Entre páginas y balones

Capítulo 1 | La computadora

¡Atención lectores! Libro en proceso de escritura (primer borrador). Disculpen las faltas ortográficas temporales; las tildes o palabras. La edición final se hará al terminar la obra.

Todos los derechos reservados.

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CAPÍTULO 1 | SUSAN

Enero

La computadora gris reposa sobre el escritorio negro que me ha acompañado desde adolescente. El único cambio era que ahora vivía en un pequeño apartamento con una ventana en mi habitación para poder ver la ciudad. Allí afuera, a las diez de la noche, la neblina cubría el firmamento y las luces de los edificios se mantenían a la lejanía.

De eso se trataba mi vida en las noches desde mayo del anterior año, cuando me gradué como profesional. La rutina era buscar portales de empleo online y enviar cincuenta solicitudes por día a diferentes editoriales en diferentes ciudades de Colombia. Incluso hoy hice dos cartas de presentación para enviar mi postulación a editoriales que me hace ilusión desde años atrás.

Mis ojos cansados miraban la ciudad nocturna. La neblina que pasaba por encima de mí la mayoría del tiempo se convertía en mi recordatorio constante de que mi vida estaba en una época nublada desde hacía meses.

—Espero que mi trabajo este en una de esas solicitudes —, murmuré, cruzando mis dedos fríos mientras respiraba profundamente.

Uno, dos, tres. Inhala. Uno, dos, tres, Exhala.

Me acerqué a uno de mis cajones del escritorio, saqué el pequeño calendario que había comprado para marcar el paso de los días en este nuevo año. También alcancé un resaltador amarillo neón.

—Otro día buscando mi lugar profesional —, dije marcando el circulo del día de hoy.

Con él ya marcaban siete meses desde mi graduación. Siete meses de ausencia de respuestas. Cuando me gradué, en mayo del año pasado, tenía la ilusión de encontrar empleo con la misma rapidez que mis compañeros de carrera publicaban sus logros profesionales en redes sociales.

Esperaba encontrar un lugar para mí rápido, porque durante mi época de estudiante me pedían tener el titulo para contratarme. Y cuando me gradué, creí que iba a encontrar empleo con la misma facilidad que otras personas.

Pero nada. Silencio.

Con el pasar de tan solo un mes, mi ánimo se diluyó como la mantequilla en una sartén caliente.

—Esto es muy diferente a lo que imaginé para mí vida —susurré, sintiendo el peso de la decepción en el pecho—. Me esforcé en la universidad por años. Es increíble que ninguna empresa me llamé. Ni una sola.

Mis ojos se nublaron. Las lágrimas amenazaban con caer sobre el calendario. El mercado laboral me ignoraba hace meses, eso me tenia desesperada. Era como llevar una maleta a cuestas sobre el desierto, y sin agua para hidratarse. Cada día me abrumaba el silencio.

Limpie con mi dedo índice una lagrima que estaba por desbordarse. Mis manos se enredaron con el marcador que termine con una raya neón en la frente.

—Sí. Mis ideas son importantes como el neón —dije, riéndome con amargura—, pero no sé cómo hacer que el mundo las vea.

Ahora las lágrimas caían sobre las pequeñas hojas del calendario y otras aterrizaban en la pijama. Dos, tres, cinco.

—Tu eres mi confidente —le dije a mi computadora, como si ella me entendiera.

Mi vida se sentía rutinaria. Saber que ser profesional no era suficiente para ser contratada, me sentía como una niña que había perdido a su muñeca favorita. O la que no sabia nada del mundo. Pero yo no era una niña. Era una profesional con más puertas cerradas que certezas.

Guardé el calendario y resaltador en el cajón. Caminé a la cocina donde preparé una infusión caliente en la estufa. Mientras el agua hervía, pasé mis dedos por la pantalla del celular.

Mi correo electrónico indicaba una notificación.

“Apreciado(a) postulante: Te agradecemos por haberte interesado en la vacante de “asistente editorial”. En esta ocasión no fuiste seleccionada. Muchos éxitos en tu búsqueda laboral y avance profesional”

Otro correo automático. Dejé el celular sobre la mesa auxiliar y me enfoqué en poner mi infusión en mi taza favorita. Eché azúcar y revolví mientras la decepción laboral ondeaba en el aire como el vapor del agua caliente.

Quizás mañana sea mi día de una buena noticia.

Regresé a mi habitación con el celular en mano y la taza en la otra. Los puse junto a la computadora, ella me esperaba con las noticias según mis intereses. Becas, carreras universitarias y noticas de empresas financieras que ofrecían préstamos impagables a mi bolsillo.

“Becas para estudiantes extranjeros”

Un titular muy atrayente. Clic.

Llevé mis ojos hacia los requisitos que se encontraban tres párrafos más abajo.

—Quizá mi futuro sea una beca —dije, con una pizca de ilusión —. Porque también quisiera una.

Hasta que leí el apartado “Ser trabajadora de una empresa privada con tres años de antigüedad en su profesión”.




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