Estoy apoyada contra la baranda metálica que separa al público de la pista, con los brazos cruzados y la mirada fija en el asfalto. Intento convencerme de que mi presencia allí responde a la costumbre. A la simple curiosidad técnica que siempre he tenido por las motos. No a él.
El sonido de los motores llena el aire con una intensidad familiar. Para muchos es ruido. Para mí es otra cosa, información, ritmo, cálculo. Cada aceleración, cada frenada brusca, cada cambio de marcha tiene sentido si sabes escuchar.
Cierro un poco los ojos mientras una moto pasa a toda velocidad frente a la curva principal. El rugido atraviesa el pecho como una vibración conocida.
Respiro hondo. Ese mundo siempre me ha atraído, aunque nunca lo haya admitido demasiado en voz alta. Por eso estoy aquí. Eso intento repetirme.
Dante entra a la pista unos minutos después, lo reconozco antes de pensarlo. No por el color de la moto ni por el número del traje. Lo identifico por su manera de moverse, por la naturalidad con la que ocupa el espacio, como si todo estuviera perfectamente alineado cuando se sube a la máquina. Hay algo en su postura que transmite decisión. No arrogancia, tampoco espectáculo. Simple seguridad.
Mi cuerpo lo detecta antes de que mi mente termine de procesarlo. Una especie de reacción automática, como si ya conociera su ritmo.
Arranca. La moto ruge con una fuerza limpia cuando acelera en la recta. Su salida es agresiva, pero precisa.
No me mira. Y esa ausencia de atención me tranquiliza. Me permite observar con calma.
Sigo cada vuelta con la concentración que suelo usar cuando reviso un plano estructural. Analizo detalles que probablemente pasan desapercibidos para cualquiera que esté alrededor, la línea que elige al entrar a la curva, la forma en que inclina el cuerpo, la paciencia con la que espera...
Ha mejorado. Eso es evidente. Su conducción se ve más afinada que la última vez que lo vi correr. Más fluida. Más peligrosa también. No arriesga de forma impulsiva, él calcula. Esa mezcla de control y agresividad lo vuelve rápido.
Mis ojos siguen cada movimiento casi sin parpadear. Intento convencerme de que todo esto es puramente técnico. Una observación fría, objetiva nada más.
Entonces ocurre. En una de las rectas más cortas del circuito, justo antes de que vuelva a inclinar la moto para entrar en la curva siguiente, levanta apenas la cabeza.
Un gesto mínimo. Sus ojos se mueven hacia la reja. Hacia mí. No dura más de un segundo. Una mirada breve. Pero basta para estar nerviosa. La sensación me golpea de forma inesperada, como si alguien hubiera pronunciado mi nombre en medio del ruido sin hacerlo realmente.
Mi respiración se queda suspendida. No hago ningún gesto, me quedo completamente quieta, intentando no cambiar mi postura.
Él tampoco reacciona. Observo que no pierde velocidad, tampoco comete errores. Continúa como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, algo cambió. La forma en que volvió a concentrarse en la pista me deja claro que mi presencia no pasó desapercibida o quizás solo sea mi imaginación.
Mantengo la expresión seria que uso cuando no quiero que nadie adivine lo que ocurre dentro de mi cabeza. Pero lo sé. Me vio. Quiero creer eso y esa mirada no fue la que se le dedica a cualquier espectador, me estoy haciendo ilusiones y si sigo asi esto terminara mal para mí.
Cuando termina la tanda y abandona la pista, no vuelve a buscar la reja con los ojos. Eso resulta aún más inquietante. Porque de pronto la sensación de estar observando desde una distancia segura desaparece. Ahora soy parte del escenario. La verdadera incomodidad no ocurre mientras los motores rugen. Sucede después. Cuando el silencio empieza a instalarse.
Salgo de la galeria con el mismo paso medido con el que entré. El sol de la tarde comienza a bajar, tiñendo el cielo con un tono anaranjado que se refleja en el asfalto caliente. El aire se vuelve un poco más frío. Cierro la chaqueta mientras camino hacia la salida.
Intento ordenar mis pensamientos, pero mi mente sigue atrapada en ese instante breve en el que Dante levantó la cabeza. En la forma exacta en que me encontró entre la gente.
Estoy concentrada en mis pasos cuando escucho el sonido inconfundible de una moto apagándose detrás de mí. Intento caminar más rápido.
—Emma.
Mi nombre, pronunciado con calma, me detiene. Me doy vuelta despacio haciendo gestos con mi cara de frustración.
Dante está a unos metros. Aún lleva parte del traje de competición. El casco descansa bajo su brazo. Sin la velocidad de la pista, su presencia resulta distinta.
El sudor marca ligeramente su frente y su respiración todavía conserva el ritmo acelerado del esfuerzo. La luz del atardecer acentúa el tono tostado de su piel.
—Dante —respondo.
Mi voz suena neutra, aunque siento el pulso algo más rápido. Se acerca un par de pasos, pero se detiene antes de invadir mi espacio. Ese detalle me relaja más de lo que esperaba.
—Pensé que te ibas a ir sin saludar —dice.
—No sabía que era necesario.
Una pequeña sonrisa aparece en su rostro. No es burlona ni insistente. Tiene algo de complicidad.
—No era obligatorio —responde—. Pero me alegra que no lo hicieras.
El silencio que sigue no resulta incómodo, aunque tiene peso. Busco algo que decir. Algo que mantenga la conversación en un terreno seguro.
—Corriste mejor —digo finalmente—. Entraste más limpio a las curvas.
Sus cejas se levantan apenas.
—¿Te diste cuenta?
—Sí.
—Entonces no lo estaba imaginando.
—No —respondo—. No lo estabas.
Asiente con seriedad.
—Te vi hoy.
La frase es directa. Sin rodeos. No intenta disfrazar lo que ocurrió. Él es demasiado directo.
—Lo sé.
—No suelo distraerme cuando estoy corriendo —explica—. Por eso quise saludarte.
Hay honestidad en su tono. No parece querer impresionarme. Solo decir lo que piensa.