Kate.
Hoy es domingo con "M" de maratón de películas.
Toda la sala está a oscuras, a pesar de que son apenas las 10:00 a. m. Lo único que nos ilumina es la luz del televisor; casi parece que estamos en el cine y no en mi casa. Estoy sentada en medio del sofá, abrazada a mis pies, cubierta con una colcha y recostada al hombro de Michelle, quien se sacude con ligeros espasmos.
Ambos lloramos, sacando toallitas para dársela al otro y sobarnos la nariz.
Estamos viendo Titanic. Esa fue la primera opción de la lista de hoy.
Nadie estaba de acuerdo al principio, pero cuando dije que yo no la había visto, guardaron silencio, resoplaron mientras buscaban en Netflix y procedieron a sentarse a mi lado de mala gana. Menos Michelle, claro; es su película favorita. Así que ignoraré la parte de la historia en la que me llamó inculta en más de cinco idiomas, o como me dijo ignorante de otras veinte maneras.
"Piensen que exagero…"
Contarlo es mejor que vivirlo.
Miré por sobre mi hombro derecho. Samuel estaba con los labios apretados; la maraña de pelo negro no ocultaba su ceño arrugado y sus brazos abrazaban un cojín con fuerza. Christian, que está entre Samuel y yo, tenía sus ojos fijos en la pantalla frente a nosotros, con una mirada entre aburrida y mortífera. Se había adueñado de mi colcha y se había cubierto con ella hasta el cuello.
Una sonrisa se expandió en mis labios cuando detrás de mis amigos vislumbré a mi papá. Estaba sentado en una silla que hacía juego con el sofá, con su cabeza caída hacia atrás y la boca abierta a todo lo que da.
No podía culparlo. Esta semana había estado llegando muy tarde de trabajar, por ende estaba cansado.
No me sorprendía encontrarlo cabeceando hasta en el desayuno.
—Les traje algo de comer —nos susurró mamá mientras ponía sobre la isla unos vasos de refresco.
Cuando volvió, puso tres platos con dos panes cada uno.
—Hasta que al fin —Samuel se abalanzó (literalmente) al control del TV.
Mamá rio, pensando seguramente que lo había dicho por la merienda y no porque —cito—: “es una tortura espantarse esa tragedia”. Al pasar por su espalda, mi mamá le dio dos palmaditas. Casi pude ver cómo por debajo de toda esa ropa holgada y oscura cada músculo de su cuerpo se tensaba.
Un día de estos le preguntaré qué fue lo que le pasó para que a la mínima interacción femenina él se cierre o se tense por completo.
—Mhm, me encanta la mostaza —Leo arrastró sus palabras a la vez que se inclinaba hacia la pequeña mesa de cristal y tomaba un plato. Christopher estaba sentado a su lado.
—Pensé que tenía un orgasmo —nos susurró Michelle a mí y a Chris.
Yo me reí. Chris le puso mala cara.
Todos masticamos en un silencio acogedor mientras la siguiente película comenzaba.
La cabellera rojiza de Michelle me hizo cosquillas en la mejilla.
—¿Te gustó Titanic? —susurró sin mirarme.
Sonreí. Miré también el inicio de la película que yo había elegido. Son animados. Mis favoritos entre todos.
—Me gustó mucho —le confesé—, pero me gustó más Jack.
Mich soltó una risita que escondió detrás de la palma de su mano.
—Serías alien si no te gustara Leonardo DiCaprio —esta vez sí me miró, y sus ojos claros brillaron de emoción.
La sala estalló a carcajadas cuando los aldeanos dudaron con temor ante la descripción del ogro.
—Es una de mis partes favoritas —dije con voz lastimera al perdérmela.
—¡Por Dios! —exclamó Leo, señalándome— ¡Te sabes cada puto diálogo!
Excepto Christopher, todos corearon un «¡¿en serio?!».
—¡Es mi película favorita! ¡¿Vale?! —respondí a la defensiva.
—Error —intervino Chris, mi hermano mayor—, es tu SAGA favorita.
Casi me reí. Casi. Pero elegí robarle su vaso de refresco como venganza. Él me lanzó un cojín. Cojín que le dio a Chris. Yo le saqué la lengua, pero una almohada me estalló en la cara. Leo se rio en mi cara, el maldito, pero otro cojín lo mandó a sentar. Samuel levantó ambos pulgares en señal de apoyo, y con la misma cayó sobre el sillón con un cojín sobre su abdomen.
No sé en qué momento pasó, o quién fue el de la idea, pero de pronto tenía el mundo al revés. No, no hay metáfora. No hay literal. Me tenían con el pelo limpiando el suelo, mis tobillos aprisionados en dos manos.
Christopher estaba probando su fuerza conmigo.
—¡Christopher! —apareció mi salvación—, ¡suelta a tu hermana!
En una maniobra extraña estaba yo sobre mis pies, solo que me fui contra algo.
Sacudí la cabeza. Alguien me preguntó si estaba bien.
—Se me olvidó el francés —dije, sosteniendo mi cabeza con una mano.
—Ah, aún sigue en sus cabales —dijo mi papá, sonriendo.
—Ni Shrek es tan burdo —respondí.
Claro que todos se rieron. Yo soy la burla de esta casa.
*
—¡Aaaah, me encantan! —chilló Michelle.
Como las nalgas de todos estaban adoloridas, subí a la tropa de la sala a mi habitación.
Mamá no se inmutó. A mi papá tuve que decirle unas cuantas verdades a medias…
Flashback
Papá buscó la cabellera roja de Michelle, estuvo mirándolo un buen rato hasta que se convenció él mismo.
—¿Estás segura? —me preguntó.
A ver, él no me había dicho nada. Ni yo lo había visto tampoco. Supongo que lo veo, lo escucho y simplemente lo sé.
—Él no sabe que yo lo sé —le respondí.
Él asintió despacio.
—¿Y el friki?
—¿Samuel? —pregunté de forma retórica—. Si me acerco mucho a él le da un ataque.
Esa no era una mentira, ni tampoco una verdad a medias. Si paso sola con Samuel medio minuto él trepa las paredes y se fuma una caja entera.
Supongo que ya se había dado cuenta de eso, porque no me preguntó nada más sobre él.
Editado: 07.04.2026