Entre páginas de historia

Prólogo

La casa de Alybell seguía siendo la favorita para las reuniones. Su familia nunca estaba en casa, cosa que le daba a ella y a sus amigos la libertad de andar por donde quisieran. Muy distinto de cuando su madre estaba presente, porque entonces había reglas, límites, silencios largos y, por supuesto, una habitación prohibida. La de la puerta roja. Se sabía que era donde se encontraban los artefactos que utilizaba cuando era la bruja del pueblo. Hasta la fecha, nadie había querido entrar por cuenta propia. La curiosidad era grande, pero el miedo lo era aún más.

Scarlett se pintaba las uñas mientras se quejaba de su profesor de economía. Alybell asentía de vez en cuando, fingiendo prestar atención mientras leía una revista de pop. Aki discutía con Liam por —según ella— estar equivocado sobre la historia de Velmora.

—Te digo que es así —la pelirroja señaló el texto subrayado de aquel libro desgastado—. Justo ahí, mira. La guerra empezó por culpa de los humanos. Sin ofender.

—No me ofende —respondió el rubio, negando con la cabeza—. Pero no. Esa cosa está equivocada. La guerra empezó por culpa de los no nombrados.

Alybell y Scarlett miraban a sus amigos con confusión. Era la discusión de siempre, esa donde argumentaban el porqué había comenzado, quién tuvo la culpa, cómo pasaron las cosas de ese entonces, qué especie fue liberada y cuál la condenada. Era, probablemente, la tercera vez que peleaban por eso ese mismo día.

—Oigan —Alybell los llamó, levantando la mirada—. ¿No prefieren buscar las respuestas en el cuarto de mamá? Quiero decir… seguramente ahí tiene algo relacionado a esa época. Solo es cuestión de buscar bien.

—¡Ay, sí! —Scarlett se abrazó a sí misma—. ¿Crees que tenga algo para no hacerme vieja? Odiaría verme de cincuenta a mis treinta.

Liam y Aki intercambiaron miradas. Miraban el libro, luego a Alybell, luego de nuevo entre ellos. Dudaban. La madre de Alybell les daba miedo… y eso no era solo por su apariencia casi espectral. Al final, tras unos segundos, Aki asintió primero, aún aferrada a aquel libro. Liam la imitó.

—Solo por hoy —advirtió Alybell mientras se ponía de pie—. Y, por favor, no le digan a nadie. Mucho menos a Cimeries o a Meith.

—Sí, sí… no le diremos a nadie. Ahora vamos, quiero ser joven para siempre.

Scarlett tomó del brazo a Alybell y comenzó a guiarla hacia el fondo del tercer piso, donde se encontraban los cuartos de estudio. Aki y Liam iban detrás, codeándose y apostando sus objetos más valiosos para definir un ganador cuando vieran cuál era la versión correcta.

Los cuatro, delante de la puerta roja, pasaron saliva. No se autodenominaban cobardes, pero valientes tampoco lo eran. Scarlett soltó a Alybell y se apoyó contra la pared, cruzándose de brazos.

—¿Saben? Me falta mucho para cumplir treinta. Para ese entonces habrá cremas muchísimo mejores —miró sus uñas, desinteresada de entrar a esa habitación—. Entren ustedes.

—Yo ya he entrado muchas veces —murmuró Alybell, frotándose los brazos; el aire ahí era el más frío de toda la casa—. Ustedes… si van a entrar, no toquen nada. Solo miren. Y tú, Aki… cuidado. Aún no controlas bien tu magia.

—Yo ya aposté —dijo el rubio, colocando la mano en el picaporte—. Si muero hoy, al menos moriré sabiendo que tengo la razón.

—Dramático —le susurró Scarlett a Alybell.

—Ya quisieras, güerito.

Aki abrió la puerta antes de que Liam pudiera reaccionar y entró. El rubio la siguió. Buscó el interruptor en la pared y, al encontrarlo, encendió la luz. Las lámparas parpadearon como si fuera película de terror, amenazando con apagarse en cualquier momento.

La pelirroja recorrió el lugar con la mirada. Había objetos por todas partes: instrumentos extraños, frascos, hierbas, símbolos, imágenes antiguas, libros y mil cosas más. Juraría que ese cuarto aparentaba ser más pequeño desde afuera. Tomó una cajita musical.

—Siempre creí que habría cadáveres.

—Eso es perturbador, Aleisha.

—Tal vez. ¿Qué crees que sea de esa época?

—No sé. ¿Ropa?

Aki miró mal al rubio.

—No vengo de esa época, no me mires así. Además… ¿cómo se supone que nos dará respuestas? ¿Hablará o algo así? Odio que las cosas actúen como humanos.

—Espero que cuando digas «las cosas» no hables de nosotras.

—No. Nunca. Que me guste tu papá si llego a pensar así.

Aki asintió distraída mientras seguía revisando cada cosa del lugar.

—Espera… ¿qué tiene de malo mi papá?

Liam soltó una risita y se centró en buscar en la parte del librero algo que pudiera ayudarles a encontrar respuestas. Ambos estaban a punto de rendirse cuando, al mismo tiempo, tomaron algo y se giraron sobre sus talones.

—¡Encontré algo! —dijeron al unísono.

Aki sostenía un casco medieval. Estaba cubierto de polvo y parecía tener manchas de sangre… o salsa de tomate. Quizás la mamá de Alybell había tomado ese casco mientras comía unos cheetos con salsa, pensó para distraer a su mente de la probabilidad de la sangre.

Liam levantaba un libro de cuero grueso, con una rama insertada entre páginas como si fuera una vara. Ambos vieron el objeto del contrario con decepción.




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