Entre Risas, Amor y Biberones.

2~ Bajo las Estrellas de Seattle.

_”En la ciudad donde los sueños se encuentran con el destino, una noche puede cambiarlo todo.”_

Íbamos por nuestra quinta ronda, cuando mi teléfono vibró en el bolsillo de mi pantalón. Por poco y lo ignoré, pero entonces recordé que mi hermano estaba allí también y la última vez que lo había visto fue cuando se perdió entre la multitud junto con sus amigos diez minutos después de haber llegado. Por lo que debía de estar preocupado.

—Lo siento —le dije a Liam mientras sacaba del bolsillo el celular, con gran dificultad—. Debo contestar, de seguro es Ryan.

—Claro, no hay problema.

La música atronadora y las luces estroboscópicas me dificultaban concentrarme mientras respondía.

—¿Hola? ¿Quién habla?—inmediatamente quise abofetearme por la pregunta que hice.

—Emily, soy yo, Ryan—dijo mi hermano con tono de reprimenda—. ¿Acaso estuviste bebiendo?

—Claro que no.—mentí, a sabiendas de que si mi respuesta era positiva, él acudiría a mi rescate.

—No te creo.—contraatacó él—. Incluso huelo el alcohol que despides de tu boca a través del teléfono.

—¡Eso es imposible!—le grité, ofendida, pero entonces me di cuenta de que había caído en su trampa y acababa de admitir mi falta.

—Creo que acabas de admitir que sí, bebiste. Y no jugo de naranja precisamente.—su tono irónico solo logró enojarme.

—Ya cállate Ryan, solo fue un poco, y estoy bien.—otra mentira. Ambos sabíamos que el más mínimo sorbo lograba afectar mis sentidos, pero extrañamente esta noche no estaba tan mal como otras.

—¿Tú aún recuerdas la fiesta de cumpleaños de la tía Betty?—me recordó él, sabiendo que lo único que recordaba era mi cabeza en el retrete a la mañana siguiente.

—Te lo digo Ryan, estoy bien. De todos modos, ¿para qué llamaste?—le pregunté rápidamente en un intento de desviar la atención del tema.

—Quería saber cómo te la estabas pasando, es que Edmund y los chicos quieren seguir la fiesta en la casa de Molle Cavalli. Y he pensado en que podría ir con ellos. Si tú estás de acuerdo, por supuesto—dijo rápidamente como un niño pidiendo permiso a sus padres para salir.

Sabía que mi hermano estaba muerto por esa tal Molle. Ella no era una mala chica, pero había algo en ella que no terminaba de encajar, y por ese motivo no lograba agradarme. Era la razón por la que prefería evitarla todo lo que pudiera. Y Ryan sabía eso.

—Claro, ve con tus amigos y diviértete —le dije mientras sonreía—. Después de todo, esta es tu noche.

—¿Estás segura? ¿Y qué hay de ti, qué harás?—sonaba realmente preocupado, pero de fondo escuché a Edmund que lo apremiaba por una respuesta.

—No te preocupes, yo estoy bien. Además, sabes que las discotecas no son lo mío, me iré justo detrás de ti, con la diferencia de que no iré a babear por Cavalli.

—No empieces —me regañó él—. Ella es una buena chica. Solo que a ti no te cae bien.

—No, lo que no me agrada de ella es su forma de enamorar a los chicos y luego dejarlos a la deriva. Es como darle un dulce a un niño para que lo pruebe y luego quitárselo.—inmediatamente me sentí mal por lo que había dicho, pero era solo la verdad.

—Como sea, tú no la conoces. Me voy con mis amigos y no me esperes, ya verás tú cómo llegas a casa.—dijo algo más que enfadado y luego colgó.

—Ay no, otra vez.—murmuré, olvidando por un segundo que no estaba sola.

—¿Está todo bien?—preguntó Liam, un tanto preocupado.

—Sí, es solo que mi hermano cuando está enamorado, ya no piensa con claridad.

—Creo que eso es algo que a todos nos pasa de vez en cuando —me respondió, un tanto divertido.

Noté la incomodidad que me invadía tras la llamada y cómo se reflejaba en mi rostro. Liam lo captó de inmediato.

—¿Qué te parece si damos un paseo por Seattle?—sugirió, con una sonrisa tranquilizadora.

—Me parece una gran idea —respondí, agradecida por su consideración.

Salimos de la discoteca Electric Vibes, dejando atrás el bullicio y las luces cegadoras. Nos dirigimos hacia un parque cercano, el Gas Works Park, un lugar emblemático con vistas impresionantes del horizonte de Seattle. Mientras caminábamos por el sendero, Liam comenzó a fingir ser un guía turístico.

—A tu izquierda, puedes ver la famosa Space Needle, un símbolo icónico de la ciudad. Y más adelante, el mercado Pike Place, donde puedes encontrar de todo, desde pescado fresco hasta flores hermosas —dijo con un tono exageradamente formal, haciéndome reír a carcajadas.

—¡Eres un guía turístico fenomenal! —le dije entre risas.

—Gracias, gracias. Hago lo que puedo —respondió él, haciendo una reverencia teatral.

Mientras seguíamos caminando, vimos un puesto de helado que estaba a punto de cerrar. Liam me miró con una sonrisa pícara.

—¿Te gusta el helado? —preguntó.

—¿Y a quién no? Mi favorito es menta granizada.

Sin decir una palabra más, salió corriendo hacia el puesto del heladero y le pidió dos conos de menta granizada. Regresó triunfante y me entregó uno.

—Aquí tienes, menta granizada, tal como te gusta.

Nos sentamos en un banco a admirar el hermoso paisaje del lago Union mientras disfrutábamos de nuestros helados. La calma de la noche y la suave brisa del lago creaban un ambiente mágico.

De repente, comenzaron a caer unas gotas de lluvia. En cuestión de segundos, la lluvia se intensificó y ambos quedamos empapados. Miré a Liam, sorprendida, pero él simplemente se echó a reír, contagiándome su alegría.

La noche que había comenzado con tensión y preocupación, se transformó en un momento de espontaneidad y diversión bajo la lluvia. Sentí una conexión especial con Liam, y su presencia me hacía sentir más viva que nunca.

—¡Está lloviendo a cántaros!—gritó Liam, señalando lo obvio.

—¡No me digas! ¡Pero si no lo había notado!—le respondí de manera burlona, con una sonrisa sarcástica.

Era típico de Seattle estos eventos imprevistos. En un segundo está el cielo despejado y estrellado, y al siguiente cae un aguacero que te cala los huesos. La lluvia torrencial nos había pillado completamente desprevenidos, empapándonos en cuestión de segundos. Mis pantalones estaban tan mojados que parecían pesar una tonelada, y mi cabello goteaba agua como un grifo mal cerrado.




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