Entre Nosotros, el Tiempo

Capítulo 4: Un viaje para recordarnos

La vida los arrastraba como una corriente incesante. No era tormenta, ni caos, pero sí un ritmo implacable que no dejaba pausas. Miryea vivía una etapa de expansión profesional que la llenaba de vértigo y satisfacción: nuevos proyectos, responsabilidades crecientes, su nombre comenzaba a sonar en espacios importantes. Daled, por su parte, también empezaba a cosechar los frutos de su esfuerzo. En su empresa, sus ideas eran escuchadas, su voz tenía peso, y su liderazgo natural comenzaba a hacerse visible ante los ojos correctos.

Ambos estaban floreciendo. Pero no juntos.

El tiempo, esa materia frágil que antes les sobraba para caminar sin rumbo, cocinar sin apuro o mirarse sin hablar, ahora escaseaba con crueldad. Las cenas improvisadas se volvieron raras, las conversaciones largas dieron paso a mensajes breves y a veces pospuestos. Y las miradas… esas miradas que solían entenderlo todo, ahora eran veloces, distraídas, como quien sabe que debe seguir corriendo.

Una noche cualquiera, en un jueves cualquiera, coincidieron en el pequeño sofá de su apartamento. Ambos llegaban agotados, cada uno con un portátil en mano y la cabeza aún en otro lugar. Por unos minutos no se dijeron nada. Solo se escuchaba el sonido de los dedos sobre los teclados y el murmullo lejano del tráfico.

Hasta que Miryea cerró su laptop de golpe. Sus ojos estaban cansados, pero más que eso, estaban tristes.

—¿Te das cuenta que llevamos tres semanas sin cenar juntos? —murmuró.

Daled levantó la mirada, sorprendido, aunque sabía que tenía razón. Se quitó los lentes y los dejó sobre la mesa.

—No me había dado cuenta del tiempo… —dijo con voz queda—. Siento que todo pasa tan rápido, Miry.

—A veces siento que estamos viviendo vidas paralelas —respondió ella, abrazando sus piernas con los brazos—. Como si estuviéramos en la misma casa, pero en mundos distintos.

Él se acercó y le puso una mano sobre la rodilla.

—Yo también lo siento. Y me duele. Pero no sé cómo detenerlo. No quiero fallarte, pero tampoco quiero fallarme a mí.

Ella lo miró. No había enojo en sus ojos, sino un cansancio silencioso, y una súplica que no se pronunciaba.

—No se trata de fallar, Daled. Solo… ¿cómo cuidamos esto si apenas nos vemos? ¿Si cuando estamos juntos, estamos ausentes?

Él suspiró, pasando la mano por su nuca.

—No lo sé. Tal vez sea una etapa. Tal vez esto sea parte de crecer, de hacernos adultos, de aprender a amar sin tanta presencia.

—¿Y si un día, al terminar de crecer, ya no quedamos? —preguntó ella en voz baja, como temiendo que la respuesta fuera demasiado cierta.

Daled se quedó en silencio por un instante largo. Luego, se inclinó hacia ella, tomándole el rostro con suavidad.

—Entonces no esperemos a que el tiempo nos dé permiso. Hagamos espacio ahora, aunque sea con menos horas, pero más reales. No quiero perderte mientras gano todo lo demás.

Ella asintió, con los ojos húmedos. Y aunque esa noche no resolvieron todos los vacíos, se prometieron volver a ocupar el mismo mundo, aunque fuera de a poco, aunque tuvieran que reconstruir el camino entre los dos.

Después de semanas en las que las llamadas eran apenas suspiros entre reuniones y los encuentros se reducían a miradas cruzadas entre tazas de café enfriadas, Miryea y Daled comenzaron a notar cómo algo sutil, pero vital, se les escurría entre los dedos. El amor seguía allí, no en duda, pero sí en pausa. Como un libro que amaban, pero que ya no lograban abrir.

Una noche de jueves, mientras el reloj pasaba las diez y la ciudad vibraba allá afuera con luces indiferentes, coincidieron en la cocina. Ella terminaba de lavar una taza; él buscaba algo en la nevera, sin hambre real. El silencio que los envolvía no era tenso, pero sí demasiado prolongado. Y a veces, el silencio dice lo que uno no se atreve.

—¿Cuándo fue la última vez que reímos sin mirar el reloj? —preguntó Miryea, dejando la taza sobre el escurridor, sin mirarlo.

Daled se apoyó en el marco de la puerta. Su camisa tenía las mangas arremangadas y los ojos mostraban un agotamiento distinto, uno que no venía solo del trabajo.

—No lo recuerdo —admitió con honestidad, cruzando los brazos—. Creo que nos estamos olvidando de vivir.

Ella se giró lentamente y lo miró. No había reclamo en sus palabras, sino un anhelo sereno.

—¿Y si nos vamos? —dijo entonces, con esa chispa antigua que aún sabía encender la mirada—. Sin agenda, sin correos, sin teléfonos que suenan. Solo tú y yo, como antes. Pero más conscientes, más nuestros.

Daled sonrió, primero con los labios, luego con los ojos.

—¿Eso es una propuesta formal o una súplica silenciosa?

—Las dos cosas —respondió, caminando hacia él—. Necesito verte sin apuros. Escucharte sin el zumbido del cansancio. Y creo que tú también.

Él bajó la mirada por un segundo, respiró hondo y luego la tomó de la cintura con ternura.

—Entonces vámonos. Donde sea. Aunque sea a un lugar sencillo, pero que nos devuelva. Que nos recuerde lo que somos cuando el mundo no nos arrastra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.