13 de abril
Apenas llevaba unos minutos siendo Jim Delth y ya había descubierto la primera desventaja de tener apellido: podían llamarme desde cualquier lugar sin que yo comprendiera de inmediato que se referían a mí.
Seguí la dirección que me había indicado.
Detrás de las mesas de inscripción habían levantado varias divisiones con telas gruesas. Los aspirantes entraban por un extremo y salían por otro. Algunos conservaban sus fichas; otros eran acompañados por soldados que les señalaban el camino de regreso a la plaza.
Uno de ellos pasó junto a mí cojeando.
—¿Qué ocurrió? —preguntó un muchacho que esperaba en la fila.
—Mi rodilla.
—¿Estaba lesionada?
El aspirante miró al soldado que lo escoltaba.
—Ahora sí.
—Continúa caminando —ordenó el uniformado.
Aquello terminó de borrar cualquier entusiasmo que pudiera haberme quedado después de recibir el apellido.
Hasta entonces, una parte de mí había supuesto que presentarse era casi lo mismo que ingresar. Gogfelt me había entregado una dirección, había sobrevivido a la primera evaluación de las filas y el escribano ya había colocado mi nombre sobre una hoja oficial.
Sin embargo, nadie parecía especialmente interesado en conservarme allí.
Frente a la primera división, un asistente recogía las fichas y llamaba a los aspirantes de uno en uno.
—Delth.
No reaccioné.
El hombre volvió a mirar la ficha.
—Jim Delth.
—Sí.
—Entonces entra. Y procura acostumbrarte a tu propio nombre antes de que lo haga el resto.
Apartó la tela.
Dentro había una mesa, dos sillas y una camilla estrecha. Un hombre de cabello blanco limpiaba unas pequeñas lentes mientras otro anotaba resultados en una hoja.
—Quítate la camisa —ordenó el primero.
Obedecí.
El médico observó los golpes de mis costillas y el moretón que todavía cubría parte de mi rostro.
—¿Cuándo ocurrió esto?
—Anoche.
Presionó uno de mis costados.
El dolor me obligó a contener el aire.
—¿Y esto?
—También anoche.
—Una noche productiva.
Volvió a presionar.
—¿Está roto? —pregunté.
—Si lo estuviera, ya habrías gritado.
—Estuve a punto.
—Entonces está a punto de estar roto.
El escribano levantó la vista, pero el médico continuó como si aquello tuviera sentido.
Me hizo extender los brazos, agacharme, girar el torso y caminar de un extremo al otro. Después revisó mis dientes, mi respiración y mis oídos.
Por último, se detuvo frente a la cicatriz que descendía cerca de mi ojo.
—Mírame.
Obedecí.
Levantó dos dedos.
—¿Cuántos?
—Dos.
Cambió de mano.
—¿Y ahora?
—Tres.
—Siguen siendo dos.
—Entonces dos.
El médico no sonrió.
Acercó una de las lentes y examinó el ojo con atención.
—¿Cómo ocurrió?
—Un sable.
La pluma del escribano se detuvo.
El médico bajó la lente.
—¿Durante una pelea?
—No exactamente.
Esperó por si decidía añadir algo más.
No lo hice.
La hoja atravesando el pecho de mi madre apareció en mi memoria con una claridad que no necesitaba palabras.
El médico señaló mi camisa.
—Puedes vestirte.
—¿Eso significa que aprobé?
—Significa que puedes vestirte.
Me puse la camisa y recogí la ficha.
«Complexión adecuada. Visión conservada. Lesiones recientes sin impedimento funcional.»
La siguiente evaluación se realizaba dentro de uno de los almacenes del puerto.
Habían dispuesto varias mesas en filas. Sobre cada una descansaban hojas, plumas y pequeños recipientes de tinta. Los aspirantes permanecíamos de pie detrás de las sillas mientras un funcionario caminaba frente a nosotros con un papel entre las manos.
—Primero leerán el texto que encontrarán sobre la mesa. Después copiarán el segundo párrafo. Cuando terminen, deberán responder por escrito la pregunta situada al final.
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Editado: 10.09.2026