Bárbara — Primera persona
La reunión con Alessandro terminó a las once de la mañana.
A las once y veinte, mientras bajaba en el ascensor con la carpeta —que Alessandro me dejó, insistiendo en que era mía— apretada contra el pecho, recibí una llamada de un número que no esperaba.
Enzo Rossi.
Mi padre llamaba dos veces al mes, como máximo, y generalmente a través de su asistente. Una llamada directa, sin aviso, un martes por la mañana, significaba que algo había ocurrido.
Contesté.
—Bárbara. Estoy en la ciudad. Almorzamos hoy.
No era una pregunta.
—Tengo clases esta tarde —dije.
—Cancélalas. Es importante.
Sabe algo. O sospecha. O alguien le ha dicho algo ya.
—¿A qué hora? —pregunté, con esa voz plana que uso cuando necesito que nadie sepa lo que estoy pensando.
—La una. Ristorante Conte, en el centro.
Colgó sin despedirse, como hacía siempre. Enzo Rossi consideraba las despedidas una pérdida de tiempo.
Salí a la calle con Ciudad C encima y la carpeta en el bolso y el corazón en un lugar extraño entre la furia y el dolor y esa calma terrible que da saber demasiado.
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El Ristorante Conte llevaba cuarenta años en la Piazza dell'Orologio: mesas de lino blanco, argentería de plata maciza, un sommelier que conocía a todos los clientes por su nombre y sus preferencias. La clase de lugar donde la alta sociedad de Ciudad C almorzaba para ver y ser visto.
Enzo ya estaba cuando llegué, a la una en punto. Sesenta y dos años, pelo gris plateado perfectamente cortado, traje Brioni azul marino, reloj Vacheron Constantin. La imagen del poder patriarcal en todos sus detalles. Me levantó la vista de la carta de vinos cuando me senté.
—Estás pálida —dijo, como si fuera un dato técnico.
—He dormido poco.
—La medicina es exigente.
—Sí.
El sommelier apareció. Enzo pidió un Barolo Riserva 2015 sin consultarme.
Como siempre.
Esperamos a que se fuera.
—He sabido lo de Matteo De Moreti —dijo entonces, directamente, con la misma expresión con que leería un titular de periódico. —Una lástima.
—¿Una lástima? —Lo miré.
—Era una conexión útil con la familia De Moreti.
Una conexión útil. Cuatro años de mi vida y lo que ve es una conexión útil que se perdió.
—No me importa lo que era para tus negocios, papá —dije, y la palabra «papá» salió rara en mi boca esa mañana. Rara de un modo nuevo. —Me importa lo que fue para mí.
Enzo me miró con esa expresión neutral que había sido su único lenguaje hacia mí desde que tengo memoria.
—Claro. —Y luego, sin transición: —He tenido una conversación esta mañana.
Esperé.
—Con alguien que me informó de ciertas... circunstancias. Sobre ti y Alessandro De Moreti.
El mundo exterior siguió girando. Los comensales del Conte siguieron almorzando. El Barolo llegó y el sommelier lo sirvió con el ceremonial de siempre.
—¿Qué circunstancias? —pregunté.
Enzo giró el pie de la copa entre los dedos.
—Las que te imaginas.
—Me imagino muchas cosas, papá. Sé más específico.
Algo cambió levemente en su expresión. No era enojo exactamente. Era la expresión de un hombre que no esperaba encontrar resistencia.
—Te vi salir del apartamento de Alessandro De Moreti el domingo por la mañana. —¿Me hiciste seguir? —dije, muy quieta.
—Tengo personas que me informan de lo que ocurre en esta ciudad. No específicamente sobre ti. —Una pausa. —Pero lo que ocurrió llegó a mis oídos.
Bebí un sorbo de vino. El Barolo 2015 era extraordinario. Lo noté de un modo completamente disociado, como si una parte de mi cerebro siguiera funcionando en modo sommelier mientras el resto procesaba la conversación más surrealista de mi vida.
—¿Qué quieres de mí exactamente? —dije.
—Quiero que utilices esa situación.
—¿Utilizarla.
—Alessandro De Moreti es el hombre más rico e influyente de Ciudad C. Una relación con él —formalizada, consolidada, correctamente negociada— sería beneficiosa para la familia.
La familia. Enzo Rossi y su idea de la familia.
—¿Estás sugiriendo que use mi relación con Alessandro para beneficiar tus negocios? —dije.
—Estoy sugiriendo que actúes con inteligencia.
Dejé la copa sobre la mesa.
—Tengo una pregunta, papá.
—Dime.
—¿Cuándo exactamente dejé de ser tu hija y me convertí en una herramienta?