Entre Piratas y Corsarios: Una historia que contar

Cap. 2 Parte I

Un nombre Prestado

A la mañana siguiente, el guardia abrió mi celda.

—Puedes marcharte.

Me incorporé.

—¿Así nada más?

—La propiedad no presentó cargos, nadie pudo demostrar que causaras los destrozos y el teniente Gogfelt solicitó tu liberación.

Marot se acercó a sus barrotes.

—¿Y nosotros?

—Tú rompiste cuatro ventanas.

—Tres.

—Cuatro.

Bellier levantó una mano.

—¿Mi caso también podría ser revisado por el teniente?

—Vendiste el mismo caballo cinco veces.

—Era un caballo popular.

Bellier se alisó el bigote sin apartar la mirada del guardia.

El guardia señaló la salida.

—Fuera, muchacho, antes de que cambie de opinión.

Recogí mi ropa y abandoné la prisión.

El sol apenas comenzaba a elevarse sobre la colonia. En el puerto, los mástiles de la flota inglesa se recortaban contra el cielo.

Saqué el papel de mi bolsillo.

Podía regresar al molino.

Stan seguramente me descontaría la jornada perdida y después me obligaría a trabajar el doble. Al día siguiente todo volvería a ser igual: trigo, harina, sacos y noches en el establo.

O podía seguir la dirección.

Permanecí inmóvil durante varios minutos.

Después caminé hacia el puerto.

El edificio de postulaciones estaba instalado junto a varios almacenes navales. Frente a él se extendía una amplia plazoleta en la que ya se habían reunido cientos de jóvenes.

Había hombres de toda clase.

Comerciantes que buscaban abandonar los negocios de sus familias, alfareros con las manos todavía manchadas de arcilla, aprendices de herrero, campesinos, hijos de familias adineradas y muchachos que, como yo, parecían no tener demasiado que perder.

Algunos hablaban con entusiasmo sobre los barcos que esperaban comandar algún día. Otros observaban en silencio a los soldados que vigilaban las entradas.

Yo me mantuve cerca de uno de los extremos de la plaza, con el papel de Gogfelt aún guardado en el bolsillo.

Un hombre con uniforme de sargento subió a una pequeña tarima.

—¡Atención!

Las conversaciones disminuyeron poco a poco.

—Las listas de inscripción ya se encuentran abiertas. Acérquense ordenadamente y formen filas frente a las mesas.

Apenas terminó de hablar, la multitud se lanzó hacia delante.

Los empujones comenzaron de inmediato.

Varios aspirantes corrieron para quedar entre los primeros. Algunos apartaban a los demás con los hombros; otros se abrían paso utilizando los codos. Un joven cayó cerca de mí y estuvo a punto de ser pisoteado antes de que consiguiera levantarse.

La masa me arrastró unos pasos.

Intenté mantenerme de pie, pero alguien chocó contra mi espalda y terminé apoyando una rodilla sobre el suelo.

Cuando logré incorporarme, ya se habían formado cinco o seis filas largas. En cada una debía de haber cerca de cincuenta personas antes que yo.

Busqué la más corta y me coloqué al final.

Los primeros aspirantes celebraban entre ellos por haber conseguido los mejores lugares. Algunos todavía se reían de quienes habían quedado atrás.

El sargento volvió a levantar la voz.

—Un instructor pasará por cada fila asignándoles un número. No lo olviden.

Varios uniformados comenzaron a caminar entre los postulantes.

—Uno.

El primer aspirante recibió su número.

—Dos.

Después el siguiente.

Los instructores continuaron avanzando por las filas.

—Tres... cuatro... cinco...

Nadie parecía comprender el motivo del conteo.

Cuando llegaron al número quince, el sargento de la tarima levantó una mano.

—¡Alto!

Todos los instructores se detuvieron.

—Los postulantes numerados del uno al quince de cada fila deben dar un paso al frente.

Los primeros hombres obedecieron.

Algunos sonreían, convencidos de haber sido seleccionados para comenzar las pruebas antes que los demás. Otros inflaban el pecho mientras avanzaban hacia el centro de la plazoleta.

En total, varias decenas de aspirantes quedaron separados del resto.

El sargento los observó desde la tarima.

—Servir en la Marina no es una competencia por llegar primero a una mesa.




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