Capítulo 1.
Salí de la universidad con una incomodidad pegada a la piel. Caminé en dirección al supermercado intentando ignorar la persistente sensación de estar siendo observada. Miré por encima del hombro una, dos, demasiadas veces. No vi a nadie. Aun así, el nudo en mi estómago no desapareció.
Esto es extraño, pensé. Nunca he sido sugestionable.
Doblé la esquina y al final de la calle apareció el supermercado, coronado por un logo gastado de víveres. Una joven pareja empujó la puerta de entrada entre risas. Ingresé justo detrás de ellos y liberé el aire de mis pulmones al cruzar el umbral. A salvo. Al menos por ahora.
Tomé un carrito y avancé hacia la sección de refrigerados. Mis manos se movían en automático: cajas, botellas, paquetes que caían dentro del carrito sin que realmente les prestara atención.
El teléfono vibró en el bolsillo trasero del pantalón. Lo saqué con torpeza y, al ver la palabra Papá en la pantalla, esbocé una sonrisa mecánica.
—Hola, papá —saludé—. ¿Cómo estás? ¿A qué se debe tu ostentosa llamada telefónica?
Reí suavemente. Del otro lado de la línea, él también rió.
—¡Hola, Waverly! Estoy muy bien. Mi ostentosa llamada —repitió, claramente rodando los ojos— se debe a que quería saber de mi querida hija, esa que siempre está demasiado ocupada para llamarme.
Suspiré.
—Lo sé, lo siento. La universidad me tiene hecha un lío. Ser estudiante de intercambio no es tan sencillo como parece.
Tomé un paquete de galletas del estante… y di un respingo.
Una mirada se clavó en la mía desde el otro lado de la despensa.
Jadeé y me llevé ambas manos al pecho.
—¡Joder! —retiré el móvil de la oreja—. Casi me matas del susto.
Esos ojos.
Verdes.
Demasiado verdes para ser olvidados.
El recuerdo me golpeó sin aviso. Un día. Un lugar. Una voz. El instante exacto en que mi destino se torció y entendí que podía perder algo más que el sentido: la libertad.
…
—¿Por qué estás tan asustada, querida? —dijo con voz ronca, arqueando una ceja.
No respondí. No encontré las palabras.
Se movía por la habitación con calma enfermiza, observando, marcando cada uno de mis gestos con esos ojos verdes que parecían no parpadear.
—¿Por qué sigues aquí? —le espeté, reuniendo valor, intentando no ceder a su imponente silueta oscura; apartada de la luz que para ese entonces había desaparecido por completo de mi ventana en aquel apagón del 2012—. ¿Por qué estás empeñado en hacerme perder la cordura?
Rió. Una carcajada baja, segura.
—Créeme, Waverly —dijo, tomando mi mentón y obligándome a mirarlo—, no necesito hacer nada. Tú sola sabes perderla, la culpa hace ese trabajo mucho mejor que yo.
…
Una risa infantil me atravesó los oídos.
Sacudí la cabeza con brusquedad, regresando al presente. Del otro lado del pasillo, un niño corría hacia su madre. Ella lo levantó en brazos entre disculpas.
—Lo siento mucho —dijo la mujer—. Angel no mide sus pasos.
—No pasa nada —respondí, forzando una sonrisa.
Esboza una mirada de completa desaprobación hacia el pequeño quien sólo se encoge de hombros.
Avancé hasta el final del pasillo, tomé una caja de cereal y pan de arroz y me alejé de ambos.
¿En serio, Waverly?
Él no está aquí. No va a volver.
—¡Waverly! —la voz de mi padre volvió al teléfono—. ¿Qué pasó?
—Nada, papá. Un pequeño accidente.
Me dirigí a las cajas mientras su voz se convertía en un murmullo lejano. En mi mente, otra voz se imponía. Asquerosa. Burlona. Capaz de hacerme perder el poco control que aún conservaba. Su solo recuerdo me descoloca, su sola presencia en mi vida me hace perder el poco raciocinio con el que todavía cuento; y eso me frustra, siempre he sido exactamente lo que él me ha dicho que he sido, ¡¡detesto que tenga razón siempre!!
Pagué, tomé las bolsas y salí del supermercado.
—Te llamo luego, papá —dije—. Te amo.
Colgué.
Descargo las bolsas en la acera y cuelgo la llamada guardando el móvil en el bolso de la universidad, seguido de las bolsas más pequeñas con las compras para soliviar el peso.
…
Cinco minutos después llegué al conjunto residencial. Pasé la tarjeta por el lector de acceso y subí las escaleras hasta el departamento 303.
Cerré la puerta detrás de mí y dejé las bolsas en la cocina. Me dirigí a la recámara, encendí la luz y me dejé caer sobre la cama.
¿Por qué no puedo sacarlo de mi cabeza?
Desearía que él y sus jodidos ojos verdes no hubieran significado tanto.
Encendí el televisor sin mirar realmente la pantalla.
Pasos.
Me incorporé de golpe.
Tal vez los vecinos.
Intenté convencerme.
Lleno mis pulmones de aire y me recuesto nuevamente sobre la cama, pasando canales con el mando sin despegar la vista de la pantalla del televisor, intentando prevenir un ataque de histeria.
Otro paso. Más cerca, por el pasillo. Lanzo un pequeño grito ahogado por el pánico, elevando ambas manos a la altura de mi boca.
El corazón comenzó a latirme con violencia.
Definitivamente no he sugestionado eso.
Me lancé al suelo sin pensarlo. Rodé. Abrí el clóset y me metí dentro con torpeza, abrazando el teléfono como si pudiera salvarme.
—Hay alguien aquí —susurré.
Mi respiración sonaba demasiado fuerte.
Pasos.
Cajones abriéndose.
Mi corazón golpeando con violencia.
"¿Qué está pasando?" Me pregunto mentalmente ejecutando un breve análisis del lugar en el que me encuentro. "No tengo nada de valor que puedan llevarse, no tengo joyas y a duras penas cuento con un teléfono celular decente" "¿Qué pueden querer de mí? "
El móvil vibró. Las manos ya han empezado a sudar por el terror y siento mi corazón empezando a bombear más rápido de lo normal. Deslizo la pantalla velozmente y la voz de mi padre me provoca un temblor incesante en cada terminación nerviosa del cuerpo saliéndose de control paulatinamente.