Mía Lennox
—Joder... —murmuro molesta.
La maldita alarma no deja de sonar.
Me vuelvo a jalar las sábanas, tapándome para volver a dormir. Es sábado y...
Miau.
—Toby —me quejo—. Déjame dormir, gato endemoniado.
Me molesta que también tan temprano me venga a molestar. Si él no quiere dormir, que se vaya a molestar a otro lado.
Miau.
Se sube a la cama, dejando la cola en mi cara. Oh...
—Sí, ya sé —me la quito—. Tengo que ir a trabajar.
Con el dolor del alma, dejo mi cama. Me levanto y arrastro los pies hacia la ducha.
Me visto con el uniforme del bar donde me pagan una miseria, que es una falda negra que me llega por los muslos y una blusa tipo chaleco del mismo color.
Trabajo los fines de semana y solo por las noches entre semana, porque tengo que ir al instituto.
Me miro en el espejo y Toby está detrás mío mirándome. Es un gatito atigrado en tonos grises, de ojos grandes y claros, con patitas blancas que lo hacen ver más tierno de lo que realmente es.
—Vale ya —le digo, mirándolo a través del espejo—. Perdón por decirte gato endemoniado. Dime, ¿quién es el gatito más hermoso?
Miau.
Me ignora mirando a la ventana.
—Hoy no tendrás tus croquetas favoritas—digo mientras me levanto—. No eres amable.
Me miró de nuevo en el espejo para acomodarme bien la ropa. Toby se acerca a rodearme el pie con las patitas.
—Vale ya, ya. Me voy a trabajar.
Dejo a Toby junto a la ventana y salgo rumbo al bar. Lo mejor es que hoy me toca de día y no de noche. Siempre se pone peor en las noches.
Me subo al taxi que me deja frente al lugar.
—Buen día, Nica —saludo a la chica detrás de la barra, una pelinegra de ojos oscuros—. ¿Dormiste bien?
—Dormir solo cinco horas es de la hostia —dice mientras sirve vodka en un vaso—. ¿Ves a ese hombre de allá? —diho su mirada hacia la mesa del fondo—. Es un pervertido. Me dan ganas de arrojarle esta bebida en la cara.
—No te metas en problemas —le digo.
—Señoritas —nos llama el jefe—. No les pago para platicar.
Es un hombre de unos cuarenta y algo. De cuerpo poco delgado y bajito. Tiene el pelo oscuro y los ojos avellanas.
Nica le hace mala cara.
—Atiendan el lugar —pide antes de irse.
—Es un jefe del demonio —murmura ella.
—Frederick no está casado. Por eso está amargado.
—Sí que es por eso.
Nica se va a entrgar el pedido y yo limpio las botellas que se van vaciando y las acomodo al final del estante, que está detrás.
—Hola, amor —giro al escuchar la voz de James, mi novio. Es un chico alto, pelirrojo y de ojos verdes—. Solo pasaba a decirte que iré a casa de mi madre. Está enferma y me quedaré estos dos días. Así que no podremos vernos.
En dos años de relación, nunca me ha querido presentar a su madre. Dice que se enferma seguido y en eso lo entiendo. Yo hubiera querido cuidar de la mía si...
—Está bien. Entiendo. Yo tal vez vaya a casa de Nora.
—Gracias por entender —dice tomándome de la mano. La barra nos separa. Me salgo un momento, yendo por su lado—. Sabes que te quiero, ¿cierto?
—Lo sé.
Me da un pequeño beso en los labios.
—Ponte a trabajar, Mía, si quieres seguir aquí—interrumpe de nuevo Frederick.
—Ya voy —ruedo los ojos—. Nos vemos cuando regreses —le digo a James.
Él asiente, y sin decir nadamás, se va.
—Esta prohibido las visitas en el trabajo —dice mi jefe acercándose a mí—. ¿Entiendes?
—Sí.
—Ahora ve, y limpia las mesas —ordena.
Me dan ganas de soltarle un puñetazo. Con mala gana, paso el trapo por la mesas, que por cierto, no encuentro nada sucias.
Escucho el celular sonar. Miro hacia todos lados y veo si el amargado de mi jefe no está. Y sí, no está por ningún lado. Rápido, saco el móvil de mi bolsillo y contesto.
—Pensé que no responderías —dice Nora al otro lado de la línea.
—¿Algún chisme que contar?
—No. Se que James salió a ver a su mamá. Me pidió que te cuidara.
—Ah... eso, pues no es necesario.
—Nada. Haremos noche de chicas hoy.
—No puedo.
—¿Por qué no? —se queja—. En la noche no trabajas y mañana prometiste pedir permiso. Saldremos y mamá quiere que vayas.
Y si se lo había prometido. Nunca hemos tenido un día completo, por los trabajos y el instituto.
—¿Y quién me cubre?
—Dile a Zach. Él siempre te ayuda.
—No sé si quiera.
—Siempre te ha cubierto —me imagino que rueda los ojos—. Mía, prometimos día de chicas... y con mi familia claro.
—Está bien —acepto—. Hoy le llamo.
El día pasa rápido y casi no hay clientes. Limpio vasos, dejo todo acomodado para la noche y me cambio antes de salir.
—¿Hoy si vas temprano a casa? —le pregunto a mi compañera.
—Sí —afirma—. Ayer me fui tarde porque le avente la bebida a la cara a un hombre que intentó propasarse conmigo. Y me regañó el jefe. Por eso me quedé.
—¿Te descontaron el día?
—Sí —resolpla—. Pero valió la pena.
—Al menos hiciste lo correcto.
—Siempre —dice con una media sonrisa—. ¿Te vas ya?
—Sí. Noche de chicas.
—Disfruta nena —me guiña un ojo—. Y cuídate.
Le sonrío y me despido. Me cambio rápido —me traje un par de ropa antes de salir de casa—, salgo del bar y tomo un taxi rumbo a mi departamento. Le llamo a Zach, le cuento el porque no puedo ir, y sin problemas, acepta en cubrirme. Nunca me ha dicho que no.
Al abrir la puerta, Toby aparece maullando exageradamente.
—Ya llegué, exagerado —le digo, agachándome para acariciarlo—. Hoy no dormimos aquí.
Preparo su transportadora, meto un par de cosas y lo llevo conmigo. Durante el trayecto, Toby no deja de observar todo, curioso.
La casa de Nora sigue sintiéndose igual de acogedora que siempre.
—¡Nora! —aviso al entrar—. Llegué.
—¡Mía! —responde desde la cocina.