—Entonces, ¿esa es la biblioteca principal?
Airi se detuvo frente al enorme edificio de tres pisos que se encontraba en uno de los extremos del campus. Sus ojos brillaron al contemplar sus altos ventanales y la piedra blanca que brillaba bajo el sol de la mañana.
—Sí —respondió Leonhart.
—Tiene más libros que la biblioteca de mi antiguo colegio… —murmuró ella, sin apartar la mirada.
—Y puedes acceder a casi todos —continuó él mientras caminaban a su lado—. Hay algunas secciones restringidas, pero para estudiantes la mayoría está disponible.
—¿Y hay libros digitales?
—También.
—¿Y salas de estudio?
—Varias.
—¿Y puedo reservarlas?
—Sí.
Airi se quedó mirando el edificio unos segundos, con una pequeña sonrisa asomando en sus labios.
—Creo que ya me gusta esta escuela.
Miyu soltó una pequeña risa a su lado.
—Te dije que no todo era malo.
—Nunca dijiste eso —replicó Leonhart mirándola de reojo.
—Lo pensé.
—Eso no cuenta.
Leonhart sonrió con suavidad.
—Bienvenida a la Academia Aozora.
Los tres continuaron caminando por los senderos arbolados. Habían pasado prácticamente toda la mañana recorriendo las instalaciones. Aunque Leonhart y Miyu pertenecían a segundo año y sus clases estaban en otro edificio, habían decidido acompañar a Airi hasta su aula antes de comenzar las suyas. Después de todo, era su primer día. Y ella todavía parecía necesitar un mapa para no perderse entre tantos edificios idénticos.
Primero le mostraron la biblioteca. Después los jardines cuidadosamente ordenados. Luego el edificio deportivo, donde Airi se quedó particularmente sorprendida al descubrir que existían instalaciones para prácticamente cualquier disciplina que pudiera imaginarse. También pasaron por el comedor, amplio y luminoso, con mesas largas y techos altos.
Ahí Miyu se detuvo en seco.
—Este es un lugar importante —dijo con tono solemne.
Airi asintió imitándola.
—¿Por la comida?
—Exactamente.
Leonhart levantó una ceja.
—Hace menos de una hora estabas criticando el menú.
Miyu se cruzó de brazos.
—Eso no significa que no sea importante.
—Claro.
—No discutas.
—No estoy discutiendo.
—Estás usando ese tono.
—¿Qué tono?
—Ese.
Airi los miró alternativamente, de uno a otro, y soltó una risita.
—¿Siempre son así?
—Sí —respondieron ambos al mismo tiempo.
Se miraron entre sí.
—¡No copies mis respuestas! —exclamó Miyu.
—Tú respondiste después.
—Porque sabía que ibas a decirlo.
—Entonces no fue una copia.
Airi soltó una pequeña risa. Poco a poco había empezado a relajarse. La academia seguía pareciéndole enorme, imponente, incluso intimidante… pero caminar junto a ellos hacía que todo pareciera mucho menos complicado.
Finalmente llegaron a una de las zonas centrales del campus. En lo alto de uno de los edificios, un reloj de esfera blanca marcaba las horas con elegancia.
—¿Qué hora es? —preguntó Airi.
Leonhart miró su teléfono.
—Todavía tenemos veinte minutos.
—¿Veinte?
Miyu suspiró.
—Tenemos tiempo de sobra para llevarte hasta tu aula.
Airi miró el edificio que tenía frente a ella, con sus columnas blancas y sus puertas oscuras.
—¿Y después?
—Después vas a sobrevivir a tu primer día —respondió Miyu.
—Eso no sonó muy tranquilizador.
—No era la intención.
—Miyu… —llamó Leonhart con suavidad.
—¿Qué?
—No la asustes.
—No la estoy asustando.
Airi los miró y señaló con un dedo entre ambos.
—Un poco sí.
Leonhart soltó una risa breve.
—Te lo dije.
Miyu cruzó los brazos, imperturbable.
—Bueno, al menos ya aprendiste algo importante.
—¿Qué?
—Si alguien te molesta, vienes conmigo.
Airi parpadeó.
—¿Contigo?
—Sí —afirmó Miyu, señalándose el pecho con absoluta seguridad—. Si algún idiota intenta molestarte, me dices quién es.
Airi sonrió nerviosamente.
—¿Y qué harías?
Miyu levantó el puño.
—Esto.
Airi abrió los ojos de par en par.
—¡¿Le pegarías?!
—Si hace falta.
—Miyu… —la llamó Leonhart nuevamente.
—¿Qué?
—No deberías resolver todo con violencia.
Airi asintió rápidamente.
—Eso pensé.
Pero entonces Leonhart sonrió. Una sonrisa tranquila, demasiado tranquila.
—Aunque…
Miyu lo miró con desconfianza.
—¿Aunque qué?
—No necesariamente tienes que golpearlo —continuó él, caminando con las manos en los bolsillos—. Si realmente es necesario destruir a alguien, es mucho más eficiente hacerlo socialmente.
Silencio.
Miyu se quedó mirándolo. Airi también.
Leonhart mantuvo aquella misma sonrisa.
—¿Qué?
—… —Miyu entrecerró los ojos—. Pensé que tú eras el tranquilo.
—Lo soy.
Airi bajó ligeramente la cabeza.
—Eso fue… inesperado.
—No dije que fuera buena persona.
—¡LEO! —exclamó Miyu dándole un golpe en el brazo.
—¿Qué?
—¡No le metas esas ideas!
—¡Solo estoy ofreciendo alternativas!
—¡Alternativas peores!
Airi observó a Leonhart con una expresión de suave decepción.
—Yo también pensaba que eras el más tranquilo…
Leonhart se llevó una mano al pecho, fingiendo dolor.
—Eso dolió.
—Te lo ganaste —concluyó Miyu.
Los tres continuaron caminando. Y por unos minutos, todo volvió a sentirse normal. El sol seguía cayendo suave sobre los tejados, el viento movía las hojas de los árboles, y el murmullo lejano de otros estudiantes llenaba el aire. Airi pensó que tal vez, después de todo, este lugar podría llegar a sentirse como un hogar.
Hasta que—
—¡LEONHART!
Una voz rasgó el aire, aguda y cargada de desesperación.
Los tres se detuvieron en seco. El sonido de pasos apresurados resonó contra el suelo de piedra, cada golpe seco como un latido acelerado. Una estudiante apareció al final del pasillo, corriendo sin cuidado de quién se cruzaba en su camino. Su respiración entrecortada se escuchaba incluso a distancia; su cabello castaño, desordenado por la carrera, caía sobre un rostro pálido como la tiza. Apenas consiguió detenerse frente a ellos, tambaleándose, con las manos apoyadas en las rodillas mientras intentaba recuperar el aliento.
Editado: 14.09.2026