Entre Planos y Velocidad

Capítulo 2: El ruido correcto

Yo no debía estar ahí. Esa fue la primera certeza que atravesó mi cabeza mientras observaba el circuito desde detrás de la reja metálica. El casco colgaba de mi antebrazo como una confesión silenciosa. El sol descendía lento, encendiendo el asfalto con un brillo anaranjado que me obligaba a entrecerrar los ojos.

Había salido de la universidad con la mente saturada de fórmulas, entregas pendientes y la presión del proyecto final. Mi intención era volver a casa, ordenar apuntes, avanzar en cálculos estructurales. Sin embargo, mis pasos cambiaron de dirección sin pedirme permiso. Y aquí estaba. El rugido de los motores atravesaba el aire, vibrando en el pecho. No era un estruendo, tampoco caos. Era ritmo y coherencia en movimiento. Me quedé inmóvil, estudiando cada giro. Analizando la inclinación, el punto de frenado, la salida de las curvas cerradas. La pista no era de campeonato internacional, pero había dedicación., una ambición. Se notaba en las marcas negras que cruzaban el asfalto como cicatrices de intentos anteriores.

La velocidad siempre deja evidencia incluso cuando nadie la observa con atención.

Un piloto tomó demasiado cerrada la curva tres. Negué apenas con la cabeza. Entró tarde. Forzó el eje por lo que saldrá lento y efectivamente, perdió impulso en la recta siguiente. Una sensación leve, casi arrogante, se deslizó dentro de mí en ese momento.

— ¿Te gusta o estás esperando a alguien?

La voz surgió tan cerca que mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Giré el rostro con brusquedad. No lo había escuchado aproximarse.

Estaba apoyado contra la reja, a menos de un metro de mí, con una naturalidad desconcertante. Más alto. Hombros anchos. Polera negra ajustada, jeans gastados, zapatillas cubiertas de polvo fino. El cabello oscuro ligeramente desordenado como si el viento fuera su compañero habitual. Sus ojos al parecer entre verdes y cafés no tenían prisa. Me estaba evaluando.

—Observo —respondí, sin suavizar el tono.

Una media sonrisa curvó sus labios. No parecía ofendido. Tampoco intimidado.

—Eso ya lo noté —replicó —. Pero no miras como el resto.

Volví la vista hacia la pista, marcando distancia. No vine aquí a socializar. Menos a explicar por qué estoy donde no debería estar. Él no se movió.

—¿Sabes de motos o solo te gusta el ruido?

Apreté mi celular que tenía en una de mis manos con más firmeza.

—¿Eso es relevante?

—Depende —respondió con calma —. Si solo te gusta el sonido, es una cosa. Si entiendes lo que están haciendo ahí dentro, es otra muy distinta.

Lo miré de nuevo. Sostenía mi mirada sin vacilar. No había burla en su expresión. Era curiosidad y algo más difícil de nombrar.

—Frenan tarde —dije finalmente —. Están entrando demasiado cerrados. Si ampliaran la trazada podrían salir con mejor aceleración sin forzar tanto la transmisión.

Silencio. El ruido de una moto atravesó la recta principal mientras él procesaba mis palabras. Sus cejas se alzaron, genuinamente sorprendido.

—No esperaba eso.

—No preguntaste esperando una respuesta elaborada —repliqué.

Su sonrisa se ensanchó apenas.

—Tienes razón.

Un piloto casi pierde adherencia en la curva cinco. Lo vi antes de que ocurriera. Él también.

Nuestros cuerpos reaccionaron al mismo tiempo, inclinándose levemente como si pudiéramos corregir la trayectoria desde fuera. La moto logró estabilizarse. Respiré. Él soltó una risa baja.

—Eso estuvo cerca.

No respondí. Pero mi pulso sí.

—Soy Dante —dijo después de unos segundos, extendiendo la mano.

Dudé. No suelo estrechar manos sin motivo. Tampoco suelo involucrarme en conversaciones innecesarias. Pero algo en su forma de mantenerse allí, firme y tranquilo, sin presionarme, rompió una parte de mi resistencia. Tomé su mano. Su palma estaba tibia, firme, con la textura particular de quien pasa horas sujetando manillares.

—Emma.

Repitió mi nombre en voz baja, como si lo aprobara.

—Emma.

Mi estómago se tensó por razones que no entendí.

—¿Vienes seguido? —preguntó.

—No.

Sus ojos brillaron con un destello divertido.

—Eso no es verdad.

Lo miré de reojo.

—¿Perdón?

—No observas como alguien que vino por curiosidad.

El comentario me incomodó más de lo que debería. Porque era cierto.

—Analizo —dije, corrigiéndolo.

—Eso es diferente.

El viento levantó una ráfaga de polvo. Un grupo de pilotos regresaba a boxes. Dante observó la pista como si midiera algo invisible.

—Corro aquí —dijo sin dramatismo —. Mejor dicho, estoy entrenando, yo corro en España, me estoy preparando para Moto GP este año, el año pasado termine mi carrera en Moto 2. —Lo dijo con orgullo.

Sentí el impacto en el pecho antes de procesar la frase. No era un espectador. Este chico ya corría en las competencias internacionales.

—Ah, ¿sí? —logré decir, intentando mantener neutralidad.

—Sí.

No había arrogancia. Solo determinación.

—¿Desde hace cuánto?

—Desde que tengo 5 años, mi padre me motivo después de mudarnos a España.

La respuesta no fue ligera. Sonó más profunda de lo que parecía. Un mecánico le hizo una seña desde la zona de boxes. Dante levantó la mano en respuesta, pero no se movió de inmediato.

—¿Qué piensas? —preguntó de repente.

—¿Sobre qué?

—Sobre correr.

La pregunta quedó suspendida entre nosotros. Pensé en el control. El riesgo. En las caídas que me hacían contener el aliento frente al televisor.

—Pienso que es una decisión que no admite errores —respondí al fin —. Que cada curva es una apuesta. Y que, si calculas mal, el costo es alto.

Sus ojos se oscurecieron apenas.

—Exacto.

No dijo más. Pero en ese "exacto" había reconocimiento. Como si entendiera algo de mí que nadie más notaba.

—¿Y tú? -pregunté, sin saber por qué lo hacía —. ¿Por qué corres?




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