Varias semanas habían pasado desde la emotiva despedida de Mati, y la vida en la correccional continuaba con su incesante rutina. La presencia de Mati se había mantenido viva en el día a día de Luka a través de sus visitas regulares llenando el lugar de celebraciones y risas. Cada momento que compartían se convertía en un remanso de familiaridad y confort, un alivio tanto para Luka como para Anto. En cada visita, Mario se unía a la mezcla, aportando una chispa de sabiduría adulta y de calidez. Don Mario a menudo comentaba, en sus charlas las dificultades del mundo , pero siempre terminaban en risas cuando se trataba de las travesuras de su hijo. "¡Aquí adentro trabajaba menos, es increíble!" decía Mati entre risas. Para Luka, sus historias sobre el trabajo con su padre lo mantenían risueño, revelando la metamorfosis que sufría su amigo al enfrentar una vida llena de oportunidades. La luz que emanaba de Mati, a pesar de los desafíos enfrentados, era una energía contagiosa, un estandarte de esperanza que brillaba en medio del presente. Luka escuchaba fascinado cómo su amigo relataba cada detalle de su nueva vida. Esa vida, tan alejada de los ecos de la correccional, le ofrecía a Luka un vistazo a un futuro que lo llenaba de esperanza, un futuro en el que pronto debía sumergirse nuevamente. "¿Seré capaz de tener algo así?", pensaba mientras absorbía cada palabra de Mati.
Mientras las semanas pasaban, el reloj de las visitas se había vuelto un símbolo de persistencia, un recordatorio de que el tiempo, aunque lento, seguía su curso implacable. Luka ya solo contaba los días, y con cada amanecer que pasaba, la cuenta regresiva hacia su propia liberación comenzaba a palpitar en su interior. A medida que su tiempo en Valle Verde se acortaba, su corazón latía más fuerte ante la perspectiva de salir y enfrentarse al mundo. Sin embargo, en esos espacios de tiempo compartido con Mati y Mario, Luka no podía evitar la sensación de que un hilo invisible los mantenía conectados, a pesar de la distancia física y las huellas que el tiempo dejaba en la vida de cada uno. Era como si cada palabra pronunciada por Mati en esas visitas se trenzara con los latidos del corazón de Luka, creando un lazo duradero que trascendía incluso las paredes que los separaban.
Aquel día de invierno, el sol brillaba con fuerza a pesar del frío que envolvía el patio; las sombras aún eran alargadas, pero la luz parecía reanimar el ambiente. Los internos, agrupados en pequeños círculos, intercambiaban risas y anécdotas, buscando calidez entre la atmósfera helada. Luka y Antonella, sentados en un viejo banco de metal, esperaban ansiosos la hora de la visita, la emoción y los nervios palpables en cada latido de sus corazones.
Al poco tiempo, comenzaron a llegar las familias. El murmullo en el patio aumentó con cada nuevo rostro, cada encuentro un recordatorio de la vida que existía más allá de los muros de la correccional. Luka sentía que la mezcla de alegría y tristeza lo invadía cuando los abrazos llenaban el aire, pero guardaba un anhelo profundo de escuchar esas risas familiares. De pronto, entre toda la multitud, apareció Mario, seguido de Mati. Luka sabía que ese día de visitas no podrían estar ni el Profe ni su madre, que estaba en su trabajo, pero la visita de Don Mario y Mati lo reconfortaba como un cálido abrigo en el gélido invierno. Al llegar a la mesa donde estaban Luka y Antonella, Mati se desabrochó la campera, revelando con orgullo la remera de Green Day que había comprado con parte de su sueldo.
—¡Mira, Anto! —exclamó, con una sonrisa que iluminaba su rostro—. ¡Lo que conseguí!
Los ojos de Antonella se abrieron de par en par, y en su rostro se dibujó una expresión de pura emoción.
—¡Es genial! —respondió, casi sin aliento—. ¡Quiero una igual!.
Mati sonrió más, disfrutando de la chispa de alegría que brotaba de ella. Inmediatamente, la mesa se llenó de la energía contagiosa de sus risas.
—Ya sabes, ahora que soy libre y estoy ganando dinero, puedo permitirme este tipo de lujos —dijo Mati, dejando caer una broma mientras exageraba el brillo en sus ojos.
—Voy a comprarme toda la colección de álbumes.
—¡Eso es un plan! —respondió Antonella, mientras apretaba su puño al aire, como si proclamara su entusiasmo al mundo.
El aire fresco de invierno abrazaba el patio de la correccional, mientras los rayos del sol intentaban calentar el ambiente. Luka, Mati y Antonella se acomodaron debajo del viejo árbol. Un nuevo capítulo se estaba escribiendo en sus vidas, lleno de alegría y camaradería.
—¡No puedo creer que estamos en 1998 y faltan 2 años para el 2000.... saben que? .... cuando salgan de aquí deberíamos formar una banda! —exclamó Mati, riéndose mientras se acomodaba en el banco.
—Te imaginas, una banda formada por reclusos —bromeó Antonella, con la voz alegre que siempre irradiaba optimismo.
—"Los Reyes del Cemento," o algo más dramático.
Luka rió, sintiendo la ligereza del momento.
—Me gusta. Pero, seguro que acabaríamos muriéndonos de hambre.
Antonella se dejó llevar por la broma, riendo suavemente con cada ocurrencia de Mati.
—Deberíamos escribir una canción sobre esto.
—Sería aterrador—dijo Luka riendo, disfrutando de la unión que sentía entre ellos. Pero, en medio de risas, una voz madura irrumpió con una pregunta.
Don Mario firme y siempre dispuesto a compartir algo de sabiduría.
—¿Cómo te estás preparando para tu salida, Luka? —preguntó, con un tono que combinaba curiosidad .
Luka, sintiendo el peso de la pregunta, se quedó en silencio por un momento. El tiempo había volado desde su llegada a la correccional, y ahora que sentía la proximidad de su liberación, una bruma de melancolía lo invadió.
—Me parece que el tiempo ha pasado volando. No me he dado cuenta que solo me quedan algunas semanas —admitió, con un tono reflexivo.
—Será genial volver a la libertad, pero también estará lleno de melancolía —añadió, observando el horizonte que se podía entrever detrás de las rejas.
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Editado: 25.09.2026