Entre Nosotros

Capítulo 3

Kate.

Aún podía sentir el hormigueo en mis labios al recordar el beso frente al baño. Definitivamente no era mi idea de "el primer beso" o algo por ese estilo.

Sé que si alguien me hubiese preguntado por mi idea del primer beso, yo le respondería que sería con mi novio perfecto, quién me volvería loca y tuviera toda mi confianza. Pero la realidad aplastó a mi expectativa. Mi primer beso fue con un chico al que había visto cinco veces como máximo, del que no sabía ni su nombre (lo cual es básico) y encima, nuestras interacciones no eran... lo normal.

No podía dejar de pensar en eso, y verlo a cada rato en el salón o los pasillos tampoco es que ayudara mucho.

Pero me di cuenta de que mientras tuviera mis manos ocupadas, ningún matón sexy me hacía visitas mentales.

—¡De perdedores!

Arrugué las cejas como muestra física de mi rencor al recordar porque tenía un grupo de chicos haciendo escándalo en la sala.

Haré un mapa mental para refrescarme el enojo.

Luego de aquel encuentro inolvidable con el chico sexy, fui al salón y terminé las clases. Christian se pasó el resto del día preguntándome si había pasado algo, al parecer lo tenía plasmado en la cara, pero Michelle me ayudó ("no estamos seguras de sí un ataque de celos es ayuda..., pero igual se agradece" ) y no le dió más vueltas al tema. Cuando mi primera semana de escuela terminó, Michelle nos recordó la orgía del sábado; acordamos encontrarnos en mi casa, cerca de las 3:00 PM.

Solo que se aparecieron una hora después, con pizzas, nachos, refrescos, una cajita de chocolate blanco para mí y sonrisas bien falsas como disculpas.

"De más está decir que para calmar la furia, la comida es el mejor antídoto. Al menos en el caso de nuestra hermosa Kate Smith."

Me molesté aún más cuando ví la caja sobre la meseta vacía. De los diez que traía, ¡solo me comí cuatro!

"El colmo de los colmos."

Le di play a la canción en mi celular.

—Aún debes terminar la universidad —tomé un largo trago de mi botella de refresco—, que los instintos asesinos no te dominen.

Descargué mi furia con la pobre masa para pastel que había preparado yo solita con mi amargura.

—Vinieron, supuestameeeeente, a darme un recorrido por la ciudad y terminan jugando ¿qué? ¿FreeFire? con mis hermanos —. Mientras hablaba movía de un lado al otro el cuchillo con el que hacía picadillo unas fresas—. Já, definitivamente los amigos no existen. Todos te traicionan. Todos.

Un rato después, ya tenía la masa metida en el microondas. Para hacer tiempo y sorprender a mamá: le adelanté el postre.

—Dale a tu cuerpo alegría Macarena, que tu cuerpo es pa' darle alegría; cosa buena —canturreaba a la vez que bailaba.

La coreografía de esta canción es la única que sé, y con la única que saldría a bailar.

Cuando me giré de un saltó cantando "¡Eeeeeh, Macarena!" Volví a saltar por el susto de ver a cinco cabezas desorientadas "bailando."

Me quité los audífonos de un tirón, mientras todos ellos se detenían, o mejor dicho; detenían a Michelle y a Leo, los únicos que seguían bailando la Macarena.

—¡¿Pero qué hacen?! —Exigí saber.

—Bailar —respondieron como si lo hubiesen coreografiado.

Un suspiro salió de mi garganta a la vez que trataba de controlar los latidos de mi corazón con la palma de mi mano.

—Que puto susto.

—Cuida ese vocabulario —me riñó Chris, mi hermano.

Lo miré como si con los ojos lo pudiera enviar al inframundo, o a cinco metros bajo tierra, o a la Isla del Tesoro.

Leo aprovechó el duelo de miradas y se coló más de lleno en mi ámbito de trabajo.

—¿Es venenoso? —Me preguntó oliendo el batido que recién había terminado.

—No —le respondí—, solo tiene restos de mi lengua viperina, toda tuya hermanito.

El trío vicioso coreó por lo bajo ante mi comentario cosas que no entendí del todo.

Leo entrecerró los ojos en mi dirección. Yo hice lo mismo. Todos se sumieron en silencio.

Seguí por un segundo la dirección de su mano, dirigiéndose al envase con la harina.

Aumenté la intensidad de mis ojos.

Él arqueó una ceja.

Yo lo incité sonriendo.

—Si lanzas esa harina vas a limpiar tu cuarto —le advirtió Christopher a Leonardo. Quien se separó al instante.

Chantajes entre hermanos... Nada más peligroso que eso.

Un «tch» sonó en mi espalda.

—Yo quería guerra de comida —me giré y observé la mirada distante e indescifrable de Samuel.

—Por un momento pensé que había sido Michelle —dije perpleja, mirándolo aún.

Él y Mich arrugaron la frente en mi dirección. Mirándolos de frente, uno junto al otro, notabas que si el Ying y el Yang fuesen personas, los tenía en frente.

—¿Porqué pensarías eso? Hablamos muy distinto —se defendió Samuel.

—¡Sííí! ¿Por qué? —Chilló ya saben quién.

Sonreí y lo señalé.

—Es el tipo de comentario que haría Michelle, no tú —respondió Christian.

Le dí un puñetazo a este por robarme el pensamiento.

Él solo me sonrió en respuesta.

—Ustedes... ¿son novios? —preguntó Christopher. Se acomodó las gafas, evaluativo y horrorizado a partes iguales.

Christian y yo exclamamos un «no» unísono.

—Vale —respondió Chris, mi hermano —, supongo.

—Oigan —nos llamó Samuel—, ¿no huelen algo como... quemado?

Todos se miraron entre sí, confusos, aspirando con fuerza el aire, hasta que yo grité de espanto al recordar:

—¡EL PASTEL!

Me dirigí como un resorte al microondas, del cual salía un tenue humo blanquecino. Hacía ocho minutos que había terminado de cocinar.

Tomé con manos torpes de desespero unos guantes y saqué la masa quemada del interior. Tosí por el humo que se abalanzó a mi cara. Durante todo el proceso antes mencionado, maldije, culpé y volví a culpar a los chicos que seguían en mis espaldas.

Pero al parecer, tantas maldiciones y palabras obscenas surtieron efecto: cuando puse la masa de pastel sobre la meseta, no me dí cuenta de que fue sobre un cucharón. Lo hice con la fuerza suficiente como para mandar a volar sobre mi cabeza un recipiente con harina.




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