Nunca veo las carreras con nadie, me molesta que hablen, que comenten lo obvio. Me irrita que interrumpan justo cuando el piloto frena al límite o cuando una curva se convierte en una ecuación perfecta entre riesgo y precisión.
MotoGP no es ruido para mí, es cálculo, intuición y segundos que no perdonan errores.
Miro la pantalla con los brazos cruzados, como si así pudiera sostener el orden del mundo entre curvas cerradas y frenadas al límite. La física funcionando con una perfección casi poética... o fallando de forma espectacular.
La transmisión comienza y siento ese cosquilleo conocido recorrerme el pecho, los comentaristas hablan, pero apenas los escucho. lo que me importa es la parrilla de salida.
—Vamos... —murmuro cuando enfocan la primera fila.
Marc aparece en pantalla, su casco puesto y bien concentrado.
Cruzo los brazos, pero mis piernas no dejan de moverse.
—Este año tienes que ser más inteligente —le digo a la televisión como si pudiera oírme—. Nada de arriesgar en la primera vuelta, no otra vez.
Las luces rojas se encienden una por una y contengo la respiración.
—No saltes antes... no saltes antes...
Se apagan y la carrera comienza, procedo a inclinarme como si así fuera a ver mejor.
—¡Bien, bien, bien! —susurro cuando gana una posición en la primera curva—. Eso, por dentro. Perfecto.
Un piloto intenta cerrarle el paso.
—No te metas ahí, no seas imprudente... —advierto.
Lo hace igual, mi corazón se detiene un segundo cuando casi rozan.
—Estás loco... —exhalo, pero sonrío—. Estás completamente loco.
Las vueltas avanzan, analizo los tiempos, las distancias y el ritmo.
—Está guardando neumático —digo en voz alta, ignorando que estoy sola—. No está forzando todavía, está esperando.
Los comentaristas confirman algo parecido y siento una absurda satisfacción.
—Lo sabía.
Cuando finalmente decide atacar, me pongo de pie sin darme cuenta. El adelantamiento es limpio, agresivo pero preciso.
—¡Vamos, Marc!
Aplaudo una vez, fuerte, como si estuviera en la tribuna y no en mi sala perfectamente ordenada.
En la vuelta doce un piloto cae, el impacto es tan seco que me llevo la mano a la boca.
—No... no...
La repetición en cámara lenta muestra la rueda perdiendo adherencia.
—Entró demasiado pasado, frenó tarde —analizo automáticamente, aunque la imagen me apriete el pecho—. La trazada estaba mal calculada.
Siempre lo analizo, si lo convierto en física, duele menos.
La carrera continúa, Marc lidera y el segundo se acerca.
—No te confíes —murmuro—. Este año todos vienen más agresivos, no puedes ganar solo con talento.
La tensión se acumula vuelta tras vuelta. Camino por la sala sin despegar los ojos de la pantalla.
—Controla el desgaste... controla el desgaste...
Última vuelta y mi respiración es irregular.
—No arriesgues de más, no necesitas probar nada, solo termina.
En la última curva casi pierdo el equilibrio junto con él.
—¡No, no, no—!
Sale limpio, cruza la meta y trato de ganar aire como si hubiera sido yo quien corría.
—¡Sí! —grito, riendo sola en la sala—. ¡Eso es estrategia! ¡Eso es cabeza!
Me dejo caer en el sillón con el corazón acelerado.
En la entrevista posterior sonríe bajo el casco, sudado, exhausto y feliz.
—Así se hace —le digo a la pantalla, más tranquila—. No siempre es atacar a veces es esperar.
El televisor refleja mi imagen unos segundos cuando baja el volumen de la transmisión, mi cabello castaño desordenado, las pecas marcadas, la mirada todavía encendida. Nadie me ve así, en la universidad soy la que planifica, calcula o la que nunca pierde el control, yo aquí grito, opino, también discuto con la televisión, me permito admirar a alguien que vive exactamente al límite de todo lo que yo intento evitar.
Cuando la transmisión termina, tomo el control remoto y apago la pantalla. Todo esta en silencio, con mi respiración todavía agitada me obligo a recomponerme, ordeno los cojines, recojo la taza y vuelvo a ser yo. Pero mientras camino hacia mi habitación, una idea incómoda se instala en mi cabeza, admiro demasiado a las personas que se atreven y eso, en alguien que vive evitando el riesgo, puede ser peligroso.
Soy estudiante de Ingeniería en Construcción, es mi último año. Mi vida está organizada en carpetas digitales, cronogramas impresos y listas de tareas con colores distintos según prioridad. Si algo no está planificado, me incomoda. Si algo se sale del esquema, lo corrijo o eso intento, excepto esto. Esta parte mía que se despierta cada vez que un motor ruge y alguien decide ir más rápido de lo razonable.
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El lunes por la mañana huele a café recién hecho, mientras el campus todavía está medio vacío, cruzo el patio central con mis planos enrollados bajo el brazo. El edificio de Ingeniería tiene esa estética fría y funcional que me gusta, líneas rectas, vidrio, hormigón expuesto.
—¿Dormiste algo anoche o estabas viendo motos otra vez? —me pregunta Catalina apenas me ve entrar al taller de estructuras.
Catalina es mi compañera desde primer año. Desordenada, brillante, emocional y la prueba viviente de que se puede ser un caos y aun así sacar buenas notas.
—Dormí —respondo, dejando mi mochila sobre la mesa—. Lo suficiente.
Me mira con sospecha.
—Eso significa que ganó tu piloto.
No puedo evitar una pequeña sonrisa.
—Segundo lugar.
—Sabía que estabas demasiado tranquila para que hubiera perdido.
Sacamos los planos del proyecto final, un centro comunitario en una zona sísmica. Cálculos de carga, resistencia de materiales, simulaciones estructurales. El tipo de desafío que me gusta.
Mientras revisamos columnas y vigas, mi mente todavía repasa la carrera del domingo. La curva siete, la maniobra arriesgada, la caída en la vuelta doce. Ese cosquilleo en el pecho cuando alguien toca el asfalto a más de doscientos kilómetros por hora, miedo y admiración mezclados.