Entre odio y deseo

CAPÍTULO 2 Sombras en el mármol

Alessandro — Primera persona

El poder tiene un sonido propio.

Es el silencio que precede a mi entrada en una sala de reuniones. El instante en que veinte ejecutivos vestidos de Brioni y Kiton dejan de hablar simultáneamente y vuelven los ojos hacia mí con esa mezcla de respeto y aprensión que tardé quince años en cultivar. Alessandro De Moreti. Treinta y cuatro años. El hombre más rico de Ciudad C, el hombre más rico de esta región de Italia, y probablemente uno de los diez más ricos del país si los analistas de mercado insisten en hacer esas listas que yo nunca necesito leer.

Lo sé sin los números. Siempre lo he sabido.

Esta mañana llegué a la sede central del Grupo De Moreti —un edificio de cristal y acero negro de cuarenta y dos plantas en el distrito financiero, diseñado por Renzo Piano y costado tres veces más que cualquier cosa en esta ciudad— a las siete en punto. Gianni, mi asistente, me esperaba en el ascensor privado con una tableta, una carpeta y el café exactamente como me gusta: espresso doble, sin azúcar, temperatura de setenta y cinco grados.

—Buenos días, señor De Moreti. Tiene tres reuniones antes de mediodía. La primera con los abogados del caso Fontana a las ocho, luego el consejo directivo a las diez, y a las doce almuerzo con el embajador Marzoni.

—Cancela el almuerzo con Marzoni.

—Señor, es la tercera vez este mes— —Cancela el almuerzo con Marzoni, Gianni.

Gianni anotó sin rechistar. Aprendió hace tres años que discutir mis decisiones es una pérdida de tiempo para ambos.

Me instalé en el despacho del piso cuarenta y dos. Desde el cristal del suelo al techo, Ciudad C se extendía en todas sus capas: los tejados de terracota del centro histórico, las fachadas ocre y siena de los palacios señoriales, la catedral del siglo XVI con sus cúpulas verdes, y más allá, las nuevas torres de cristal que yo mismo había construido o financiado en los últimos diez años. Esta ciudad era mía en el único sentido que me importaba: la había comprendido, la había trabajado, la había hecho rendir.

Desplegué los contratos sobre la mesa de roble negro y los leí como siempre los leo: en diagonal, captando primero lo que ocultan antes que lo que dicen. Años de práctica. Mi padre me enseñó que un contrato no es un documento de buena fe, sino un mapa de las intenciones del otro bando. Fui un buen alumno.

A las nueve y cuarto, sonó el teléfono interno.

—Señor, su sobrino Matteo en la línea.

Matteo.

Tomé el auricular con la misma neutralidad con que tomo todas las llamadas de mi familia: preparado para cualquier cosa.

—Matteo.

—Tío. —Pausa. Podía escuchar el tráfico de fondo, lo que significaba que no estaba en casa ni en la facultad. —Necesito verte hoy.

—Tengo el día lleno.

—Tío, es importante. Se trata de Bárbara.

Hubo una fracción de segundo —un fragmento microscópico de tiempo que nadie en el mundo habría notado excepto yo— en que algo se contrajo en mi pecho al escuchar ese nombre.

Bárbara Rossi.

La novia de mi sobrino. La hija de Enzo Rossi. Dieciocho años, cabello rubio como el interior de una catedral a mediodía, ojos de un azul que no pertenece a ningún catálogo de colores que conozca, y una manera de mirarme con ese desprecio elegante que hacía que me resultara imposible ignorarla.

No. No voy por ese camino.

Llevaba cuatro años ignorando lo que Bárbara Rossi me generaba, con la misma disciplina metódica con que ignoraba cualquier cosa inconveniente. Era la novia de mi sobrino. Tenía dieciséis años cuando la conocí, ahora dieciocho. Había once de diferencia entre nosotros. Y por encima de todo, yo no era el tipo de hombre que permitía que una chica —por extraordinaria que fuese— nublara su criterio.

—Esta tarde. Cuatro y media —dije—. Mi despacho.

Colgué antes de que pudiera responder.

✦ ✦ ✦

Matteo llegó a las cuatro y veintisiete. Lo sé porque miré el reloj Patek Philippe cuando escuché el golpe en la puerta. Tres minutos de puntualidad, lo cual para Matteo equivale a un esfuerzo consciente.

Entró con esa mezcla de confianza y nerviosismo que lleva toda la vida siendo su marca personal. Diecinueve años, moreno como su madre —mi hermana Valentina, a quien no veo suficiente—, con los ojos grises que heredó de la familia De Moreti y esa sonrisa despreocupada que le funciona con todo el mundo excepto conmigo.

Se sentó sin que yo lo invitase. Señal de que estaba agitado.

—Habla —dije.

Matteo pasó la mano por el cabello. Una vez. Dos veces.

—Cometí un error, tío.

Esperé.

—Con Bárbara. La estoy... —Otra pausa. —La estoy engañando.

El silencio que siguió a esas palabras fue distinto al silencio del poder. Fue el silencio de algo que se asienta con peso.

—¿Con quién? —pregunté, y mi voz salió exactamente igual que siempre. Plana.

Controlada. Perfectamente opaca.

—Con Sofia Rossi.

La hermanastra. La propia hermanastra de Bárbara.

Estudié a Matteo durante tres segundos completos. Lo vi todo: la culpa genuina, el alivio de confesarlo, y debajo de ambas cosas, algo que reconocí porque lo había visto en espejos en mis peores años: la debilidad de un hombre que toma el camino fácil y después necesita que alguien lo perdone.

—¿Cuánto tiempo? —dije.

—Dos meses.

—¿Sabe Bárbara?

—Todavía no. Pero tengo que decírselo. No puedo seguir— —¿Por qué me lo dices a mí antes que a ella?

Matteo bajó los ojos. Ahí estaba la verdadera respuesta: porque me tiene miedo. Porque sabe que cuando Bárbara lo sepa, el mundo que él conoce va a cambiar, y quiere que yo esté informado antes de que el caos llegue.

—Porque las familias están implicadas —dijo finalmente—. Los Rossi y los De Moreti. No quiero que esto se convierta en un problema de negocios.




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