Quizás lo que me atrajo de ti, fue tu imprudencia ante cualquier acto que no te convenga y yo, irresponsablemente seguía tu juego, alimentando esa mala costumbre. En ese entonces tu sonrisa valía más, no tan solo en valentía y coraje, sino en consecuencia de lo que conllevaba embellecer tus palabras mundanas, vacías, y casi siempre, carentes de tacto.
Creí humildemente e inútilmente que podría "cambiarte", que serías "mejor" que juego barato de palabras. Solía pensar que eras alguien alborotador, insolente y descarado.
Eras así, pero yo no tenía el derecho de cambiarte, "arreglarte", nadie tiene tal derecho, porqué un cambio solo empieza si la persona lo desea, tu no querías cambiar ni la forma en que me mirabas.
Deje de buscar respuestas a tu ausencia por el hecho de que empecé a convivir con mi propia soledad, en ella me di cuenta de una dulce e amarga libertad, dulce por pasar tiempos tranquilo sin que nadie gritase por semejantes pelotudeces, y amarga por mis propios pensamientos.
Tendría que ser más amigable conmigo, reemplazar esa visión borrosa en el espejo por una más amable, ya no es tu mirada despreciadora la que me alcanza. Es la mía, cansada y desolada.
Creo que estuve un tiempo de esa forma, estuve un tiempo dejando de buscarte con la mirada, no se si era miedo, angustia o mi propia ansiedad.
Pero ahora no te diría que estoy mejor, solo... trato de seguir.