Entre Nosotros

Capítulo 1

Tres semanas antes

Kate.

No hay nada peor que mirar las burbujas en tu capuchino como si fuesen la cosa más interesante de kilómetros a la redonda.

No. Años luz a la redonda.

Podría exagerar más, pero ni eso dan ganas de hacer.

Si alguna vez en mi vida estuve tan aburrida como ahora, no lo recuerdo. Y sinceramente, tampoco lo creo.

Y sí. Para un recién llegado, la adrenalina por captar todo a tu alrededor debe ser lo primordial. Incluso lo normal.

Pero vamos. Para Kate Smith la palabra "normal" es simplemente un insulto. Además, no es como que haya mucho interesante que observar por aquí.

Solté un largo suspiro. En parte por hastío y, en parte, por enfríar mi cafeína con leche y exceso de azúcar.

"Sí, esta chica aún conserva el paladar de su yo de cinco años."

La campanilla del local hizo un eco escalofriante.

El silencio que le siguió fue tal, que saqué mi cabeza del aroma del café para llevarlo a los cinco matones que se abrían paso entre las mesas.

A ver, a mi no me hagan caso, que matones matones, lo que se dice matones no eran. Pero pinta tenían.

Ohh. Definitivamente tenían esas pintas.

Cuatro chalecos de cuero negro seguían a otro igual. Eran altos, sin excepción de uno solo. De echo, la única excepción era que uno le sacaba una cabeza a sus compañeros.

Algunos llevaban casos en sus manos y debajo de sus brazos. No había que sacar conclusiones, ellos todos andaban en motos. Lo confirmé al desviar un segundo mi vista a la ventana que elegí de acompañante. Todas negras —"ya estos parecen mensajeros de La Parca" — con algunos detalles distintivos como colores, figuras, e incluso nombres.

Para cuando regresé mi vista a los recién llegados, celebré internamente no ser la única babosa e indiscreta que los escaneaba de botas a puntas de pelo.

El líder, o eso a asumí, estaba hablando con la dependiente, quién, visiblemente encantada de la vida le sonreía mientras limpiaba el mismo vaso en los mismos lugares. El chico apoyaba un brazo sobre la barra y con su otra mano gesticulaba, ladeaba su cabeza, mostraba su dentadura blanquecina en una sonrisa coqueta.

Era bastante alto. Alrededor de 1.80..., puede que hasta más.

Un cabello oscuro, lacio y sedoso cubría su rostro por debajo de sus ojos, llegando casi a su nariz. Los tatuajes en su cuello resaltaban su tez blanca.

Ni un año de cuarentena me haría a mí tener su tono de piel.

"La envidia es dañina."

¿Quién tiene envidia? Yo solo... Añado un comentario. Comentario que de hecho, no te pedí.

"La conciencia no pide permiso. Ya deberías estar acostumbrada y escucharme de una vez y por todas."

Shh..., se está volteando.

Ahí estaba estaba. De echo, no estaba, venía caminando directo a mi mesa.

Caminaba con una seguridad..., un porte..., ¡que figura! Parecía modelo de marca. Calvin klein, Celine, Monster quizás.

Mierda.

Qué bien se ve de cerca.

Tiene unos ojos marrones como el café caliente que derretirían a la pobre alma en pena que acapare su atención.

Y la tentación con la que los músculos de sus brazos se mueven bajo la ropa es simplement-

¡Mierda!

¡QUE VIENE PARA ACÁ!

Escupí el sorbo de capuchino que se dirigía a mi garganta.

Tosí, volví a toser, y lo hice como una paranoica que nunca había respirado el mismo aire que un ser del sexo opuesto. Hasta que me dí cuenta que "escupí" mi café por la nariz.

¿Patética? Para nada. Esa palabra no es nada al lado mío.

Ahí recordé una frase que durante mucho tiempo pensé tatuarme: tragáme tierra.

Número 1. Porque resulta que el sexy matón no venía a mi mesa, venía a la puerta que estaba frente a mi mesa. Número 2. Al parecer ni siquiera notó mi ataque de tos, ni que estaba hundida por completo en el sofá. Los únicos que lo notaron fueron sus acompañantes, que reían y susurraban entre ellos. La temperatura de la vergüenza se acumuló en mis orejas. Número 3. Me hice consciente de mi aspecto mundano cuando un milisegundo antes de agarrar la manecilla fui engullida por su mirada.

Era hermoso. Estaba buenísimo. Y me miraba a mí.

Que me trague la tierra es poco. Yo quiero, necesito, ultra-pido-necesito que un agujero negro me aspire y me escupa en Júpiter.

Sí. Eso quería.

Pero las cosas nunca son como uno las quiere y la vida se encarga con creces de que así sea.

No debieron ser más de tres segundos, cuando antes de salir por completo del local me guiñó un ojo.

Repetiría ese momento en mi mente durante el resto del año como una ninfómana.

Eso no tenía que decírmelo nadie.

Incluso cuando el rugido colectivo de las motos se hizo lejano, el local se mantuvo en un silencio cómplice.

—Vendré más seguido a este lugar —le comentó una chica a su amiga.

—No creo que tengas la suerte de toparte con semejante cuerpo otra vez en tu vida.

No. No tendremos tanta suerte para verlo de nuevo.

Pero maldita sea. Esa intuición femenina de que sí volvería a cruzarme con sus ojos café, esa sonrisa coqueta y esa chaqueta de cuero me latía en los dedos.

—Maldita intuición de mujer —le dí un sorbo corto a la espuma que quedaba de mi capuchino. Regresando por última vez la mirada al camino que tomaron las motos—. Y malditos chicos con cara de pecado capital.

En el presente

Una mañana tranquila en mi casa debía ser considerada todo un logro.

Hoy no era una de esas veces, claro. Pero si sucedía en algún mundo paralelo querría guardarlo como el tesoro de la virginidad.

Comencemos con la forma típica en que abres los ojos luego de un sueño espléndido.

¿Captas ese momento? Perfecto. Ahora imagina que estás dando el "sí" en tu matrimonio con Justin Bieber. El casamentero les dice que son marido y mujer, que el novio puede besar a la novia. ¿Lo escuchas? El sonríe solo de verte, se acerca a darte el mejor beso de tu demacrada vida tercermundista. ¿Puedes verlo? Es entonces..., cuando el malnacido infame al que por desgracia Dios mandó en forma anormal de hermano te lanza una almohada a la cara, gritas del susto, caes al piso y, cuando finalmente crees que obtendrás venganza se escabulle el maldito y le das al hermano tonto.




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