Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap. 1 Parte I

Antes del Nombre

Todo comenzó cuando apenas tenía diez años y jugaba en la playa de una colonia francesa.

En aquellos días, el mar no era para mí más que una extensión interminable sobre la cual navegaban los sueños. Podía pasar horas observando las embarcaciones que entraban y salían del puerto, imaginando que algún día comandaría una de ellas. Una rama torcida era suficiente para convertirme en capitán, y las rocas de la costa podían ser tanto una fortaleza enemiga como la cubierta de un navío dispuesto a enfrentarse a la peor tormenta.

Aquella tarde sostenía mi espada de madera con ambas manos mientras caminaba sobre el tronco de un árbol arrastrado por la marea.

—¡Mantengan el rumbo! —ordené a una tripulación que solo existía en mi cabeza—. ¡No dejaremos que escapen!

El viento agitaba mi cabello y hacía ondear mi camisa como si fuera una capa. Frente a mí, las olas golpeaban las rocas con tanta fuerza que debía levantar la voz para escucharme.

—¡Jim!

Reconocí la voz de mi madre, pero no respondí. En ese momento me encontraba persiguiendo a una flota de piratas y no podía abandonar el mando.

—¡Jim! ¿Dónde estás?

Me agaché detrás de una roca intentando ocultarme. No tardó en encontrarme.

—Ahí estás.

Mi madre se acercó con una sonrisa que intentaba disimular. Llevaba el cabello recogido y el delantal todavía manchado por las tareas del día. Me observó de pie sobre el tronco, empuñando mi rama como si fuera una espada de verdad.

—¿Qué haces?

—Estoy siendo capitán.

—Ya veo.

Miró alrededor con fingida preocupación.

—¿Y dónde está tu barco?

Golpeé el tronco con el pie.

—Aquí.

—No parece muy grande.

—Es rápido.

—Eso explica muchas cosas.

Bajó la mirada hacia el mar, como si buscara a mis enemigos entre las pequeñas embarcaciones del puerto.

—¿Contra quién estás peleando?

—Contra piratas.

Su sonrisa desapareció apenas un instante. Yo era demasiado pequeño para comprenderlo, pero los piratas no pertenecían únicamente a las historias que los marineros contaban en las tabernas. En aquellas aguas, su presencia era una amenaza real.

Mi madre volvió a mirarme.

—El capitán tendrá que continuar su batalla después. Ya es hora de comer.

—Pero no quiero ir. Me aburro en la casa.

—Solo tienes que venir, lavarte las manos y sentarte a la mesa.

—Mejor me quedo aquí.

Ella extendió una mano para ayudarme a bajar, pero retrocedí sobre el tronco.

—Jim.

—Solo un rato más.

Mi madre suspiró. Después de unos segundos, bajó la mano.

—Está bien. Un rato nada más. Cuando comience a oscurecer, regresas directamente a casa.

—Lo prometo.

—Y no te acerques más al agua.

Asentí con entusiasmo.

Mi madre se inclinó, besó mi frente y emprendió el camino de regreso hacia el pueblo. La observé alejarse hasta que su figura desapareció entre las primeras casas.

Entonces volví a levantar mi espada.

—¡Preparen los cañones!

El sol comenzaba a descender sobre el horizonte. Las aguas adquirían un tono anaranjado y las sombras de las embarcaciones se extendían sobre el puerto. A lo lejos, algunas campanas anunciaban el término de la jornada, mientras los pescadores recogían sus redes y los comerciantes cerraban sus puestos.

Todo parecía igual que cualquier otro día.

Hasta que escuché el primer estruendo.

El sonido fue tan profundo que sentí cómo vibraba la madera bajo mis pies. Levanté la cabeza, confundido, creyendo que se aproximaba una tormenta.

Entonces llegó un segundo estruendo.

Y después un tercero.

Miré hacia el horizonte.

Varias siluetas oscuras avanzaban hacia la colonia. Eran demasiadas para ser embarcaciones mercantes. Navegaban juntas, con las velas desplegadas y las cubiertas envueltas en humo.

Por un momento no comprendí qué estaba viendo.

Hasta que distinguí los destellos.

Los cañones disparaban desde los costados de los barcos.

Uno de los proyectiles cayó cerca del puerto. La explosión levantó una columna de agua y restos de madera. Otro atravesó el techo de una construcción próxima a los muelles.

Los gritos comenzaron de inmediato.

Mi espada de madera cayó sobre la arena.

—¿Mamá?

Di un paso hacia atrás.




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