Bárbara — Primera persona
Veinticuatro horas.
Alessandro me había dado veinticuatro horas para decidir si iba a casarme con él, y yo pasé las primeras seis de esas horas haciendo exactamente lo que no debería hacer: no dormir, no comer, caminar de un extremo al otro de mi habitación con los pies descalzos sobre el parqué frío y el jersey de Max Mara cada vez más arrugado, pensando en círculos que no llegaban a ninguna parte.
Me senté en el escritorio. Abrí el MacBook. Lo cerré. Lo abrí de nuevo.
Saqué el cuaderno de Anatomía y lo miré durante tres minutos sin leer una sola palabra.
Piensa, Bárbara. Eres estudiante de Medicina. Eres la chica que resuelve problemas con lógica, no con pánico. Descompón esto en partes.
Parte uno: Matteo me había traicionado de un modo que no tenía reparación posible. Eso era un hecho, no una interpretación. Un hecho que, sorprendentemente, dolía menos de lo que debería. O quizás dolía exactamente lo correcto, y lo que me perturbaba era descubrir que cuatro años de relación habían resultado pesar menos de lo que yo creía.
Parte dos: Alessandro De Moreti me había pedido matrimonio.
Alessandro. El hombre frío e impenetrable. El hombre que me llevaba once años y cuya diferencia de edad, deliberadamente, había intentado ignorar durante tanto tiempo. Sin embargo, anoche nada de eso pareció importarme.
Tampoco aquella manera de mirarme; esa mirada intensa que llevaba cuatro años fingiendo no notar.
Alessandro, que anoche se había convertido en alguien completamente distinto al hombre que yo creía conocer.
Y cuya imagen —la camisa blanca apenas abotonada, el cabello ligeramente desordenado y la tenue luz gris del amanecer acariciando su rostro— seguía persiguiéndome con una insistencia tan peligrosa como inconveniente.
Parte tres: mi padre. Enzo Rossi. Que había «una mentira fundamental» en mi relación con él, según Alessandro. Que cuando esa verdad saliera a la luz, estaría expuesta.
¿Qué mentira? ¿Qué sabe Alessandro que yo no sé? ¿Por qué no me lo dice todo?
Esa era la parte que más me perturbaba. No la propuesta en sí —absurda, abrupta, cargada de implicaciones que podría analizar durante semanas— sino el hecho de que Alessandro había mencionado algo sobre mi padre con esa gravedad específica que él usa cuando las cosas son serias de verdad. Y Alessandro De Moreti no usa ese tono para cosas que no lo son.
✦ ✦ ✦
A las nueve de la noche llamé a Nicolò.
—Necesito verte. Ahora mismo.
—¿Puedo estar en tu portal en veinte minutos?
—Sí.
Salí por la puerta de servicio para evitar a Lidia, bajé las escaleras de mármol en silencio, y encontré a Nicolò exactamente a los veinte minutos, con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora de Ami Paris y esa expresión de emergencia seria que tiene tan pocas veces.
Caminamos por el Quartiere Rossini, bajo los plataneros del paseo central, con la ciudad de noche brillando a nuestros lados como siempre: cara, hermosa, completamente indiferente a las vidas que se deciden debajo de sus farolas.
Le conté todo.
Todo: la llamada de Alessandro, la reunión en el piso cuarenta y dos, la propuesta, el plazo de veinticuatro horas, la mención a mi padre y al secreto que no me había revelado todavía le conté que habíamos pasado la noche juntos y que a pesar de todo y que era consciente de lo que pasaba le entregué mi virginidad algo que Matteo siempre quiso y le dije que no estaba preparada y solo bastó una noche y tenía a su tío entre mis piernas, sacudí mi cabeza evitando irme a la noche anterior vi a Nicolò, caminó en silencio durante treinta segundos completos después de que terminé. En él, treinta segundos de silencio equivalen a una persona normal pensando durante media hora.
—¿Qué sientes tú? —preguntó finalmente.
—¿Qué siento yo? Nicolò, me acaba de proponer matrimonio el hombre que—
—Ya sé quién te lo propuso. Te pregunto qué sientes tú. Cuando piensas en él. En casarte con él.
Me detuve en la acera.
Nicolò se detuvo también. Me miró con esos ojos marrones que no mienten y que no me dejan mentir a mí.
—Miedo —dije finalmente.
—¿De él?
—De lo que siento cuando lo miro.
Nicolò asintió muy despacio.
—Eso es lo más honesto que me has dicho en mucho tiempo, Barbs.
—Tampoco me ayuda mucho.
—No. Pero es el lugar correcto desde donde empezar a decidir.
✦ ✦ ✦
Esa noche, incapaz de dormir, me senté en el alféizar de la ventana de mi habitación —la ventana que daba al jardín interior del palazzo, con su fuente del ángel ridículo y sus rosales que nadie cuidaba suficientemente— y pensé en Alessandro.
No en el Alessandro de las reuniones de familia, no en el Alessandro del piso cuarenta y dos con los contratos y el espresso. En el Alessandro del reservado de terciopelo burdeos. En el Alessandro del amanecer, sentado en el borde de la cama con esa camisa sin abrochar y esa tensión nueva en la mandíbula que yo sabía que era por mí. En la manera en que me había visto mientras me hacía suya en aquella cama con sábanas que cubrían nuestros cuerpos, quien gemía en mi oído mientras me penetraba y me decía que era hermosa y que me había dicho «desde el principio». No entendí.