Capítulo 2.
Abrí los ojos con un esfuerzo que me partió en dos.
La habitación no era mía.
Parpadeé varias veces intentando enfocar. El cuerpo me pesaba como si me hubieran arrojado contra un muro y la cabeza me latía con un zumbido insoportable.
Quise moverme.
No pude.
Un escozor me quemó las muñecas. Bajé la vista: un par de esposas de metal se aferraban a mi piel. Intenté flexionar los dedos. Respondieron a medias, torpes, ajenos. Tiré de los brazos y el metal me mordió con más fuerza.
Entonces lo noté: también tenía los tobillos atados al borde de la cama de madera cobriza.
—¡Raphael! —una voz masculina irrumpió en la habitación.
Un chico de cabello oscuro y nariz aguileña me recorrió con la mirada.
—Parece que nuestra bella durmiente despertó.
Se inclinó y besó mi mejilla con brusquedad. Aparté el rostro.
Mi cuerpo está volviendo, pensé con rabia.
—¡Raphael! —gritó otra vez—. Se le está pasando el efecto del cloroformo.
La segunda silueta apareció en el umbral.
El aire se me quedó atascado en la garganta.
—Rapha —susurré.
—Hola, Waverly.
Sonrió con esa calma que siempre me heló la sangre.
Intenté lanzarme sobre él cuando una descarga de adrenalina me activó la sangre, pero las ataduras me devolvieron a la cama con un tirón seco.
Raphael Nixon.
Aquí, en Washington.
Después de todo.
—¡Maldito! —grité—. ¡Sabía que tu promesa era mentira!
Sus ojos verdes me miraron sin un rastro de culpa.
...
Bajaba las escaleras de la casa de papá con Para Elisa sonando en los audífonos.
La música clásica siempre me pareció un idioma que no recordaba haber aprendido. Tal vez por esa imagen borrosa de una mujer tocando el piano cuando yo era niña.
En la puerta, Draper, el guardaespaldas de papá, me saludó con una sonrisa.
Caminé dos calles antes de escuchar pasos a mi espalda. Me giré.
Él estaba allí, con una sombrilla negra y ese silbido que yo reconocería en cualquier parte.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, corriendo a abrazarlo.
—Seguirte, obviamente —rió—. Pensaba ir al supermercado, pero escoltar a la señorita suena mejor.
Entrelazó sus dedos con los míos y me besó como si el mundo no pudiera tocarnos.
Desearía que ese recuerdo no me quemara ahora.
Desearía que la persona de ese día no hubiera sido la misma que primero me atrapó con ambas manos justo antes de caer por el abismo, para que solo unos pocos meses después fuera el mismo que me arrojaba nuevamente de bruces contra uno mucho más profundo que el primero.
…
Un tirón me devolvió al presente, las esposas se aprietan y el metal se clava en mi piel por lo que no puedo evitar esbozar un "¡Aush!" con la boca apretada.
—¡Suéltame! —grité—. ¡Quítame tus asquerosas manos de encima!
Zarandeo mi cuerpo con violencia y mi respiración empieza a agitarse.
El hombre sobre mí olía a alcohol y tabaco. Sus manos me inmovilizaron y sentí náuseas. Mi captor hace una extraña señal con la mano a Raphael a la que él sólo corresponde sonriendo para luego salir de la habitación dejándome sola.
—Eso no va a pasar —susurró.
—Te lo suplico… —mi voz salió rota, odiándome por tener que rogar.
—¡Oliver! ¿Qué crees que haces?
La voz femenina cortó el aire.
Unas manos lo apartaron de encima de mí.
—Control de calidad —respondió él con desdén.
Levanté la mirada.
Unos ojos azules me observaban con dureza.
—Lárgate —ordenó ella—. No vuelvas a tocarla.
Oliver sonrió antes de salir.
—Gracias —murmuré.
La mujer no respondió, solo salió de la habitación sin decir una sola palabra más.
Ignoro su extraño comportamiento cuando un millón de pensamientos confusos se arremolinan en mi cabeza casi de inmediato: "¿Por qué me trajeron aquí?" "¿Qué planean hacerme?" "¿Dónde estoy?" ¿Por qué Raphael ayudo en esto?" "¿Habrá sido su idea?" "¡No entiendo nada!".
Dos hombres me obligaron a levantarme interrumpiendo mi cuestionario mental.
Me arrastraron por un pasillo oscuro hasta una escalera de caracol. Al fondo, una sala enorme y un piano que me apretó el pecho sin explicación.
Luego la oficina.
El hombre de barba clara me observó como si yo fuera un objeto recién comprado; a su lado la misma mujer de hace un rato clavaba su vista en mis ojos y nuestras miradas se cruzaron un momento.
—Fue una cacería interesante, Rapha —dijo un hombre que me enfermó con la voz.
—¿Por qué me hiciste esto? —pregunté.
Raphael apretó la mandíbula.
—Tú misma te lo hiciste —habla él apretando la mandíbula con fuerza—, tú decidiste botarme como si fuera la peor bazofia del mundo solo por proteger a ese estúpido retrasado.
—¡No metas a Luca en esto! Sabes que él es un chico enfermo y tú solo te aprovechaste de eso porque sabías que tenía dinero…
—¡Basta! —interrumpió el hombre que al parecer era el dueño de esto—. Sus dramas no me interesan.
Me obligaron a girar y dar vueltas como si me evaluaran entre los dos hombres que técnicamente me arrastraron hasta allí.
—¡Suficiente! —ordena la mujer y ambos se detienen asintiendo con seriedad, tomándome esta vez de los hombros con fuerza. Me quedo estupefacta en mi lugar.
—Nuestra clientela es selecta —continuó—. Y tú vas a complacerla.
Sentí que el suelo se abría.
—¿Qué trabajo?
Rió y se levantó de su asiento caminando hacia mi dirección, al estar a centímetros de mi cuerpo, me tenso y mi corazón se encoge cuando toma mi rostro con fuerza entre sus ásperas manos.
—Placer, querida.
Clavo mi vista en la mujer nuevamente y veo cómo ésta se muerde el labio con fuerza mientras las uñas de sus manos se incrustan en la piel pálida de sus muñecas.
—Emma —cita un nombre y la mujer camina hacia mi dirección con los hombros encogidos y la cabeza gacha. Las piernas me tiemblan al sentir de cerca su presencia pero intento ocultarlo—, ella te ayudará a prepararte para cada noche en la que un hombre requiera de tus servicios, y deberás traerme lo que te den por ese servicio a mí, ¡completo!, o me daré cuenta. Y créeme, no quieres eso y yo tampoco.