Entre Planos y Velocidad

Capítulo 5: Fisuras

Las rutinas no se rompen de un momento a otro. Tampoco estallan como una explosión de emociones. Siento que se agrietan, por muchos motivos, ¿el mío?, tiene nombre, Dante y estoy segura que todo esto me tiene bastante estresada al no seguir mi rutina del día a día por tenerlo siempre en mi cabeza.

Al principio es algo tan pequeño que casi no merece atención, unos minutos menos de concentración frente al computador, un cálculo que necesito revisar dos veces, una línea mal trazada en un plano que normalmente habría salido perfecta a la primera. Tan grave no es. Nada que alguien más notaría, el problema es que llevo días viendo el celular y metida en Instagram como una loca maniática que no mide su fanatismo.

Sigo levantándome temprano, asistiendo a clases. Entrego los trabajos dentro de plazo y respondo cuando los profesores hacen preguntas. Desde afuera, todo parece igual, por dentro algo ya no está en su lugar.

Hay momentos en que me quedo mirando la pantalla sin entender lo que tengo delante. El cursor parpadea, paciente, esperando una decisión que no llega. El café se enfría a mi lado mientras mi mente se escapa sin avisar. A la pista, la imagen de Dante inclinándose en una curva.

No es un recuerdo borroso. Es demasiado claro. Puedo ver con precisión la forma en que su cuerpo se movía junto a la moto, cómo cada gesto parecía calculado con una naturalidad inquietante.

Para él, la palabra peligro es un idioma que él habla con fluidez. Me incomoda demasiado su libertad de expresión, hacer las cosas sin reglas y tomar todo a la ligera.

Intento volver a concentrarme en los planos, pero los números se mezclan. Las fórmulas pierden sentido, ya no veo todo como antes, mi cerebro no quiere ir junto a mis pensamientos y concentración.

Cierro el archivo. Apoyo la espalda en la silla y dejo escapar un suspiro. No debería estar pensando en eso. Fue una conversación breve. Nada más. Pero la memoria insiste. Cuando vuelvo a ver carreras en la televisión, algo cambia. Antes miraba las motos. Ahora observo a los pilotos. Analizo cómo entran en las curvas, cómo manejan el equilibrio entre agresividad y control. Sin darme cuenta empiezo a buscar algo específico. Un estilo, postura, cualquier cosa que me recuerde a él. Hasta ahora me doy cuenta que no sé su apellido. No sé su historia completa. Apenas sé lo que me dijo aquella tarde. Mi cabeza sigue reconstruyendo la escena una y otra vez. Me digo a mí misma que es curiosidad. Que mañana se me pasa. Pero mañana llega y nada cambia.

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Una noche, cuando estoy terminando un trabajo para la universidad, el celular vibra sobre el escritorio. No espero ningún mensaje a estas horas.

Observo la pantalla. “Dante”. Frunzo el ceño antes de abrirlo.

Dante: Hola ingeniera.

Me quedo mirando el mensaje unos segundos. Me es imposible evitar sonreír. Solo pienso en lo estúpida que me debo ver.

Emma: Todavía no soy ingeniera.

La respuesta llega casi de inmediato.

Dante: Pero vas en camino.

Apoyo el mentón en la mano mientras leo. No sé exactamente por qué, pero la conversación me pone nerviosa.

Emma: Claro, ¿qué tal los entrenamientos?

Aparecen los tres puntos de escritura.

Dante: Hasta ahora agotadores.

Emma: Eso suena estresante.

Dante: Tranquila, yo casi nunca me estreso.

Miro el mensaje unos segundos antes de responder. Él relajado no me sorprendería, a veces lo veo muy hippie para su forma de hablar y caminar.

Emma: ¿Estás entrenando hoy?

La respuesta tarda un poco más.

Dante: No. Hoy descanso.

Pausa. Otro mensaje.

Dante: Bueno… descanso relativo.

Levanto una ceja mientras miro la pantalla del celular.

Emma: ¿Eso qué significa?...

Dante: Que estoy viendo carreras antiguas y discutiendo con la televisión.

No puedo evitar reír.

Emma: Eso suena bastante normal.

Dante: No para mis vecinos.

Me quedo mirando la pantalla. Hay algo sencillo en la conversación, algo natural que me relaja. Como si lo conociera desde hace más tiempo. Después llega otro mensaje.

Dante: Tengo Instagram.

Levanto la mirada del celular y me pregunto si es que este hombre tiene alzhéimer

Dante: Por si quieres seguirme.

Emma: Ya tuvimos esta conversación y solo puedo decir que tienes demasiado seguidores.

Dante: ¿Eso te molesta?

Emma: Es algo extraño para mí, pero para que dejes de insistir con el tema de Instagram, te seguiré.

Dante: Jajajaja, está bien.

Abro Instagram, escribo el nombre en la barra de búsqueda. El perfil aparece de inmediato. Cuando lo abro, lo primero que noto es el número de seguidores.

Parpadeo. Vuelvo a mirar. Más de cien mil. Frunzo el ceño, la última vez que vi su Instagram eran menos.

Entro al perfil. Las fotos aparecen una tras otra, comienzo con las primeras que salen.

Dante en una pista de carreras, otra con un equipo técnico, sobre una moto profesional, en varias aparece con trofeos, en otras con trajes de competencia.

Me quedo observando en silencio. Me voy a revisar los comentarios en las fotos.

“Orgullo del equipo.”

“Nos vemos en la próxima temporada.”

“Listo para MotoGP.”

MotoGP… Mi estómago se contrae ligeramente.

Salgo del perfil y el celular vibra.

Dante: ¿Lo encontraste?

Emma: Déjame decirte que ya te estoy siguiendo, para que quedes tranquilo.

Dante: Tampoco es que estuviera inquieto por eso…

Emma: No entiendo todo esto, al parecer eres una clase de famoso piloto de motos…

Dante: Si, ya te lo había comentado…

Emma: Esto es extraño, no sé qué responderte…




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