Entre Muros y Sueños

Capítulo 50: Crónicas Del Horror

Los días que siguieron a la intervención en la Correccional Juvenil Valle Verde se sintió diferente. Un aire de incertidumbre flotaba entre los internos, una mezcla entre alivio e intriga por lo que vendría. Después de casi un día entero encerrados en sus habitaciones debido a protocolos policiales y sin la posibilidad de mezclarse con los demás, la correccional brillaba con una luz renovada , como si la libertad apenas comenzará a abrirse paso entre las sombras que habían amenazado a todos tanto tiempo. A medida que los internos salían de sus celdas, un ligero susurro de esperanza los rodeaba, aunque la tensión y la angustia todavía eran evidentes en el ambiente.

La escena en el comedor era un espectáculo de contrastes. Aquella mañana era la primera vez que los internos se reunían después de tantas horas de aislamiento. Las sillas de metal chirriaban y el sonido de los pasos nerviosos resonaba contra el suelo frío mientras buscaban un lugar donde sentarse. Algunos intercambiaban miradas furtivas, como si cada anhelo de comunicación estuviera cargado de significado oculto. En las mesas, las charlas no eran más que murmullos nerviosos, los rostros competían con una mezcla de tensión y expectación, con preguntas flotando en el aire que nadie se atrevía a formular: ¿Qué había pasado realmente?. Las sirenas de la policía, aún resonando en sus oídos, habían dejado huellas inquietantes en la memoria colectiva. El caos de la intervención se había transformado en un susurro compartido entre las celdas, una sombra en la mente de los internos que continuaba generando dudas y temores.

Mientras varios oficiales entraban en el comedor para supervisar, sus miradas severas sólo sumaban más tensión al lugar. Habían hecho entrevistas a cada interno, investigando los sucesos previos a la intervención. Luka observaba a su alrededor, notando cómo los guardias, usualmente indiferentes, habían sido reemplazados por policías. La atmósfera estaba impregnada de incertidumbre; cada movimiento de los oficiales, cada paso hacia las mesas, emanaba una carga de suspenso. En una esquina, un grupo de internos conversaba en voz baja, sus gestos disparando rumores sobre lo que realmente había ocurrido esa noche, que había transformado la correccional en un campo de batalla. Las miradas se encontraban y se desviaban rápidamente, como si no quisieran atraer la atención de los guardias.

El olor a comida, habitual en el comedor, parecía opacar el aire, pero esta vez había una dulce fragancia que se mezclaba con el miedo latente. Era el primer día después del caos en que podían compartir la mesa, juntos, pero el silencio tenso lo decía todo. Las risas y el bullicio típicos no se sentían presentes; había un respeto silencioso, como un luto en la atmósfera.

Luka y Mati estaban sentados en su mesa habitual, observando a sus compañeros de encierro. Los murmullos sobre los acontecimientos de la noche anterior flotaban en la atmósfera, reverberando con cada mirada furtiva que se cruzaba entre los internos. Cada rasguño de cuchara contra el plato resonaba, llenando el espacio con una tensión palpable.

—¿Cómo crees que se encuentre Anto? —preguntó Mati, con un tono que apenas ocultaba la preocupación en su voz. Recordando en su mente el lugar donde habían visto a Antonella por última vez.

Luka, sintiendo un nudo en el estómago, dejó caer la mirada a su bandeja, moviendo la comida sin ganas.

—No debe haber sido fácil lo que vivió esos días allí. ¿Qué cosas le habrán hecho? —Su voz se quebró al recordar la imagen de Antonella acurrucada y frágil, y la angustia lo invadió nuevamente.

Mati asintió, la tristeza también marcando su perfil.

—Es un lugar horrible... Ni siquiera quiero pensar en lo que pudo soportar.

— Ella ha sufrido mucho en esta vida, es fuerte.... —dijo Luka, sintiendo cómo la determinación comenzaba a reemplazar la angustia.

—Yo sé que saldrá de este momento. Logrará recuperarse, lo puedo sentir.

La conversación entre ellos se envolvía en un manto de esperanza, fluyendo a través de la desesperación que les rodeaba. Luka miró a su amigo, absorbiendo su fe.

—Anto siempre dio esa sensación de que, a pesar de la adversidad, ella sabe cómo mantener la cabeza en alto.

Mati lo observó con admiración.

—Sí, es verdad. Es difícil no tener un poco de fe en alguien tan fuerte. Aun así, me da miedo pensar en lo que pudo haber experimentado.

El ambiente del comedor era denso, lo que hacía que sus palabras tuvieran una resonancia aún más inquietante. Se sentían observados por los demás, como si sus conversaciones fueran un espectáculo expuesto por los demás, pero en el fondo necesitaban compartir su carga.

Luka se inclinó hacia Mati, susurrando.

—¿Viste las marcas y símbolos que había en el piso y en las paredes? —preguntó.

Mati frunció el ceño, recordando lo que habían encontrado.

—Sí, me dio escalofríos. ¿Qué crees que signifiquen? Como si hubiera algo más oculto detrás de todo esto. Algo oscuro.

Luka sintió un escalofrío que recorrió su espalda al recordar aquellos símbolos extraños, y por un instante, su mente temió las posibilidades.

—No lo sé, pero me inquieta. ¿Te imaginas que eso forme parte de algún rito... o algo más siniestro?

La expresión de Mati se tornó seria, como si un manto de pesadez cayera sobre sus hombros.

—Sí, pero a mí me cuesta sumergirme en la creencia de esas cosas, de verdad. No puedo sencillamente hacerlo; siempre he sido más del tipo que necesita ver para creer, ya sabes.

En medio de murmullos y el sonido de bandejas resaltando, una figura femenina con una chaqueta rosa avanzó hacia la mesa donde se encontraban Luka y Mati. El cabello rubio de Silvia brillaba con la luz del sol, y su presencia parecía eclipsar la tristeza del lugar. Los demás chicos y chicas que se encontraban en el comedor la miraban con curiosidad, preguntándose qué traía.

Silvia se acercó y se sentó, sosteniendo un periódico en la mano. Con una sonrisa amable, saludó a los chicos.




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