Bárbara — Primera persona
Debo ser honesta conmigo misma, aunque solo sea aquí, en este espacio interior donde nadie más puede escucharme.
No fui una víctima pasiva de lo que ocurrió esa noche. Tomé decisiones. Las tomé con conciencia, desde ese lugar extraño donde la noche y el dolor y ese instante en el pasillo habían borrado los frenos habituales.
Cuando Alessandro dijo «ven, hay demasiado ruido aquí», yo lo seguí.
Yo, que llevo cuatro años diciéndole que no en todo lo que puede decírsele que no a alguien, lo seguí por un pasillo oscuro hacia un reservado de terciopelo burdeos sin hacer una sola pregunta.
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El reservado estaba al fondo del área VIP, separado del resto por una cortina de seda oscura. Sofás burdeos, mesa de mármol negro, una botella de Dom Pérignon que nadie había pedido pero que estaba ahí porque ese es el mundo en que se mueve Alessandro De Moreti.
Nos sentamos. Yo en el extremo más alejado, con el clutch Jacquemus en el regazo como escudo.
—¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté.
—Para poder hablar sin que nos vean.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Bárbara.
Ese tono. Solo ese tono, con ese nombre, en esa voz grave. Debería haberme levantado ahí mismo.
—Lo que hizo Matteo no tiene excusa —dijo, despacio. —Y lo que ocurra ahora entre las familias necesitará manejarse con cuidado. Quería que lo supieras.
—¿Las familias? —Miré el champán sin tocarlo. —¿Cómo pueden las familias importar más que el hecho de que tu sobrino lleva dos meses en la cama con mi hermanastra?
—No es lo que dije.
—Pero es lo que piensan. Tu hermano Tomasso querrá casarlo con Sofia por el bebé. Mi padre querrá usar eso de alguna manera. Y yo—
—¿Tú?
Lo miré.
—Yo soy siempre la variable de ajuste en los planes de todos.
Alessandro no respondió de inmediato. Me estudió durante un silencio largo, con esa intensidad analítica que en otras circunstancias me resultaba insoportable, y que esa noche sentí diferente: no como evaluación sino como atención.
—No contigo —dijo finalmente.
—¿Perdona?
—No contigo como variable. —Eligió las palabras con cuidado. —Nunca te he visto como eso.
—Me has visto como un problema desde el primer día.
—Como un problema que me interesaba más de lo conveniente. —Lo dijo con una voz tan plana, tan desprovista del dramatismo que habría requerido esa frase, que tardé tres segundos en procesarla.
El champán permaneció sin tocar. La música del club llegaba amortiguada, como desde otra vida.
—Tienes dieciseis años más que yo —dije.
—Lo sé.
—Eras el tío de mi novio hasta esta tarde.
—También lo sé.
—Entonces, ¿qué estás haciendo?
Alessandro sirvió las dos copas de champán. Puso una frente a mí.
—No lo sé —dijo. Y en un hombre para quien cada movimiento es calculado, esas tres palabras pesaron diferente.
Lo miré. La luz del reservado lo envolvía en sombras y dorados, y en ese contexto era imposible seguir viéndolo como el hombre frío de los últimos cuatro años. Era algo más complicado. Algo que no me convenía nombrar pero que estaba ahí con tanta evidencia que nombrarlo o no nombrarlo no cambiaba su existencia.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
—¿Cuánto tiempo qué?
—Cuánto tiempo llevaba siendo «un problema que te interesaba más de lo conveniente».
La respuesta tardó.
—Desde el principio —dijo.
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No voy a describir con exactitud todo lo que ocurrió después. Hay cosas que pertenecen al interior de los momentos y pierden algo esencial cuando se las extrae.
Diré lo que importa.
Que cuando Alessandro me besó —no con la arrogancia que yo habría esperado de un hombre así, sino con una lentitud deliberada que me robó el aliento antes de que pudiera prepararlo— no lo detuve.
Que cuando me preguntó si quería que parase, le dije que no. Claramente.
Que la noche nos llevó a un lugar que ninguno planeó. A su apartamento privado en el centro —minimalista, todo mármol negro y madera oscura y vistas de Ciudad C a medianoche que parecían pertenecer a otra escala de mundo— donde el silencio era un lujo tan estudiado como todo lo demás.
Que fue la primera vez para mí.
Que Alessandro lo supo. Con esa atención que ponía en todo, lo supo, y en ningún momento de esa noche dejó de ser —a su manera particular, controlada, jamás del todo tierna pero tampoco indiferente— considerado.
Que debajo de toda esa frialdad que llevaba cuatro años proyectando había un hombre cuya intensidad tenía formas que yo no había contemplado y que esa noche me mostraron una versión de él completamente diferente a la que conocía.