Entre odio y deseo

CAPÍTULO 7 La propuesta que nadie pide

Bárbara — Primera persona

Llegué a casa a las nueve de la mañana con el vestido de anoche, doce horas de decisiones que no podía deshacer, y la extraña claridad que da el no haber dormido: todo se ve con una nitidez peculiar, un poco irreal, como si el mundo hubiera perdido un filtro.

El palazzo estaba en ese silencio pesado de las mañanas de sábado: los gemelos dormían, Lidia no era visible, y Sofia—

No pienso en Sofia ahora mismo. No esta mañana.

Subí a mi habitación, me di una ducha larga con agua tan caliente como la tolero, y me vestí con ropa que me hacía sentir como yo misma: vaqueros blancos, jersey de cachemir azul de Max Mara, las Adidas Samba blancas. La normalidad como herramienta, como siempre.

Intenté estudiar. Los apuntes de Bioquímica no consiguieron competir.

Nicolò me mandó un mensaje a las diez:

«¿Cómo estás? No como respuesta automática. De verdad.»

Le respondí: «Procesando. Pero entera.»

«Eso es lo único que necesitaba saber.»

A las once y media, vibró el teléfono con un número que no tenía guardado.

Cuatro segundos de duda.

Contesté.

—Bárbara —dijo Alessandro, y en ese tono específico con que usa mi nombre cuando las cosas son serias, supe que lo que venía no iba a ser sencillo. —Necesito que vengas a mi despacho hoy. A las cuatro.

—¿A tu despacho? —Me resultó absurdo, en el contexto de las últimas doce horas.

—Es importante. Más de lo que crees.

La voz me dice que no vaya. La lógica me dice que no vaya. Pero hay algo en este tono que no es el Alessandro de siempre, y hay algo en mí que sabe que si no voy voy a arrepentirme.

—A las cuatro —dije.

✦ ✦ ✦

La sede del Grupo De Moreti era exactamente lo que esperaba de Alessandro:

imponente, precisa, perfecta hasta en los detalles más pequeños. El edificio de cristal y acero negro se alzaba contra el cielo de Ciudad C como una declaración de intenciones. El vestíbulo de mármol negro, los ascensores de puertas doradas, la recepcionista de sonrisa tan entrenada que parecía pintada: todo confirmaba que Alessandro no construía espacios. Construía mensajes.

—La señorita Rossi. El señor De Moreti la espera en el piso cuarenta y dos.

El ascensor era silencioso como una cripta. Las cuarenta y dos plantas pasaron en segundos.

La asistente dé Alessandro Gianni me condujo hasta las puertas de madera oscura del despacho principal. Llamó. Abrió.

Alessandro estaba de pie frente a la ventana —ese hombre y las ventanas— con Ciudad C extendida abajo. Se volvió cuando entré.

Me estudió un segundo. Yo lo estudié el mismo segundo.

Había algo diferente en él. No en la expresión —seguía opaca como siempre— sino en algo más difícil de localizar. Una tensión que no era la habitual tensión de poder sino algo más parecido a preparación. Como antes de dar una noticia difícil.

—Siéntate, por favor —dijo.

—Prefiero estar de pie.

Un destello brevísimo en sus ojos. ¿Irritación? ¿Casi diversión?

—Como quieras.

Tomó unos documentos de la mesa y los dejó frente a mí.

—Esta mañana recibí información de que alguien nos vio salir del apartamento. Esa información llegó a Tomasso antes de las nueve. Lo que significa que podría llegar a tu padre en cualquier momento si no ha llegado ya.

Me quedé quieta.

—¿Y? —dije, aunque ya veía adónde iba.

—Tu padre lleva dos años buscando una alianza con el Grupo De Moreti. —Cada palabra medida. —Si tiene esta información, la usará. No como padre. Como empresario.

Lo sé. Lo sé desde los diez años. Papá mira y calcula, no siente.

—¿Qué propones? —Mi voz salió más fría de lo que me sentía.

Alessandro puso ambas manos sobre la mesa. Largo. Deliberado.

—Que nos casemos.

El silencio que siguió fue de una calidad particular. El tipo de silencio que ocurre cuando alguien dice algo que el mundo no estaba esperando.

—¿Perdona? —dije.

—Escúchame antes de responder.

—Alessandro, acabo de romper con tu sobrino hace doce horas y tú me estás—

—Escúchame —repitió. Ese tono que tiene que hace que uno obedezca contra su voluntad.

Se separó de la mesa y caminó hacia la ventana. Tres segundos de espaldas. Cuando se volvió, llevaba en la cara la expresión de cuando dice la verdad aunque le cueste.

—Tu padre, Bárbara. Hay cosas que necesitas saber sobre él que afectan tu situación de maneras que van mucho más allá de lo que ocurrió anoche.

¿Cosas sobre papá? ¿Qué tipo de—?

—Esta mañana recibí un informe. No voy a mostrarte todo su contenido porque parte requiere confirmación adicional. Pero lo suficiente para decirte que Enzo Rossi no es simplemente un padre ausente. Es un hombre que construyó su relación contigo sobre una mentira fundamental que cuando salga a la luz —y saldrá— te dejará en una posición vulnerable que no mereces.




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