Bárbara — Primera persona
Siempre supe que mi nombre era una cortesía, no una promesa.
Bárbara Rossi. Así me llaman en los pasillos marmóreos de la Facultad de Medicina de Ciudad C, con esa mezcla de admiración y envidia que la gente deposita sobre las cosas que no puede tener. Me llaman hermosa, me llaman inteligente, me llaman afortunada. Lo que nadie dice en voz alta —aunque todos lo piensan— es lo que realmente soy: la hija bastarda de Enzo Rossi, el sexto hombre más rico de esta ciudad que huele a dinero antiguo y secretos bien guardados.
Esta mañana amaneció gris sobre las tejas de terracota, como si el cielo también supiera lo que yo aún no era capaz de admitir: que algo estaba a punto de romperse.
Me puse el uniforme de la facultad —pantalón negro de pinzas, blusa blanca prístina, el blazer beige que Chiara insiste en que me hace parecer «doctora de revista»— y me contemplé en el espejo del armario. El cabello rubio cayó sobre mis hombros como siempre, perfectamente liso, casi demasiado luminoso para las seis de la mañana. Los ojos celestes me devolvieron la mirada con una franqueza que me costaba mantener en el mundo real.
¿Qué ves cuando te miras, Bárbara? ¿La hija del gran Enzo? ¿La novia fiel de Matteo? ¿O la chica que sigue sin saber exactamente quién es?
Tomé el bolso Bottega Veneta que papá me regaló por mi cumpleaños —un regalo de culpa, como todos los suyos— y bajé las escaleras de mármol del palazzo familiar en el Quartiere Rossini. La mansión tenía cuatro pisos, dieciséis habitaciones, dos alas, una piscina cubierta y más fachada que alma. Lo supe desde los diez años, cuando comprendí que vivir dentro de esas paredes perfectas no significaba ser amada.
Lidia, mi madrastra, desayunaba en la terraza acristalada. Llevaba una bata de seda de Loro Piana en color crema, el cabello oscuro recogido con una elegancia estudiada, y un periódico financiero doblado junto a su taza de té Dammann Frères. Me miró de reojo cuando entré al comedor, con esa expresión que había perfeccionado en doce años de convivencia forzada: neutral en la superficie, despreciativa en el fondo.
—Buenos días —dije, porque la educación es lo único que nadie puede quitarte.
—Bárbara. —Pronunció mi nombre como quien lee un cartel en la calle. Sin calor. Sin interés. Solo reconocimiento.
Serví café de la cafetera de plata —italiana, por supuesto, todo en esta casa era italiano y carísimo— y me senté en el extremo opuesto de la mesa.
—¿Llega papá esta noche? —pregunté, aunque en el fondo sabía que la respuesta no cambiaría nada.
Lidia dejó el periódico sobre la mesa con parsimonia.
—Tu padre llega el jueves desde Milán. Tiene reuniones con el consejo de la empresa. —Hizo una pausa deliberada. —Y ha pedido que estés disponible el sábado. Hay una cena con los Castellani.
Los Castellani. Otra familia de dinero viejo, otras sonrisas perfectas, otra noche fingiendo que soy la hija adorada de Enzo Rossi en lugar de su secreto mejor guardado.
—El sábado tengo estudio con Nicolò —respondí, sin levantar la vista del café.
—Cancelarás. —Lidia cogió el periódico de nuevo, como si el asunto estuviera zanjado.
Apuré el café, cogí el bolso y salí antes de que mis palabras pudiesen convertirse en algo que lamentara. En el pasillo de mármol, bajo las arañas de cristal de Murano que nadie encendía nunca, me crucé con Sofia.
Mi hermanastra. Diecinueve años, misma altura que yo, pero el parecido terminaba ahí. Sofia tenía el cabello oscuro de Lidia, los ojos verdes y esa belleza afilada que no calienta sino que corta. Llevaba unos joggers de Gucci y la crema de noche todavía en la mejilla derecha.
Me miró de arriba abajo. Una fracción de segundo. Suficiente.
—Bonito blazer —dijo, con una sonrisa que no era un cumplido.
No respondí. Salí al fresco de la mañana y dejé que la puerta se cerrara sola.
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La Facultad de Medicina della Università di Città C ocupaba un edificio neoclásico en el corazón del centro histórico, entre fuentes de travertino y plataneros centenarios. A las ocho de la mañana, los pasillos ya olían a café, fotocopias y esa ansiedad específica que solo generan los primeros años de carrera.
Encontré a Nicolò esperándome en la entrada principal, apoyado contra una columna con una cappuccino doble en cada mano y los auriculares de Bose colgando del cuello. Nicolò Ferrara: veintiún años, rizado castaño, ojos marrones traviesos, boca siempre lista para decir exactamente lo que otros callan. Era mi mejor amigo desde los quince años y la persona más leal que había conocido jamás.
—Salvadora de vidas, llegas tres minutos tarde —dijo, tendiéndome uno de los cafés.
—Lidia. —Una sola palabra. Él entendió todo.
—¿Otra exhibición matutina de su amor maternal? —Cogió su café con ambas manos y empezamos a caminar hacia el Aula Magna.
—Me dijo que cancele el sábado. Cena con los Castellani.
—¡Dios mío, Barbs. Los Castellani son los más aburridos de toda la alta sociedad italiana, y eso ya es decir mucho.
Reí a pesar de todo. Con Nicolò era así: el mundo seguía siendo feo, pero al menos podías reírte de él.
Chiara nos esperaba en la segunda fila del aula, con el cuaderno de anatomía ya abierto y tres marcadores de colores alineados sobre el pupitre. Chiara Moretti: veinte años, pelo negro cortísimo, cuerpo atlético, expresión permanente de «no me toques los nervios». Era la persona más recta que conocía y también la que mejor escuchaba cuando las cosas se ponían difíciles.
—Os habéis retrasado —nos dijo sin levantar la vista.
—Fue Lidia —explicó Nicolò.
—Siempre es Lidia. —Chiara levantó los ojos. —¿Estás bien, Barbs?
—Perfectamente. —Me senté, abrí mi MacBook y traté de convencerme de que era verdad.
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Lo que no les conté a ninguno de los dos esa mañana fue lo que había ocurrido la noche anterior.