonella, al escuchar la conversación, miró rápidamente hacia la ventana. El rostro del Mauri se dibujaba en su memoria, un avatar de sus peores temores.




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