Mía Lennox
—¿Dónde estás, Mía? —pregunta James al otro lado de la línea.
Su tono ya me dice todo. Está molesto.
—Salí con la familia de Nora —respondo mientras observo el balcón del hotel—. Estamos de viaje.
—Te dejo sola unos días y sales a donde se te da la gana.
Respiro hondo. Cinco segundos. Uno… dos...
—No estoy haciendo nada malo.
—No me gusta que seas amiga de Nora.
Ahí está. La frase de siempre.
—James —digo, ahora sí firme—, es mi amiga desde hace años. No voy a dejar de verla.
—¿Ves cómo es mala influencia?
Suelto una risa corta, incrédula.
—¿Mala influencia por ir a la playa?
—Mía.
—Hablamos luego.
—No me vayas a colgar.
—Adiós.
Cuelgo antes de que pueda decir algo más.
Me quedo mirando el celular un segundo y luego lo dejo sobre la cama, boca abajo, como si así pudiera silenciar también todo lo que me hace sentir.
—Vacaciones, Mía —me digo a mí misma—. Respira.
Estamos hospedados en un hotel enorme, demasiado elegante para alguien como yo. Todo huele a limpio y a dinero.
Las habitaciones están casi juntas: la de Nora y la mía comparten pared, la de Alan está justo enfrente y la de sus papás más lejos, como si supieran que así estaríamos más tranquilas.
Abro la maleta. Error.
—Genial —murmuro—. Traje ropa como si esto fuera primavera y no el infierno.
Pantalones blancos. Blusa blanca. Vestido azul. Eso es todo.
—Minimalista —me consuelo—. Muy europeo.
Me pongo los pantalones y la blusa de tirantes. Me miro al espejo. No estoy mal. No espectacular, pero bien.
—¿Lista? —pregunta Nora, asomándose por la puerta.
Lleva un vestido floreado corto que parece hecho para ella. Odio que algunas personas nazcan con ese talento.
—Si digo que no, ¿me dejarías aquí?
—No.
—Lo intenté.
Me dejo caer en la cama.
—Quiero quedarme aquí. Hay aire acondicionado y cero responsabilidades.
—Vinimos a divertirnos —dice, jalándome de las manos—. No a dormir con cara de señora cansada.
—Oye, las señoras cansadas también tienen derechos.
Toby salta a la cama y se enrosca como bolita perfecta.
—Mira —señalo—. Él está de mi lado.
—Toby no manda.
—Toby siempre manda.
Al final cedo.
Siempre cedo.
──────── ⋆⋅☆⋅⋆ ────────
La playa es… hermosa.
Arena clara, mar tranquilo y ese sonido constante que te hace olvidar el tiempo.
Me quito los zapatos y dejo que la arena se meta entre mis dedos.
—Esto sí me gusta —digo—. Apruebo este plan.
—Lo sabía.
Nos sentamos cerca del agua. Alan está con nosotros, pero no encima. Está ahí, como si simplemente… encajara.
Habla poco. Observa mucho. Y yo finjo no notarlo. Pero lo noto.
En algún punto me doy cuenta de algo importante:
no estoy pensando en James.
Eso me saca una sonrisa. No es que no lo quiera, simplemente que hay momentos que me gustaría tenerme así. Solo yo y nada más. Sin que él interfiera en mí.
—¿En qué piensas? —pregunta Nora.
—En nada.
—Eso nunca es buena señal.
—O es la mejor —respondo.
Río. De verdad río.
Y se siente bien.
──────── ⋆⋅☆⋅⋆ ────────
Regresamos ya tarde, los papás de Nora, ya hace un rato que se fueron a descansar, pero mi amiga quiso ir a comprar algunas cosas. Así que la tuve que acompañar.
Me doy una ducha rápida, y me pongo unos shorts que pasé a comprar en alguna tienda de por ahí. Me tiro a la cama y Toby se acerca colocando su cola como siempre en mi cara.
—Quita, quita —aparto su cola, a lo que él maulla, y se va, adueñándose de la almohada.
Pasados unos minutos, escucho la puerta abrirse.
Es Nora. Y ya me imagino a lo que viene. Hace un rato me comentó que quería salir a distraerse y sigue insistiendo en salir.
—Un bar. Solo uno.
—Eso dicen todos antes de perder la dignidad.
—Mía, no seas aburrida —me anima—. En Los Ángeles si salimos y hasta perdemos la dignidad —dice esto último en un susurro.
—No es lo mismo —aclaro—. Allá pues..
—Es lo mismo. Acá no nos conoce nadie.
Como sé que no lograré nada con ella porque está muy empeñada en salir, me levanto y me pongo el vestido azul junto a la boina del mismo color. Me miro al espejo y me gusto como me veo. Al menos me visto para mí el día de hoy.
—Ok —suspiro—. Vamos a perder la dignidad.
Alan no va. Dice que está cansado. No insiste. Y eso… no me molesta.
El bar es música, risas y luces.
Bailamos. Bebemos. Cantamos mal.
Y de repente, suena mi canción favorita. Love Me like You Do de Ellie Goulding.
You're the light, you're the night
You're the colour of my blood
You're the cure, you're the pain
You're the only thing I wanna touch
Never knew that it could mean so much, so much
—Te amo —le digo a Nora, abrazándola—. Pero no se lo digas a nadie.
—Muy tarde —responde—. Lo voy a usar en tu contra.
So love me like you do, lo-lo-love me like you do
Love me like you do, lo-lo-love me like you do
Touch me like you do, to-to-touch me like you do
What are you waiting for?
Amo cantarla a todo pulmón. Amo las canciones en inglés.
Y así pasa la noche. Entre risas, canciones y alcohol.
Cuando regresamos al hotel, vamos riendo, tambaleándonos un poco.
Porque sí. Perdimos la dignidad.
—Creo que el piso se mueve —digo.
—Eres tú.
—Eso explica muchas cosas.
Me dejo caer en la cama, aún con la boina puesta.
—Buenas noches, mundo —murmuro.
──────── ⋆⋅☆⋅⋆ ────────