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La mañana siguiente llegó con un sol brillante que se colaba por las cortinas del apartamento. Zoe y yo nos despertamos entrelazados en el sofá, todavía riendo suavemente por los momentos de la noche anterior. El cansancio y el calor de nuestros cuerpos hacían que cada movimiento fuera un recordatorio de lo intensa que había sido nuestra pasión.
—Creo que necesitamos un manual de supervivencia post-experimento… —murmuró Elian, con la voz aún ronca por los susurros y besos de la noche.
—Sí… y tal vez un monitoreo continuo de signos vitales —respondí, con una sonrisa traviesa mientras acariciaba su brazo—. Porque lo de anoche… fue demasiado “efecto colateral” de nuestra química.
Justo cuando nos acomodábamos para disfrutar de la mañana, Claudia apareció con Diego, ambos con pijamas divertidos y caras llenas de complicidad.
—Buenos días, laboratorio de corazones y caos —dijo Claudia, señalando nuestras caras de sueño y sonrisas tontas—. Espero que la explosión de anoche no haya derribado todas las estructuras académicas.
—Claudia… —susurré, riendo—. ¡Por favor!
—¡Tranquila! —contestó Diego—. Nosotros también tuvimos nuestra propia investigación… y, sorpresa, Claudia es tan intensa como Zoe y Elian combinados.
La risa se apoderó del salón mientras recordábamos los momentos más cómicos y traviesos de la noche: libros que cayeron, galletas aplastadas, y esas miradas cómplices que solo los que se aman pueden entender.
—De acuerdo —dijo Elian, tomando mi mano y luego la de Zoe—. Creo que esto confirma una teoría: la vida universitaria se disfruta mejor con pasión, risas y un poco de caos controlado.
—Y con buenos compañeros de laboratorio —añadí, mirando a Claudia y Diego, que asintieron con sonrisas—.
Entre bromas, risas y caricias suaves, entendimos que nuestras carreras no solo nos habían enseñado conocimiento académico; también nos habían dado herramientas para entendernos, cuidarnos y disfrutar de la vida con humor y amor.
Esa mañana marcó un nuevo comienzo: no solo éramos amigos, amantes y cómplices, sino también un pequeño laboratorio donde los corazones podían experimentar libremente, sin miedo y con risas incluidas.
Porque, al final, aprendimos que el amor verdadero no solo se siente… se vive, se ríe y se comparte, incluso con los amigos más traviesos al lado.
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