Entre odio y deseo

CAPÍTULO 6 Cuando el mundo se estrecha

Alessandro — Primera persona

Cometí el error de mi vida.

O quizás —y esto es lo que me resulta más inquietante cuando pienso en ello a las seis de la mañana con Ciudad C despertándose abajo— no fue un error en absoluto. Quizás fue la primera decisión completamente honesta que he tomado en una década, lo que la convierte en algo mucho más complicado que un error.

Llevaba diez años sin perder el control de nada. Una noche bastó.

Pero ¿fue pérdida de control? ¿O fue el control exacto que apliqué durante cuatro años decidiéndose finalmente a sí mismo?

No tengo respuesta para eso a las seis de la mañana. Quizás no la tenga nunca.

Me levanté mientras Bárbara dormía. Salí al balcón —ciudad de terracota y campanarios, aire de junio todavía fresco— y estuve quince minutos haciendo lo que hago cuando necesito pensar: silenciar los ruidos y escuchar solo los hechos.

Hecho número uno: Bárbara Rossi tenía dieciocho años y hasta ayer era la novia de mi sobrino.

Hecho número dos: era la hija de Enzo Rossi, con quien tenía una relación de negocios compleja y un nivel de desconfianza recíproca considerable.

Hecho número tres: lo que había ocurrido entre nosotros no podía deshacerse.

Hecho número cuatro: lo que Bárbara Rossi me generaba no era nuevo. Era lo que llevaba cuatro años siendo y que había convertido en hábito ignorar.

Hecho número cinco, el más incómodo: que ahora que la había tenido —ahora que sabía exactamente cómo era, la calidez de su piel, su voz cuando bajaba la guardia, esa vulnerabilidad que escondía con tanta precisión detrás de la compostura— ignorarla iba a resultar infinitamente más difícil.

Su cuerpo. Su manera de mirarme cuando dejó de intentar no mirarme. Cómo aprendía todo con esa atención suya que ella aplica a los libros de medicina y que esa noche aplicó a otras cosas enteramente distintas.

Me detuve en ese pensamiento más de lo que era prudente. El amanecer de Ciudad C no tiene ningún tipo de misericordia con los hombres que llevan demasiado tiempo controlando cosas que no quieren ser controladas.

Volví al interior cuando escuché que se despertaba.

✦ ✦ ✦

La conversación que tuvimos fue exactamente tan complicada como había anticipado. Con la variable de que Bárbara la manejó con esa compostura suya que llevaba cuatro años sacándome de quicio porque no sabía qué había detrás de ella.

Ahora lo sabía. Y eso era, precisamente, lo que hacía esto insoportablemente más complicado de gestionar.

Bárbara se marchó a las ocho y media. En el umbral de la puerta se detuvo.

—Esto no sale de aquí —dijo. No pregunta. Declaración.

—Por supuesto —respondí.

—Bien. —Un asentimiento preciso. —Adiós, Alessandro.

Primera vez que usó mi nombre sin el «señor» delante.

Cerré la puerta.

Y me quedé en el silencio del apartamento pensando en cómo sonaba mi nombre en su boca con una concentración que me habría resultado patética si se la viera a otro hombre.

✦ ✦ ✦

A las nueve, Gianni me esperaba en el despacho con el espresso y la agenda.

A las nueve y cuarto, llamó Tomasso.

Tomasso De Moreti: mi hermano mayor. Cuarenta y dos años, socio comprado amablemente hace seis, padre de Matteo, hombre que lleva toda la vida confundiendo el apellido con el mérito.

—Alessandro. —Su voz tenía esa urgencia de quien ha dormido mal porque sabe algo que otros no saben todavía. —¿Sabes lo de Bárbara Rossi?

—Sé lo de Matteo y Sofia, sí.

—No me refiero a eso. —Pausa calculada. —Me refiero a lo que ocurrió anoche.

A lo que vio cierta persona cuando salió del Club Oscuro.

Algo se heló en mi pecho.

—Habla con claridad, Tomasso.

—Bárbara Rossi salió de tu apartamento privado esta mañana a las ocho y media. Con la misma ropa del club. —Otra pausa. —Hay alguien que lo vio y que me lo comunicó esta mañana antes de las nueve.

Alguien que vigilaba. Alguien que esperaba algo así, o algo parecido. No fue

fortuito.)

—¿Quién? —dije.

—No importa quién. Importa que esa información podría llegar a Enzo Rossi. Y tú sabes tan bien como yo lo que Enzo Rossi haría con esa información.

Puse la pluma sobre la mesa con cuidado.

—¿Qué estás sugiriendo, Tomasso?

—Que podrías adelantarte. Que si la situación se maneja antes de que Enzo actúe— —No.

—Alessandro, escúchame—

—He dicho que no. Cualquier cosa que estés a punto de sugerir, mi respuesta es no.

Colgué.

Pero Tomasso había sembrado la idea, lo que significaba que Enzo Rossi estaba pensando lo mismo o lo haría pronto. Y Enzo Rossi era exactamente el tipo de hombre que convierte los secretos en instrumentos de negociación.




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