Bárbara — Primera persona
La noticia se filtró en cuarenta y ocho horas.
Así funciona Ciudad C: no hay secretos, solo plazos distintos para que dejen de serlo. Y un matrimonio entre Alessandro De Moreti, el hombre más rico y soltero de la región, y Bárbara Rossi, la hija ilegítima del sexto hombre más rico —la chica de dieciocho años que hasta anteayer era la novia del sobrino—, era exactamente el tipo de noticia que esta ciudad digería con el apetito de quien lleva semanas sin comer.
El miércoles por la mañana, cuando llegué a la facultad, Nicolò me estaba esperando en los escalones con dos cafés y una expresión que mezclaba el escándalo con la lealtad en proporciones iguales.
—Explícame lo que acabo de leer en el Corriere di Città C —dijo, tendiéndome el café.
—¿Hay un artículo?
—«Exclusiva: Alessandro De Moreti formaliza compromiso con Bárbara Rossi en lo que fuentes cercanas describen como el movimiento estratégico más audaz de la temporada.» —Leyó con una entonación que habría sido cómica en otras circunstancias.
—Hay una foto de los dos saliendo del edificio del notario.
—Alguien nos hizo seguir.
—Evidentemente. —Nicolò me miró por encima del café. —Barbs. ¿Cuándo ibas a contármelo?
—Cuando tuviera más de cuarenta y ocho horas de haberlo decidido yo misma.
Bajó el teléfono.
—¿Estás bien?
—Estoy... en un lugar que todavía estoy procesando. Pero estoy entera.
—¿Él te trata bien?
Dudé un segundo.
—Sí. —Y era verdad, lo que me sorprendía casi tanto como todo lo demás. —De maneras que no esperaba.
Nicolò me estudió durante un momento con esa mirada suya que no deja pasar nada.
—¿Te gusta?
—Nicolò—
—Es una pregunta legítima cuando te vas a casar con alguien.
Bebí el café.
—No me hagas esa pregunta todavía —dije.
—Pero te puedo decir que me hace sentir cosas que nunca había sentido, no con Matteo — dije.
Nicolò sonrió, con esa sonrisa de quien ya tiene la respuesta aunque la otra persona no la haya dado.
—Bien —dijo. —Entonces cuéntame qué necesitas de mí.
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Lo que necesitaba de él era exactamente lo que siempre me había dado: presencia y lealtad sin condiciones.
Lo que no había calculado era la reacción del resto del mundo.
A mediodía, Lidia me llamó al teléfono. No para preguntar. Para informarme de que Enzo Rossi había «expresado su descontento» con la noticia del compromiso —como si no hubiera sido él mismo quien me instó a usar la situación dos días antes— y que la cena del sábado con los Castellani quedaba cancelada a la espera de que la familia se «reorganizara».
A las tres, Sofia me mandó un mensaje.
Solo tres palabras: «Cuídate las espaldas.»
No respondí.
A las cuatro, me llegó una notificación de Instagram: alguien había creado una cuenta con el nombre @barbarayalessandro_ con fotos tomadas con teleobjetivo de nosotros saliendo del edificio del notario. Ya tenía doscientos seguidores. A las cinco, ya eran casi un millón, en mucho de los comentarios de las fotos decían que era una trepadora, zorra y que lo que buscaba era dinero, otros me defendían diciendo que mi familia era de dinero.
Bienvenida a ser la novia de Alessandro De Moreti. Tu vida privada acaba de convertirse en entretenimiento público.
A las seis, cuando llegué a casa, encontré a Enzo Rossi en el salón principal del palazzo.
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Estaba de pie junto a la chimenea de mármol, con el traje de siempre y el reloj de siempre y esa expresión nueva que yo nunca le había visto: algo que podría llamarse desconcierto, aunque en Enzo Rossi el desconcierto se parezca mucho a la furia controlada.
—Siéntate —dijo.
—No.
Parpadeó.
—Bárbara—
—He dicho que no. —Me quedé de pie junto a la puerta, con el bolso todavía en el hombro. —Si quieres hablar conmigo, hablas desde donde estás. No me das órdenes en tu propia casa.
—Esta es tu casa también.
—Nunca lo ha sido realmente. Los dos lo sabemos.
Silencio.
Enzo me estudió durante varios segundos. Yo lo estudié a él, y por primera vez en dieciocho años lo hice sin el peso de querer algo de él que no iba a darme. Sin esperar que se convirtiera en el padre que no había sido. Lo miré como lo que era: un hombre. Un hombre complicado con un pasado oscuro y una deuda conmigo que nunca iba a saldar completamente.
—¿Por qué Alessandro De Moreti? —preguntó.
—Porque es mi decisión.
—Es diesiseis años mayor que tú.
—Lo sé.