Entre odio y deseo

CAPÍTULO 10 El documento

Bárbara — Primera persona

Hay momentos en la vida que se dividen en antes y después.

Esa mañana, sentada en el despacho de Alessandro con una carpeta sobre las rodillas y la luz de junio entrando por los ventanales de cuarenta y dos pisos, experimenté uno de esos momentos.

Leí despacio. Alessandro se quedó de pie junto a la ventana, sin hablar, sin moverse, con esa capacidad suya de convertirse en silencio cuando la situación lo requiere.

La primera página era un informe de investigadores privados. Fechas, nombres, movimientos bancarios. El lenguaje era seco, burocrático, sin dramatismo. Exactamente por eso resultaba tan devastador.

La segunda página era una copia del acuerdo legal.

La tercera era una declaración. El nombre al pie de la página era el de mi madre:

Ginevra Ferrante. Firmado hacía diecisiete años. Notariado. Inapelable.

Leí la declaración dos veces.

La tercera vez no pude terminarla, no me había dado cuenta que una lágrima había resbalado por mi mejilla y la limpié rápidamente.

Cerré la carpeta.

Puse las manos sobre ella.

El despacho seguía siendo el mismo despacho. La luz seguía siendo la misma luz. Alessandro seguía estando de pie junto a la ventana, con Ciudad C a sus espaldas, mirándome con esa expresión de alguien que ya conoce el peso de lo que acaba de transferir a otra persona.

—¿Lo sabías desde siempre? —dije. Mi voz sonó extraña. Muy calmada.

Demasiado.

—Desde ayer por la mañana.

—¿Cuánta gente lo sabe?

—El investigador que preparó el informe. Yo. Probablemente Tomasso, que tiene sus propios contactos. —Hizo una pausa. —Y tu padre, evidentemente. Desde siempre.

Me levanté.

Caminé hasta la ventana opuesta —el despacho era suficientemente grande para que hubiese más de una ventana— y miré la ciudad durante un minuto entero sin verla.

Enzo Rossi. Mi padre. El hombre cuyo apellido llevo. El hombre en cuya casa vivo. El hombre que me ha dado todo lo material y nada de lo que importa, y que yo había interpretado durante dieciocho años como frialdad, como incapacidad para el afecto, como la distancia de un hombre que no sabe querer a una hija ilegítima.

No era eso.

Era otra cosa completamente.

Sentí que el suelo cambiaba ligeramente de consistencia bajo mis pies, como cuando pierdes un escalón en la oscuridad. No caí. Pero lo sentí.

—Bárbara —dijo Alessandro, y algo en su voz era diferente ahora. Más suave. La primera vez que yo escuchaba esa suavidad en ese tono.

—No. —Levanté una mano sin volverme. —Dame un momento.

Me lo dio.

Ese fue el segundo en que empecé a entender que Alessandro De Moreti, debajo de toda esa armadura de frialdad y poder y distancia calculada, era capaz de dar espacio cuando alguien lo necesitaba. Que sabía cuándo hablar y cuándo simplemente estar.

Era, pensé, lo que mi padre nunca había sabido hacer.

✦ ✦ ✦

Cuando me volví, mis ojos estaban secos. Una elección consciente.

—¿Qué quiere mi padre hacer con esta información? —pregunté.

—Usarla para forzar la fusión. Si llega a ti antes de que yo la gestione, lo hará desde una posición de fuerza: tú en su casa, dependiente legalmente de él, sin saber lo que sabes ahora. —Alessandro volvió a la mesa y se apoyó contra el borde con los brazos cruzados. —Si te casas conmigo, saldrás de su alcance legal antes de que pueda usar eso.

Y tendrás tiempo para decidir cómo quieres afrontar lo que acabas de leer.

—¿Y la fusión?

—La negaré. Tengo razones propias para hacerlo que no tienen nada que ver con esto y que te cases conmigo no empatiza nada.

Lo miré durante un momento largo.

—Tercera condición —dije.

Alzó una ceja.

—Este matrimonio será lo que decidamos que es. No lo que decidan los demás. —Hice una pausa. —No soy una herramienta de negociación, Alessandro. Ni para mi padre ni para el tuyo ni para nadie. Si me caso contigo, es con esa condición clara.

Alessandro no respondió de inmediato.

Pero lo que hizo en lugar de responder me sorprendió más que cualquier palabra habría podido sorprenderme.

Se separó de la mesa. Caminó hacia mí. Se detuvo a un paso de distancia —suficientemente cerca para que yo tuviera que sostenerle la mirada— y dijo:

—Nunca he visto a nadie como una herramienta. Ni a ti ni a nadie. Y si en algún momento llego a hacerte sentir que sí, tienes mi permiso para decírmelo en los términos que consideres adecuados.

—Los míos pueden ser bastante directos.

—Lo sé. —Y por primera vez desde que lo conozco, Alessandro De Moreti esbozó algo que casi era una sonrisa. —Es una de las pocas cosas en este mundo que me resultan verdaderamente interesantes.




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