Entre páginas y balones

Capítulo 3 | Susan

| SUSAN |

Enero

Antes de salir al restaurante, alcancé mi celular donde estaban diferentes notificaciones del día. Correos de promociones, publicidad de muchos lugares.

Y luego, el correo.

El título decía: “Diplomado Virtual Gratuito”

Mi corazón se aceleró. Abrí el correo con los dedos temblorosos y miré toda la descripción en inglés. Entendí algunas palabras sueltas.

—Traducción, claro —dije en voz alta y lo pegué en una aplicación para eso.

La magia de la tecnología hizo su trabajo.

“Estimado participante,

Nos complace informarle que su solicitud ha sido preseleccionada para el Diplomado Virtual. Este programa forma parte de una iniciativa social enfocada en el deporte y las infancias. Un intercambio cultural entre Europa y Latinoamérica.

Le recordamos que no se puede transmitir las clases, por la privacidad de los participantes.

Modalidad online – Clases lunes, martes y miércoles a las 4:00pm hora Inglaterra. Duración: 7 semanas. Recuerde cumplir con la asistencia y entrega de actividades para obtener el certificado gratuito.

El diplomado es totalmente gratuito. Para confirmar su participación, complete el formulario adjunto antes del 10 de enero.

Si tiene alguna pregunta, no dude en contactarnos”

Salté de emoción. Aunque miré mi calendario en el celular y eso significaría que empezaría el lunes de la próxima semana.

Cuando llegué al restaurante en mi turno de la mañana, eso significaba organizar las mesas, barrer, acomodar las sillas y revisar que los azucareros estuvieran llenos antes de que llegaron los clientes habituales que compran desayunos.

Yo me ajuste mi delantal con la abejita de antenas caídas que estaba sostenida en el centro de mi delantal por el hilo central, como siempre. Luego, moví mis dedos rápidos entre las cucharas, organizándolas con precisión. Yo llevaba ya seis meses trabajando allí.

Estaba acostumbrada al ambiente, los pedidos, la presión del restaurante y la entrega de bandejas, sonrisas y propinas que llegaban muy de vez en cuando a mis bolsillos para pagar las cuentas mensuales.

Pero mi atención estaba en el correo electrónico.

—¿Tan rápido se acabo el azúcar? —escuché una voz detrás de mí.

Me giré. Caroline estaba apoyada en la puerta de la cocina, ya se había puesto el delantal negro con su taza de café en la mano. Su cabello negro liso estaba recogido en un moño desordenado, y sus ojos estaban brillantes como el café de la taza.

—Estoy pensando —respondí, llenando otra cuchara de azúcar.

—¿En qué? —, dijo riéndose.

Dejé los cubiertos y saqué el celular del bolsillo. Abrí el correo electrónico con rapidez y le pedí que se acerque a mi lado.

—Mira “Diplomado en Comunicación Deportiva para la Infancia”. Es organizado por una fundación internacional. Es en línea y, sobre todo, ¡gratis!

Caroline puso sus dedos alrededor del vaso humeante de café.

—¿Y eso qué significa? —, tomó un sorbo.

—Significa —dije con emoción mientras hablaba— que puedo hacer un diplomado desde mi casa, sobre comunicación deportiva enfocada en niños. Lo más importante es gratis, porque no tengo dinero para pagar uno de mi bolsillo.

—Suena interesante —admitió Caroline —. Pero…tú no eres periodista deportiva.

—Lo sé. Soy profesional en Lengua Castellana. —agregué mi explicación—. El año anterior me inscribí cuando buscaba becas, cursos gratis, pero pensé que no me habían seleccionado. Lo hice porque tiene clases de escritura creativa para audiencias infantiles. Eso necesito para mi perfil, ya que por ahora no podría pagar una maestría.

Caroline me miró con detalle.

—Entiendo, y supongo que ya te inscribiste.

Solté un suspiro.

—El problema es el horario. Las clases son en línea, pero son en vivo. Tres veces a la semana, a las diez de la mañana todos los lunes, martes y miércoles.

Ella asentía al escuchar todos los datos.

—¿Y?

—Y yo estoy trabajando a las diez de la mañana —señale mi delantal—. No puedo estar sirviendo las mesas, los desayunos y en clases al mismo tiempo.

Caroline se quedó en silencio por un instante. Luego, una sonrisa se formó en sus labios.

—¿Y si entras más tarde esos días?

Parpadeé con ilusión.

—¿Cómo?

—Tu turno normal es de ocho de la mañana a siete de la noche. Pero esos días, puedes entrar a las once. Así tienes tiempo para tomar la clase en tu casa antes de venir. Los sábados trabajamos el turno completo, como siempre.

—¿Y la jefa será que nos dice algo?

—Ella no se va a enojar —dijo guiñándome un ojo—. Yo llevo el control de horarios. Solo pongo que tu turno cambió por “razones familiares” entre semana. Y listo.




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