Entre odio y deseo

CAPÍTULO 4 El precio de una noche

Bárbara — Primera persona

Nicolò llegó en doce minutos.

Lo sé porque los conté. Doce minutos apoyada en ese portal, viendo pasar los Ferrari y los Maserati y los Porsche Cayenne de Ciudad C, mientras el mundo seguía girando con total indiferencia a que el mío acababa de detenerse.

Llegó en el Vespa color crema que heredó de su abuelo —la única cosa no de diseñador que posee con orgullo— con el casco en una mano y la cara ya compuesta en ese gesto suyo de emergencia: ceño fruncido, ojos serios, toda la broma desactivada.

Me miró. Miró el estado de mis ojos —que eran, calculé, un desastre de rímel y dignidad derrotada— y no dijo nada. Me abrió los brazos.

Me metí en ellos y lloré durante exactamente dos minutos.

Solo dos. Después me sequé la cara, respiré hondo, y dije:

—Llama a Chiara. Esta noche salimos.

Nicolò me miró.

—¿Cuéntame o salimos directamente?

—Las dos cosas.

✦ ✦ ✦

Se lo conté mientras caminábamos hacia el Caffè Centrale —mesas de mármol, espejos dorados, el mejor espresso de Ciudad C y la discreción suficiente para que nadie prestara atención a dos personas con cara de haber tenido un día terrible.

Se lo conté todo: la llave, la puerta entreabierta, a Matteo y a Sofia en esa cama. La cara de satisfacción de mi hermanastra antes de que sonara el teléfono y se fuera tan tranquila. La propuesta de Matteo con esa frialdad mercantil que me había heladola sangre. Su mano en mi brazo y los diez segundos de miedo que no iba a olvidar pronto.

Nicolò escuchó en silencio. Una rareza en él, que generalmente tiene respuesta para todo.

Cuando terminé, bebió su espresso de un solo trago.

—Voy a decir algo —dijo— y quiero que sepas que lo digo con todo el amor del mundo.

—Dilo.

—Ese hombre es la escoria más elegante que he conocido en mi vida, lo que en Ciudad C ya es competir fuerte.

Una risa me salió sin querer. Pequeña, rota, pero real.

—Y Sofia —continuó— lleva años esperando ese momento. Años. Lo vi venir, Barbs, y no te dije nada porque pensé que me equivocaba y ahora mismo me odio un poco por eso.

—No lo sabías.

—Lo sospechaba. Hay una diferencia.

Llegó Chiara en ese momento, jadeando levemente, con la chaqueta de cuero Acne Studios mal abrochada y el ceño fruncido.

—Dame los detalles. Todos.

Volví a contarlo. Chiara escuchó con ese silencio suyo que no es pasividad sino concentración pura. Cuando llegué a la parte de Matteo y su propuesta, su expresión cambió de un modo que me alegré de no ser Matteo.

—¿Su amante? —dijo, con una calma que era peor que el enfado. —¿Te propuso ser su amante.

—Y mencionó el dinero. Y mi apellido. Y el suyo.

Chiara puso la taza sobre la mesa con un golpe suave pero definitivo.

—Esta noche salimos —dijo.

—Eso ya lo había decidido yo sola —señalé.

—Sí, pero yo lo confirmo con más convicción.

✦ ✦ ✦

El Club Oscuro era exactamente lo que prometía su nombre.

Un espacio subterráneo en el Vicolo delle Rose, a cinco minutos del centro histórico, donde la alta sociedad de Ciudad C descendía los viernes a olvidar que era alta sociedad. Las paredes eran de terciopelo negro, la barra de mármol blanco, las luces de neón dorado que bañaban todo con esa ambigüedad estudiada que hace que todo el mundo parezca más guapo y menos responsable.

Llegamos a las diez y cuarto. La cola era larga pero Nicolò conocía al portero —Nicolò siempre conoce al portero, al camarero, al DJ— y entramos directamente.

Dentro, la música era un bajo profundo que se sentía en el pecho. El aire olía a Shalimar, a Oud de Chanel, a Tom Ford Noir de Noir, y a esa libertad particular que da la noche cuando llevas el día entero siendo alguien que no quieres ser.

—Negronis —dije.

—Negronis —confirmó Nicolò.

Los siguientes tres Negronis hicieron lo que se supone que tienen que hacer: limar los bordes más cortantes de las cosas. Bailamos. Nos reímos de asuntos que no merecían risa. Hablamos de asuntos que sí la merecían. Chiara me arrastró a la pista durante una canción de The Weeknd que nunca había sido mi favorita y que esa noche sonó perfectamente adecuada.

Fue en el cuarto Negroni, cerca de medianoche, cuando lo vi.

✦ ✦ ✦

Alessandro De Moreti no necesitaba entrar dramáticamente a ningún lugar. Era de las personas cuya presencia modifica la densidad del aire de una sala sin hacer nada concreto para conseguirlo.

Estaba al fondo del club, en el área de reservados, junto a la barra privada que solo existe para quien no necesita pedir en la barra normal. De traje negro sin corbata —Kiton, inconfundible, esa caída perfecta que vale lo que mi beca de cuatro meses— con ese cabello oscuro ligeramente más largo de lo habitual y esa expresión cerrada que llevaba como una segunda piel. Dos hombres de su equipo de seguridad permanecían en posición discreta a tres metros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.