Entre odio y deseo

CAPÍTULO 3 Lo que los ojos no perdonan

Bárbara — Primera persona

Tomé la decisión a las cinco de la tarde, en el pasillo de la facultad, mientras Nicolò me explicaba algo sobre la diferencia entre histología y citología que yo dejé de escuchar a mitad.

No iba a esperar a que Matteo encontrara el momento adecuado para decirme lo que fuera que tenía que decirme. No soy de las que esperan. Cuatro años con él y esa era la única cosa que no había cambiado en mí: prefiero la verdad, por fea que sea, a la comodidad de no saber.

—Barbs. —Nicolò me tocó el brazo. —Llevas tres minutos mirando la pared.

—Voy al apartamento de Matteo.

Nicolò frunció el ceño.

—¿Quedasteis?

—No. Pero voy igualmente.

Nicolò conocía ese tono. No intentó disuadirme.

—¿Quieres que te acompañe?

—No. Espera mi llamada.

✦ ✦ ✦

El edificio de Matteo estaba en el Quartiere Montefalco, uno de los más exclusivos de Ciudad C: una torre residencial de treinta plantas toda de cristal y acero cepillado, con portero uniformado, lobby de mármol de Carrara y ascensores que olían a dinero nuevo. Tomasso De Moreti le pagaba el alquiler, naturalmente. En la familia De Moreti, el lujo era una forma de control.

Tenía llave. La llevaba en el llavero desde el primer aniversario, cuando Matteo me la dio con esa sonrisa suya que entonces me parecía lo más bonito del mundo.

El portero me saludó por mi nombre. Entré al ascensor. Piso veintitrés.

Quizás no hay nada. Quizás estás construyendo una catástrofe de la nada. Quizás Matteo solo está nervioso por los exámenes de Derecho y necesita hablar de algo sin importancia.

Me lo repetí durante los veintidós pisos que duró el ascenso.

No me lo creí.

✦ ✦ ✦

El apartamento era un penthouse de doscientos metros cuadrados: suelos de roble oscuro, ventanales de piso a techo con vistas al centro histórico, cocina de bulthaup, sofás de cuero beige de B&B; Italia. Todo impecable, todo carísimo, todo Tomasso.

Abrí la puerta con mi llave.

El apartamento no estaba vacío.

Lo supe antes de ver nada. Hay un tipo de silencio que no es silencio: es el silencio que queda cuando el sonido se interrumpe de golpe. Fue ese.

Di dos pasos hacia el interior.

Y entonces vi.

El dormitorio estaba al fondo del pasillo, con la puerta entreabierta. Y a través de esa puerta —esa puerta que conocía, que había abierto cientos de veces, donde había dormido, donde había creído que éramos algo real— lo vi todo.

A Matteo.

Y a Sofia.

Mi hermanastra. Mi hermanastra de ojos verdes, con su sonrisa de vidrio, en la cama de mi novio.

Me quedé quieta en el pasillo durante tres segundos que se sintieron como tres años.

Fue Sofia quien me vio primero. Sus ojos se encontraron con los míos, y lo que vi en ellos no fue vergüenza. Fue algo mucho más calculado que la vergüenza. Fue satisfacción.

—Matteo —dijo, con una voz perfectamente modulada para que él supiera que yo estaba ahí.

Matteo se volvió.

El silencio que siguió fue el tipo de silencio que no se rompe fácilmente.

Lo miré. Lo miré con toda la calma que pude reunir —que no era mucha, pero era mía y no iba a dársela— y dije:

—Ya entiendo.

Me volví para salir.

—Bárbara. —La voz de Matteo me alcanzó antes de que llegara a la puerta de entrada.

Me detuve. No me volví.

—Escúchame.

—No tengo nada que escuchar, Matteo.

—Sí tienes. Entra.

Escuché pasos. El sonido de ropa. Cuando me volví, Matteo estaba en el pasillo con los vaqueros puestos y la camisa en la mano, y Sofia había salido del dormitorio envuelta en la sábana —en mi sábana, en la sábana de la cama donde yo había dormido— con esa sonrisa de satisfacción todavía en la boca.

Sonó el teléfono de Sofia.

Ella lo miró. Una sonrisa diferente ahora: más suave, más privada. Se llevó la sábana al pecho con una mano y cogió el teléfono con la otra.

—Mamma. —Y se metió de nuevo en el dormitorio, cerrando la puerta, como si Matteo y yo fuéramos parte del decorado.

✦ ✦ ✦

Nos quedamos solos en el pasillo.

Matteo se puso la camisa despacio, como si el tiempo que tomaba en hacerlo le diera ventaja en algo.

—Mira, Bárbara—

—No me llames así. No con ese tono.

Él levantó los ojos. Y lo que vi en ellos me heló más que cualquier otra cosa de esa tarde: no vi culpa. Vi cálculo.

—Iba a decírtelo —dijo—. Esta noche. Te lo juro.




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