Entre Muros y Sueños

Capítulo 44: Tormenta de Caos

El aire en la correccional se volvió denso con el pánico que se apoderaba de los chicos en el pasillo, atrapados entre la confusión y la ansiedad. Algunos se tapaban los oídos con los dedos, intentando ahogar el sonido ensordecedor de la sirena que resonaba en cada esquina; otros hablaban a gritos, tratando de encontrar respuestas entre murmullos ininteligibles. Los más valientes se asomaban para observar más allá del pasillo, sus miradas temerosas explorando lo desconocido, mientras otros se conformaban con retroceder un paso, incapaces de cruzar el límite que habían aprendido a no traspasar. Luka, aún en su habitación, sentía cómo su corazón latía aceleradamente, el sonido de la sirena se mezclaban con el rugido de su propia ansiedad. El lugar pareció temblar bajo la presión de una tormenta inminente, una sensación de caos palpable que lo rodeaba. Las paredes, grises y frías, parecían cerrarse sobre él, atrapándolo en una celda de angustia. Sin embargo, la necesidad de saber lo que ocurría fuera pudo más que el temor que lo mantenía cautivo. Con un nudo en el estómago, Luka se acercó lentamente a la puerta, cada paso era un acto de valentía. La manija fría bajo su toque parecía un obstáculo y un refugio al mismo tiempo. Mil pensamientos incesantes giraban en su mente: "¿Qué estaba sucediendo? ¿Habría un motín? ¿Algún incendio?" giró la perilla con cautela, la pesada puerta chirrió al abrirse, revelando el pasillo desbordante de ansiedad. Cuando la puerta se abrió del todo, Luka se asomó con cautela, buscando el aliento de aire fresco que le ofreciera un momento de calma. Las voces se entremezclaban en un grito colectivo, y las sombras de sus compañeros se proyectaban contra las paredes, un reflejo de la confusión que reinaba. Vio a Mati, quien se acercaba a la puerta, buscando a su amigo.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó Mati, con la voz apenas audible entre el clamor.

—No tengo idea... —grito Luka, sintiendo que la ansiedad daba paso al pánico.

En ese instante, un fuerte murmullo comenzó a ascender por el pasillo, resonando con pasos pesados que se acercaban a ellos desde el pabellón del comedor.

—Escucha —dijo Mati, mirando hacia el pasillo con los ojos muy abiertos. —Creo que vienen guardias, creo que al fondo del pasillo se escuchan.

Luka frunció el ceño, tratando de discernir lo que sucedía, pero la inquietud lo envolvía.

—Podría ser un motín o algo más serio. Mati... no me gusta esto.

Los gritos aumentaron en intensidad mientras la multitud comenzaba a separarse, algunos corriendo en direcciones opuestas. Luka sintió un escalofrío recorrerle la espalda al ver cómo otros internos se apresuraban a regresar a sus celdas.

La sirena resonaba con un aullido desgarrador, llenando el aire con una amenaza palpable y opresiva. En cuestión de segundos, un grupo de aproximadamente diez guardias, armados con bastones y escudos antimotines, apareció en la esquina del pasillo. Sus rostros, ocultos tras cascos, mostraban una determinación fría. La atmósfera se volvió tensa, los chicos a su alrededor paralizados ante lo que podía suceder. Mati y Luka se miraron, el terror reflejándose en sus ojos. La amenaza era innegable, y la urgencia de la situación no pasó desapercibida. Sin pensarlo, decidió retroceder, moviendo lentamente sus pies como si el suelo ardiera bajo ellos. Luka lo siguió con cautela.

—Esto no es normal, Mati —susurró Luka, deslizando sus dedos nerviosamente por el borde de su uniforme.

—No tengo idea de qué está pasando, pero quizás vienen por nosotros —replicó Mati, manteniendo siempre la mirada fija en los guardias. El miedo lo empujaba a retroceder más.

El caos comenzó a desbordarse. Los gritos escalofriantes de algunos internos resonaron, mientras otros, en un intento desesperado por escapar a la locura que envolvía el lugar, empezaron a correr en direcciones aleatorias. La confusión se apoderó del pasillo, llenando de pánico cada rincón mientras unos caían al suelo por el empujón de otros. Luka y Mati seguían retrocediendo lentamente, sintiendo el pulso de la adrenalina mientras observaban a su alrededor. De pronto, Mati observó a un chico tirado en el piso. Su corazón se aceleró, una mezcla de angustia y sentido del deber lo impulsó a actuar.

—¡Luka, tenemos que ayudarlo! —gritó Mati de repente, con el rostro tensionado entre la desesperación y la determinación. Aquel chico, no mayor de 14 años, estaba caído, vulnerable, mientras los demás seguían su camino, pisándolo con la indiferencia que solo el miedo puede generar.

Luka dudó un segundo.

—Pero... que sea rápido, ¡ya vienen! —dijo, mientras la preocupación de Mati lo hacía reflexionar. La imagen del chico en el suelo derrotado era más que una cuestión de supervivencia.

—¡Vamos! —exclamó Mati, ya dando una docena de pasos hacia el chico, su instinto de ayuda erguido a pesar del peligro inminente.

Luka exhaló profundamente y se unió a su amigo. Sus corazones latían al unísono mientras se acercaban al chico caído. Con cuidado, lo levantaron entre ellos.

—¿Estás bien? —preguntó Mati, su voz llena de una mezcla de urgencia y preocupación, mientras el adolescente, con la cara pálida , trataba de recuperar el aliento.

—M-Mi pierna...— murmuró el chico, temblando, la claridad se fugó de sus ojos.

—Debemos sacarlo de aquí —dijo Luka, evaluando el ambiente a su alrededor.

El chico, aún en su estado vulnerable, trató de levantarse, pero casi se desplomó de nuevo. Luka y Mati lo sostuvieron con fuerza.

—Mira, solo mantén la calma, nosotros te ayudaremos —le dijo Luka, sus palabras se sentían como un reflejo de la conexión que habían construido en medio del caos.

Los pasos de los guardias se hacían más pesados, la tensión en el aire palpable. Mientras se alejaban, Luka sentía que su propio destino se unía inevitablemente al de aquellos que intentaban salvar. No solo luchaban por sobrevivir, había algo más en juego: el deseo de no dejar a nadie atrás. El pánico se desató en el pasillo. Gritos resonaban en cada esquina mientras los guardias, como sombras amenazantes, comenzaban a repartir golpes con los bastones. Luka, paralizado por el miedo, sintió que su instinto de solidaridad lo empujaba a actuar. Con su hombro encajado en el costado del chico, cuyos ojos se ampliaron con el terror y el dolor, Luka y Mati luchaban por ayudarlo.




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