Alessandro — Primera persona
Bárbara me llamó a la una y cuarenta y cinco.
Estaba en el despacho, en medio de una revisión de contratos con mis abogados, cuando Gianni me interrumpió con esa expresión que tiene cuando la persona que llama no puede esperar. Vi el número en la pantalla. Pedí disculpas a los abogados y salí al pasillo.
—¿Qué ocurre? —dije.
—Mi padre sabe. —Su voz estaba controlada pero yo ya conocía sus matices suficientemente para escuchar lo que había debajo de esa calma. —Me llamó esta mañana. Almorcé con él. Quiere que use mi relación contigo para beneficiar la fusión.
Cerré los ojos durante un segundo.
Rápido. Más rápido de lo que calculé. Alguien le dio la información antes de que yo pudiera gestionar la situación.
—¿Cómo reaccionaste? —pregunté.
—Me levanté y me fui.
A pesar de todo, algo en mi pecho respondió a eso con algo parecido al orgullo.
—Bien. —Hice una pausa. —Bárbara, esto acelera las cosas. Necesito que vengas esta tarde. Tenemos que hablar con mi notario y preparar los documentos.
—¿Hoy?
—Cuanto antes actuemos, antes quitamos a tu padre la palanca. —Y luego, porque era la verdad y ella merecía la verdad: —También tengo que decirte algo más sobre la persona que informó a tu padre.
Silencio de tres segundos.
—¿Quién fue? —dijo.
—Esta tarde. En persona.
Llegó a las cuatro.
✦ ✦ ✦
Cuando Bárbara entró al despacho esa tarde, algo había cambiado en ella respecto a la mañana. No en la superficie —seguía igual de compuesta, igual de precisa en cada movimiento— sino en algo más profundo, en el modo en que sus ojos celestes lo registraban todo con una atención que antes tenía algo de defensa y ahora tenía algo diferente.
Algo más parecido a la claridad de quien ha tomado una decisión.
Esta mujer. Esta mujer de dieciocho años que se levantó de la mesa de su padre en un restaurante de mármol y lino y se fue. Que no llora donde se la puede ver. Que pone condiciones cuando todo el mundo esperaría rendición.
Mi madre habría dicho que es extraordinaria. Y mi madre tenía buen ojo para las personas.
—¿Quién le dijo a mi padre? —preguntó en cuanto se sentó.
Abrí el cajón del escritorio y saqué una foto. La puse frente a ella.
—Reconoces a esta persona.
Bárbara miró la foto. Un segundo.
—Es Luca Ferretti. El asistente personal de Tomasso.
—Exacto. Tomasso le pasó la información a tu padre esa misma mañana. Calculó que si Enzo actuaba antes que yo, la situación quedaría en sus manos.
—¿Tomasso quiere que su hijo se case con mi hermanastra Sofia y que tú quedes enredado con mi padre.
—Tomasso quiere control sobre la empresa que lleva seis años sin tener. —Lo dije sin enojo: era un hecho, no un drama. —Si Enzo y yo tenemos un conflicto, él se convierte en árbitro. Y un árbitro tiene poder siempre había querido quitarme lo que es mío.
Bárbara asimiló esto en silencio durante un momento.
—Tu familia —dijo finalmente— es tan complicada como la mía.
—Todas las familias con dinero antiguo lo son.
—¿Y tú? —Me miró directamente. —¿Estás seguro de que esto no te perjudica? Casarte conmigo para bloquear a mi padre y a tu hermano al mismo tiempo. ¿Qué sacas tú realmente?
La pregunta era buena. Era la pregunta que solo una persona muy inteligente haría en ese momento.
Me tomé cinco segundos antes de responder. No para calcular la respuesta sino para elegir cuánto de la verdad decir.
—El Grupo De Moreti lleva dos años con la amenaza de absorción hostil por parte de una alianza que incluye a Enzo Rossi. Si lo neutralizo, ese riesgo desaparece. —Hice una pausa. —También me casaré con la persona que lleva cuatro años siendo la única en Ciudad C que me mira sin miedo. Lo que en sí mismo es suficiente razón.
Bárbara no respondió a eso inmediatamente.
Pero vi cómo lo registraba. Cómo lo guardaba en algún lugar.
—¿Cuándo quieres que firmemos? —dijo al fin.
—Mi notario está abajo. Si estás lista.
Se levantó.
—Estoy lista.
✦ ✦ ✦
Firmamos los documentos preliminares a las cinco de la tarde: acuerdo prenupcial, términos del matrimonio civil, los límites y condiciones que Bárbara había puesto y que yo había aceptado sin modificar ni uno solo.
Cuando el notario se fue y nos quedamos solos en el despacho, Bárbara miró los documentos firmados sobre la mesa durante un momento largo.
—Hay algo que quiero preguntarte —dijo sin levantar los ojos.
—Dime.
—Esa noche en el club. En el pasillo. —Levantó los ojos. —¿Habrías hecho lo mismo si Matteo no me hubiera traicionado?