Retomar la rutina fue un intento de salvación. Eso me repetí cuando el despertador sonó a las seis y media y me levanté antes de que pudiera pensarlo demasiado. Preparé café negro, más cargado de lo normal. Revisé el horario del día como si fuera un protocolo médico. Todo debía mantenerse estable. Clases temprano. Apuntes impecables. Horas medidas.
Vivo en Santiago con mi hermano Sebastián desde que entré a la universidad. La casa es pequeña, pero suficiente. Funcional. Cada uno tiene su espacio. Mis padres viven en el campo, en esa casa amplia rodeada de silencio y tierra húmeda. Yo me fui. A veces pienso que hui.
Sebastián, de tan solo 15 años salió antes que yo esa mañana. Apenas cruzamos palabras en la cocina.
—¿Dormiste? —preguntó mientras se servía cereal.
—Sí.
Otra mentira limpia. La verdad es que casi no pegué un ojo. Porque Dante seguía ahí. Estaba presente de una forma más incómoda, como una vibración constante debajo de la piel. Como si algo hubiera empezado a moverse y yo no supiera cómo detenerlo.
En la universidad ocupé mi asiento habitual, tercera fila junto a la ventana. El mismo ángulo de luz. La misma perspectiva del patio. Me gusta esa sensación de repetición, me tranquiliza.
Abrí el cuaderno y me dediqué a tomar apuntes. Los primeros minutos funcioné bien. Copié fórmulas, organicé ideas, seguí el hilo lógico de la explicación.
Después su voz irrumpió sin aviso.
“¿Te gusta o estás buscando a alguien?”
Apreté el lápiz con más fuerza de la necesaria. ¿Por qué seguía recordando el tono exacto? No había sido nada extraordinario. Solo una conversación breve junto a una reja metálica. Entonces, ¿por qué mi cuerpo reaccionaba como si hubiese sido algo más?
—Emma, ¿estas bien?
Fernanda me miraba con preocupación.
Asentí sin mirarla.
—Estoy concentrada.
No lo estaba. Cada vez que intentaba volver a la materia, aparecía una imagen distinta, sus manos apoyadas en el metal, la forma en que me sostuvo la mirada cuando hablé de la frenada, esa mezcla extraña entre desafío y respeto. No me trato como si yo fuera una espectadora ignorante. Me había escuchado. Y eso, por alguna razón, me hacía sentir confundida.
La clase terminó y salí antes que el resto. Necesitaba silencio. Fui a la biblioteca como quien acude a un refugio. Ese lugar siempre me ordena. El silencio ahí es acogedor. Me senté en mi mesa habitual y abrí el cuaderno. En el margen de la hoja dibujé una curva. Amplia en la entrada, cerrando en el vértice con precisión milimétrica. La observé y arranqué la página con rabia contenida.
—¿Qué te pasa? —murmuré para mí misma.
No era lógico. No había señales claras de que esto fuera algo. Tampoco sabía si volvería a verlo. Y, aun así, mi mente lo buscaba. Como si una parte de mí necesitara comprobar que no lo había imaginado.
Intenté estudiar otra vez, pero las palabras comenzaron a perder significado. Las líneas del libro se desdibujaron y, en lugar de ecuaciones, veía asfalto caliente. Escuchaba motores. Sentía esa vibración grave en el pecho. Lo que realmente me confundía no era él. Era mi reacción. Siempre he sido racional. Precavida. Mido consecuencias antes de dar un paso. Evito saltar sin calcular la profundidad. Entonces, ¿por qué desde el sábado siento que estoy inclinándome hacia algo sin saber cuánto me puedo caer?
Salí de la biblioteca antes de lo previsto. Caminé sin rumbo claro por el campus hasta que el frío empezó a colarse por las mangas de mi chaqueta.
De vuelta en casa, Sebastián estaba en el living con el computador abierto.
—Te ves rara —dijo sin levantar mucho la vista.
—Gracias.
—No es un halago.
Dejé la mochila en el suelo.
—Estoy cansada.
Me observó unos segundos más de lo habitual.
—Llamó la mamá. Preguntó si vas a ir el próximo fin de semana.
El campo. La casa grande. El olor a tierra húmeda después del riego. La tranquilidad.
Allá todo es más lento. Más estable. Mis padres trabajando la tierra, compartiendo desayunos largos y conversaciones simples. Admiro esa constancia. Esa forma de trabajar como un equipo.
—No sé —respondí.
—Emma.
Su tono cambió.
—¿Qué?
—Te estás yendo a otro lado.
Me tensé.
—No estoy yéndome a ningún lado.
Pero incluso para mí sonó poco convincente.
Esa noche cené casi en silencio. Después me encerré en mi pieza y, sin pensarlo demasiado, encendí la televisión. MotoGP otra vez. Me senté en el borde de la cama. Al principio intenté mirar como siempre, trayectorias, tiempos, estrategias. Pero la perspectiva cambió. Ya no veía solo motos. Veía personas, pilotos acomodándose en sus respectivas motos, esa tranquilidad y seguridad que emergían, la respiración detrás del visor. Pensé en Dante dentro de ese escenario. Imaginé el peso del casco en sus manos, la concentración antes de acelerar. Y entonces apareció algo más. El miedo. No a que se cayera. Era ese miedo a que yo me involucrara. La velocidad no es solo riesgo físico, es intensidad, sentir demasiado rápido, demasiado fuerte. Yo crecí en un entorno donde todo se resolvía con paciencia. Donde las cosas se construyen lento. Mis padres nunca fueron impulsivos. Nunca hubo escenas dramáticas. Siempre hubo estabilidad. Y, ahora mírame. Sentada frente a una carrera, pensando en un hombre que vive al límite y que apenas conozco.
El celular vibró. Mi corazón respondió antes que mi razón. Mensaje de Dante.
Dante: ¿Te desconcentraste hoy o sigues siendo imperturbable?
Me quedé mirando la pantalla. ¿Qué clase de pregunta era esa?
No contesté de inmediato. Caminé por la habitación con el teléfono en la mano. Me sentía ridícula. Alterada por algo mínimo, hasta que finalmente escribí.
Emma: No me desconcentro tan fácil.
La respuesta llegó segundos después.
Dante: Entonces el sábado fue imaginación mía.