La cafetería está casi llena. El olor a café recién molido mezclado con algo dulce que probablemente viene de la vitrina de pasteles junto al mostrador. El vapor de las máquinas forma pequeñas nubes que desaparecen rápido.
Mi computador ocupa casi toda la mesa. Estoy atrasada. Y eso me irrita más de lo que debería.
En la pantalla tengo abiertos tres documentos distintos, los planos estructurales del proyecto, el informe técnico que debo entregar mañana y una hoja de cálculo que ya revisé demasiadas veces. Mis dedos se mueven rápido sobre el teclado, casi sin pensar, intentando recuperar el tiempo que perdí durante la mañana.
Al frente mío está Sebastián, mi hermano menor de quince años. Con su polera negra con el logo de MotoGP estampado en grande. El celular apoyado contra su taza. De vez en cuando levanta la vista para mirar la pantalla, donde claramente tiene una carrera reproducida.
Sebastián tiene la energía de alguien que todavía no ha aprendido a guardar silencio cuando algo lo entusiasma.
—Este año sí o sí es de Pecco —dice con absoluta seguridad y confianza.
No levanto la vista del computador.
—Seba.
—Te lo digo en serio —continúa—. Bagnaia corre con precisión e inteligencia. No se desespera como otros.
—Sebastián.
—¿Qué?
—Estoy terminando esto. —Mis ojos siguen recorriendo números mientras hablo.
Él suspira exageradamente.
—Pero si te queda poco —insiste—. Además, mira esto.
Empuja el celular hacia mí. Intento ignorarlo, falle en ese intento. Lanzo una mirada rápida a la pantalla. Es una repetición de una carrera del año anterior. Pecco entrando a una curva larga con precisión quirúrgica. No puedo evitar analizarlo.
—Sí —digo al cabo de un segundo—. Mantiene la línea limpia y frena justo antes del vértice. No se precipita.
Sebastián sonríe con orgullo. Como si ese pequeño comentario validara toda su teoría.
—¿Viste? —dice—. Por algo es campeón.
Vuelvo al computador.
—Eso no significa que ahora vayamos a analizar toda la temporada.
—Después entonces.
—Después.
Sebastián recoge el celular, pero su entusiasmo no desaparece. Solo se queda esperando otra oportunidad para hablar. Es incapaz de contener las cosas que le gustan y a veces lo envidio por eso.
Trabajo en silencio unos minutos más. Los números comienzan a alinearse mejor. Ajusto un par de columnas, reviso cálculos estructurales y finalmente guardo el documento. Se muy bien que no estoy completamente al día, pero al menos dejé de sentir que el tiempo me perseguía.
—Oye —dice Sebastián de pronto, bajando la voz.
Levanto la vista.
—¿Qué?
—¿Tú conoces a alguien que corra?
Me quedo quieta un segundo. Pero él lo nota.
—¿Por qué preguntas? —respondo.
Sebastián se encoge de hombros.
—No sé. Últimamente hablas distinto cuando vemos carreras. Como si supieras cosas más… cercanas.
Intento sonar normal.
—Siempre me han gustado.
—Sí, pero ahora lo explicas distinto.
No respondo. ¿Cómo explicar algo que ni siquiera entiendo del todo?
—Además —añade—, pareciera que lo vieras más de cerca.
—Siempre lo he visto así.
La respuesta sale más sincera de lo que esperaba. Sebastián levanta las manos en señal de rendición.
—Ya, ya.
Agradezco en silencio que dejara de insistir. Vuelvo al computador para cerrar algunos archivos cuando siento algo extraño. Una sensación como si alguien me estuviera mirando. Levanto la vista. Y lo veo.
Dante está de pie cerca del mesón, esperando su pedido. No lleva casco. Solo una polera gris sencilla, jeans oscuros y el cabello negro todavía húmedo, como si hubiera salido hace poco de la ducha o de una lluvia ligera.
Por fin lo veo fuera del entorno donde lo conocí. Y ese cosquilleo en el estómago me golpea. En la pista parecía parte del paisaje. Aquí destaca. Me quede pegada observándolo hasta que me doy cuenta que se gira y me queda mirando. El reconocimiento es inmediato. Una pequeña sorpresa aparece en su expresión, más bien parecía una sonrisa oculta.
—Ema —dice.
No sé por qué mi nombre suena distinto cuando lo pronuncia.
—Dante. — Emito su nombre casi en un susurro, algo nerviosa.
Sebastián gira la cabeza al instante buscando a la persona que acabo de pronunciar.
—¿Quién es?
—Un conocido —respondo rápido, los nervios eran demasiado y eso ya me estaba molestando.
Dante toma su café en el mesón y se acerca con una naturalidad que me desarma un poco. No parece dudar. Solo camina con seguridad hasta nuestra mesa.
—¿Interrumpo? —pregunta.
—Estoy trabajando —digo.
Él mira el computador, los planos, los papeles.
—Se nota.
Sebastián lo observa con curiosidad descarada, jamás ha sabido disimular.
—¿Corres en moto? —pregunta de golpe.
Dante sonríe. Por un momento creí ver una mirada sombría en sus ojos. No parece sorprendido por la pregunta.
—¿Sí, Emma te lo conto?
—No, lo deduje por tu ropa y vi cuando llegaste en esa moto deportiva. — Tomo un sorbo de su café.
—Pensé que pasaba desapercibido, pero al parecer con la moto no lo hago.
La respuesta es simple. Honesta. Sebastián se inclina hacia adelante.
—Veo que es deportiva, así que… ¿Te gusta Pecco?
Dante levanta las cejas.
—Mucho, aunque también Marc Márquez.
Eso basta. La conexión entre ellos se establece de inmediato.
Sebastián se endereza en la silla como si hubiera encontrado un aliado.
—Mi hermana siempre dice que correr no es solo ir rápido —explica—. Que es saber cuándo no hacerlo.
Dante me mira de una forma tan directa que sentí una corriente en mi espalda.
—Tiene razón.
Algo en su tono me hace bajar la vista un segundo. No estoy acostumbrada a que alguien repita mis propias palabras frente a mí.
—¿Puedo sentarme un minuto? —pregunta.
Miro el reloj. Luego el computador. Después a Sebastián, que claramente espera que diga que sí. Solo me digno a suspirar.