Cuando recuperé el conocimiento estaba tendido en el suelo de una celda.
Me incorporé con dificultad y me acerqué a los barrotes.
—¡Guardia!
Un hombre sentado frente a una mesa continuó escribiendo sin levantar la cabeza.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Lo suficiente para empezar a gritar.
—¿Quién me trajo?
—Una patrulla te encontró inconsciente detrás de unas viviendas.
—Me atacaron tres marinos.
El guardia mojó la pluma en el tintero.
—Y yo fui nombrado gobernador esta mañana.
—Digo la verdad.
—También allanaste una propiedad privada.
—¿Qué?
—Te encontraron dentro de un corral.
Miré mi camisa. Además de sangre y barro, estaba cubierta por manchas oscuras cuyo origen prefería no investigar.
—Caí allí.
—Las vacas no presentaron cargos.
Desde otra celda surgió una carcajada.
—Tienes suerte, muchacho —dijo un hombre de brazos gruesos, sentado sobre un banco—. Una vaca ofendida puede ser peor que un juez.
—Cállate, Marot —ordenó el guardia.
El hombre levantó las manos.
—Solo intento tranquilizar al nuevo.
En la celda siguiente, otro prisionero permanecía recostado contra la pared. Vestía una camisa elegante, aunque sucia, y conservaba un bigote cuidadosamente recortado.
—No le hagas caso —dijo—. Está aquí porque rompió cuatro ventanas de una posada.
—Tres —corrigió Marot—. La cuarta ya estaba agrietada.
—Eso dijiste durante el juicio.
—¿Y tú por qué estás aquí? —pregunté.
El hombre del bigote sonrió.
—Un pequeño desacuerdo financiero.
—Fraude —aclaró el guardia.
—Diferencias de interpretación.
—Vendiste el mismo caballo a cinco personas.
—Un animal extraordinariamente solicitado.
Marot volvió a reír.
—Yo soy Marot. El comerciante es Bellier.
—Asesor comercial —corrigió Bellier.
—Jim.
—¿Solo Jim? —preguntó Marot.
—Solo Jim.
Bellier inclinó la cabeza, como si guardara esa información para utilizarla después.
La puerta de la prisión se abrió antes de que pudiera decir algo más.
Entró un uniformado de alto rango acompañado por dos soldados. Era un hombre maduro, de cabello oscuro atravesado por algunas canas. A diferencia de Lirk, no parecía necesitar que todos notaran su autoridad. Bastaba con la forma en que el guardia se puso de pie al verlo.
—Necesito tres presos con antecedentes menores —dijo mientras observaba las celdas—. El banquete está falto de sirvientes.
El guardia tomó una carpeta.
El uniformado señaló primero a Marot.
—Ese.
Después miró a Bellier.
—Ese también.
Finalmente me indicó a mí.
—Y el muchacho.
—El primero está detenido por destrozos —explicó el guardia—. El segundo, por fraude. Al tercero lo trajeron hace poco: desorden en la vía pública y allanamiento de propiedad privada.
El oficial miró a Marot.
—¿Mataste a alguien durante los destrozos?
—Solo la paciencia del posadero.
Después se volvió hacia Bellier.
—¿Eres peligroso?
—Únicamente para los malos negocios.
Por último, me observó.
—¿Robaste algo en esa propiedad?
—No, señor. Caí inconsciente dentro de un corral.
El oficial miró al guardia.
—¿Falta alguna vaca?
—Ninguna, señor.
—Entonces el ganado ha decidido retirar la acusación.
Marot soltó una carcajada.
El uniformado señaló las puertas.
—Ábranlas. Trabajarán durante el banquete bajo vigilancia y regresarán cuando termine.
—¿Está seguro de llevar a los tres, teniente Gogfelt? —intervino uno de los soldados.
—El gobernador quiere platos sobre las mesas. A menos que hayas aprendido a servir seis bandejas al mismo tiempo, necesitaremos ayuda.
El guardia comenzó a abrir las celdas.
Marot salió primero, frotándose las manos.
—Espero que nos permitan probar la comida.
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Editado: 10.09.2026