| SUSAN |
Enero
El día siguiente de la rueda de prensa, lo había visto todo. Se repetía en mi mente la imagen de cómo Ethan se puso nervioso le hizo una pregunta directa sobre su vida. Cómo sus dedos se movían sobre el teclado sin saber qué hacer. Cómo el volumen de su voz disminuyo cuando respondió.
Y entonces, recordé el sonido de su voz.
No era grave ni profunda. Era suave, como si estuviera acostumbrado a no llamar la atención. Como si hubiera aprendido a hablar en voz baja para no ser notado.
“No es fácil”, había dicho. “Todos queremos ser titulares. Pero entiendo que el equipo tiene jugadores con más experiencia”.
Había algo en esas frases que me hicieron sentir empatía. Era honesto. No estaba fingiendo. Solo era él, con su camiseta gris, diciendo lo que sentía.
Me quede mirando hacia la piscina de pelotas ensimismada, pensando en él. En cómo se había puesto rojo al saber que debía hacer la mini entrevista. En cómo Garret había puesto su mano en el hombro para tranquilizarlo.
¿Cómo será su vida?, me pregunté. ¿Será difícil ser suplente?
No sabía mucho del fútbol, no soy seguidora de ningún equipo y tampoco distingo las camisetas deportivas. Solo sabia qué significaba ser titular y suplente. Así que podría imaginar que estaba en un lugar con más oportunidades que yo, pero sin el puesto que desea.
Y por alguna razón, quería decirle algo. Algo que lo hiciera sentir mejor.
Tomé mi celular y abrí la plataforma del diplomado luego de un viernes de mucho movimiento en el restaurante, las plantas de los pies me ardían tras varias horas estando de pie.
El chat con Ethan seguía abierto. La última conversación fue en las clases en vivo.
¿Le escribo?, me pregunté. ¿O solo lo dejo pasar?
Mis dedos dudaron sobre el teclado.
Y entonces, recordé el sonido de su voz. Suave. Honesta. Como si estuviera diciendo algo que nunca había dicho en voz alta.
Escribí con ayuda del traductor, mientras la hora decía 10:30 p.m:
Susan: Hola, Ethan. Soy Susan. No sé si esto te llegará, pero quería decirte que hiciste una buena rueda de prensa. Lo hiciste bien.
Envié el mensaje. Mis dedos temblaban, aunque la plataforma indicaba que él no estaba activo. Hice mi rutina de noche y me quedé dormida de manera profunda en mi cama.
—Susan, llegaron tus niños —dijo Caroline acercándose a mí con una bandeja de platos vacíos —Ve con ellos, porque mi paciencia no llega a altos niveles.
Puso los platos en la pequeña ventana que conecta a la cocina. Yo me volví a hacer el nudo de mi delantal que estaba flojo.
Llegó una mujer que era clienta usual con su niño de siete años, quien ya estaba lleno de energía a las dos de la tarde.
—¡Piscina de pelotas! —dijo al verme. Me abrazó el pequeño y se fue corriendo hacia el lugar que estaba al fondo del restaurante.
—Recuerda que el ingreso es sin zapatos —le recordé al alcanzarlo.
Sonrió, se quito los zapatos con rapidez. Los tiro de manera desordenada sobre el suelo y se tiró a la piscina. Caroline ya estaba tomando el pedido de la madre del niño en otra mesa.
Pasarón algunos minutos donde el niño estaba jugando en solitario, disfrutando de la piscina riéndose a solas. Yo lo vigilaba sentada en un banquillo rojo, al lado, en el cajón de zapatos solo estaban los suyos.
La campanita de ingreso sonó de nuevo. Dos amigas pequeñas se soltaban de la mano de sus madres, quienes son amigas también. La niñas corrieron a la piscina.
—Hemos tratado de venir más temprano —dijo una con dos coletas desproporcionadas.
—Mi mamá se demoró porque quiso peinarme —. Me dijo la otra indicando una trenza que abarcaba todo su cabello.
—Sus peinados les quedan hermosos —expresé mientras me pasaban sus baletas con moños de tela.
Las niñas sonrieron y entraron a la piscina también. En cuestión de minutos, estaban con el niño corriendo por el pequeño túnel naranja.
Cerca de media hora luego, un grupo de clientes ocupó la mesa más cercana a la piscina. Caroline se acercó a atenderlos. Eran tres hombres, todos con jeans desgastados, camisetas anchas con estampados grandes, mientras yo ponía las pelotas de colores que se habían salido en su lugar
Uno de ellos, se levantó de la mesa y se acercó haciendo notar sus tenis negros. Mientras yo estaba de rodillas con pelotas rojas y azules.
—Disculpa —dijo—. ¿Me puedes traer una gaseosa personal verde?
—Claro —respondí, sonriendo con la cortesía de costumbre.
Puse las pelotas en la piscina y fui por su pedido. Cuando volví a su mesa, que estaba llena de hamburguesas comidas hasta la mitad. Él me miró con una sonrisa que me pareció demasiado ensayada.
—Gracias —dijo, y me pasó un billete. Era una propina generosa.
—Gracias —respondí, guardándola en el bolsillo de mi delantal.