Kate.
Encantador es que el timbre suene para recordarte que tu tiempo terminó y que él solo existe para reventarte los tímpanos.
"Bienvenida al infierno, Kate. Te extrañamos por aquí".
Seguí corriendo por los anchos pasillos de la institución.
—Mierda —empecé a quejarme entre jadeos mientras subía las escaleras del segundo piso—. ¿Por qué tienen que haber escaleras en todos lados?
Seguí hablando sola. Estaba segura de que algún día alguien llamaría a un centro psiquiátrico reportando a una chica malhumorada que, encima, hablaba con su amiguita la invisible.
Volví a leer el horario que me habían entregado cuando me inscribí.
Me integraron en el salón 12-6. Según comentó la secretaria, era el único salón con asientos libres ya que el curso pasado se cambiaron varios estudiantes. Resulta que es un grupo "rebelde", según ella.
Mi primera clase es Literatura y Lengua. Comienza a las 8:30. Voy tres minutos tarde.
¡Mi suerte solo mejora, es increíble!
Me detuve frente a la puerta con mis números correspondientes. Tenía unas pegatinas de besos y corazones a su alrededor. Lucía cálido y cercano.
Inhalé y exhalé una, dos, tres veces hasta sentirme segura de mis nervios.
—Solo toca la puerta, párate recta, sonríe, preséntate y siéntate en la primera silla vacía que localices.
Es simple, Kate. Puedes hacerlo.
Solo que mi pequeño plan improvisado se fue al traste cuando una mano que provenía detrás de mí abrió la puerta.
La luz que me iluminó se sintió como estar entrando al cielo... Solo que aquel era el infierno.
No terminé de voltearme cuando un susurro en mi oído izquierdo me paralizó hasta el alma:
—¿Qué te parece si dejas de pensarlo tanto y entras ya? —Su cálido aliento a cigarrillo y menta me rozó la mejilla. Su voz es baja, muy ronca.
Para cuando volví en mí, una mano se posó en mi espalda baja y me dio un leve empujoncito que me hizo caminar y entrar al salón.
—Permiso, profesora —dijo la voz. Todos los estudiantes posaron sus ojos en nosotros; estaban sorprendidos, parecía que ni respiraban—. ¿Podemos pasar?
Fue entonces cuando llevé mi atención a la profesora. Era baja, regordeta, con un vestido floreado y una sonrisa tensa.
—Ya están dentro, ¿no? —Mantuvo su sonrisa, aunque sus ojos pasaban de mí al chico que se mantenía a mis espaldas—. Para la próxima, levántense más temprano... Los dos.
Pestañé varias veces procesando el significado de sus palabras.
—L-lo siento, yo…
Me corté a mí misma cuando el chico que estaba detrás de mí soltó una risita que escuché a la perfección.
Se dirigió a su puesto con la calma del mundo.
Entonces noté su altura, su forma de caminar entre las mesas, su cabello castaño y húmedo... Esa chaqueta de cuero negra..., ese ligero aroma a gasolina y cigarros.
Él es… Es… ¿El chico de la cafetería?
Puta mierda, no me lo creo.
El matón sexy terminó de sentarse en una mesa del fondo del salón, en la parte derecha. La mochila que traía la tiró sobre la mesa. No sacó de ella ni el celular… Alzó la vista al frente; cuando notó que lo seguía observando, hizo un acto que ya había hecho antes, cuando lo vi por primera vez en aquella cafetería: me guiñó un ojo, solo que esta vez algo más lo acompañó. Una leve sonrisa. Coqueta, sensual, con tintes divertidos.
—Señorita —di un respingo. Escuché algunas risillas debido a mi reacción—. ¿Es nueva, no? Ah. Venga, venga para acá arriba. Preséntese.
Tomé una inhalación profunda y mantuve el aire en mis pulmones hasta llegar junto a la maestra.
Vamos, ya lo has practicado antes. El mundo no se acabará por esto.
"Pero para ti sí."
Cállate un rato.
"No me hagas caso."
¡No puedo cuando sigues susurrándome en la cabeza!
"¡Es que estoy en tu cabeza!"
El carraspeo de la profesora detuvo la discusión.
—La presentación, señorita… —me incitó a decir mi nombre.
—Kate —dije—. Mi nombre es Kate Smith, y-yo… Vengo de California.
Busqué un consuelo inexistente en la profesora a mi lado. Ella solo sonríe. Es escalofriante. ¿Qué más quiere que diga?
Volví mi vista al frente, pasé mis ojos por los asientos sin estar viendo realmente.
—¿Kate? —dijo alguien al fondo. Busqué la voz y me encontré con una mano que se agitaba para captar mi atención.
Era un chico moreno, de pelo castaño y desordenado. Me sonreía.
Recuerdo… Recuerdo esa sonrisa.
—¿Christian? —dije más para mí que para él, pero el silencio del lugar ayudó a que me escuchara.
Él saltó de su asiento, sonriendo como siempre…, como nunca.
En un pestañazo tenía al moreno frente a mi cara, sosteniendo mi rostro entre sus manos como si temiera que me esfumara con el aire.
Escudriñaba cada cambio en mis facciones, a la vez que varias preguntas se atropellaban en su lengua: "¿Qué haces…?, ¿Cómo es…?, ¿Cuándo es que tú…?" Me reí en su cara, y procedimos a detallarnos los años pasados. Su mandíbula estaba un poco más marcada, al igual que sus pómulos salientes. Tenía los mismos ojos saltones de siempre, y sus cachetes ya no están redondos como hace diez años atrás. Su labio inferior seguía igual de carnoso y su nariz seguía achatada. Incluso antes él era más alto que yo, pero siento que esa diferencia solo se incrementó.
—Aww, cómo extrañé esos pucheros tuyos —me dijo, antes de estrujarme en uno de esos abrazos de oso que le encantaba dar.
Me perdí en su aroma a caramelos. Olía igual, con otro ligero olor que no identifiqué bien, pero mantenía su esencia.
Es como si el tiempo no hubiese pasado para nuestra amistad.
—¡Un aplauso a los novios! —gritó alguien.
Chris le gritó un "jódete" lleno de emoción, pero ya todo el salón aplaudía y reía como un grupo de esquizofrénicos.
"Vaya giro de 180°, ¿verdad?"
Sip, supongo que mi día de mierda acaba de mejorar.
Editado: 07.04.2026