Veinte años atrás
Inglaterra, 14 de octubre de 1867
Una llovizna fina se filtraba lentamente desde las nubes hasta las calles empapadas de Bath, Somerset, poco después del anochecer.
Afuera, el viento sacudía con insistencia las ramas de los cipreses que rodeaban la mansión Blackwood, convirtiendo su crujido en una especie de arrullo para sus habitantes. Para todos, excepto uno.
Edward Blackwood sostenía entre los dedos una copa de brandy que no había probado en casi una hora. Permanecía inmóvil frente a la ventana de su despacho, con la mirada perdida en la oscuridad del exterior. Para cuando el reloj de la torre marcó las once, una espesa capa de niebla ya se había extendido sobre los jardines, mientras las rosas se inclinaban bajo el peso de la lluvia.
Desde afuera, apenas podía distinguirse su silueta. La oscuridad había invadido casi por completo el despacho, salvo por la tenue luz de una pequeña lámpara situada sobre el escritorio. Su resplandor apenas alcanzaba a dibujar los contornos de los muebles y el rostro de Edward, dejando el resto de la habitación sumido en sombras.
El silencio allí dentro era casi absoluto.
Solo el murmullo de la lluvia contra los cristales y el ocasional crujido de la madera rompían aquella quietud.
Edward dio un lento sorbo a su brandy, sin apartar la mirada de la ventana.
Miró nuevamente hacia el camino que conducía a la entrada. Nada. Solo obscuridad.
-Vamos, Thomas- murmuró.
Habían acordado encontrarse a las diez y media.
Thomas nunca llegaba tarde. Nunca.
Edward se tensó apenas escuchó los primeros golpes. Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensarlo, deteniéndose en seco mientras giraba lentamente la cabeza hacia la puerta de su oficina. El golpeteo continuó, irregular y errático, rompiendo el silencio de la noche.
Se acercó a la puerta y preguntó:
-¿Quién es?
-Un hombre que está empezando a arrepentirse de haber aceptado tu amistad.- respondio.
Edward abrió la puerta con un golpe seco, dando la bienvenida a un hombre empapado, con barro en los zapatos y una herida en la ceja, resguardando una pequeña caja bajo el brazo. A penas entro a la habitación este cerró la puerta con llave, dando un suspiro de alivio y cansancio.
-Estás herido.
Thomas se quitó los guantes negros sobre la mesa.
-No es nada.
Edward lo miró fijamente.
- ¿Te siguieron? -
Thomas no respondió. Aquello fue suficiente. Thomas negó con la cabeza.
-No lo sé.
-Eso no es una respuesta.
-Es la única que tengo.
- ¿La conseguiste?
Thomas levanto la caja.
-si
Y por primera vez en aquella noche, Edward respiró.
-Entonces es cierto.
Thomas dejo la caja sobre el escritorio.
-Es peor de lo que imaginábamos.
Edward la abrió.
Dentro había documentos, nombres, fechas y cantidades de dinero atadas con una cinta negra.
Demasiados nombres.
Demasiadas familias.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Thomas dejó escapar el aire lentamente.
-Si esto llega a las manos correctas- dijo Thomas -, podemos detenerlos.
Edward soltó una risa amarga.
-Y si llega a las manos equivocadas, estaremos muertos antes del amanecer.
Thomas lo miró fijamente.
-Tienes miedo?
Edward levanto la mirada.
-Tu no?
La respuesta sorprendió a Thomas, nunca se imaginó que su amigo que solo se lo podía comparar con un bloque de hielo tendría la capacidad de sentir miedo.
-Tengo miedo por mi familia- continuó-. Por mi madre. Por Eleonor, Por todos los que llevan mi apellido.
Thomas volvió la vista hacia los documentos.
-Yo también tengo familia.
Edward sonrió débilmente.
-Lo sé
-Mi hija apenas tiene tres años.
- Lo sé.
-y tu hijo...
Edward miro por la ventana
-Alexander tiene nueve.
-Entonces tenemos más razones para terminar esto.
Edward permaneció en silencio mientras Thomas tomaba uno de los documentos.
-Mañana entregaremos todo- Edward negó lentamente.
-No
-¿Qué?
-No mañana
-Edward...
- Si hacemos esto sin estar preparados, nos destruirán.
Thomas golpeó suavemente el escritorio con la palma de su mano.
-Ya nos están destruyendo! - exclamo, el silencio que les siguió fue el preludio de una verdad enterrada.
Edward cerró los ojos.
-Hay algo que no te he contado.
Thomas esperó
-Alguien dentro de mi propia casa está trabajando para ellos.
Thomas no podía creer las palabras que salían de la boca de su amigo, acaso ¿lo había traicionado?, ¿todo el trabajo que habían hecho solo fue fruto de un vil engaño?, al venirle esos pensamientos, palideció.
-¿Estas seguro?
-No.
Edward bajó la voz.
-Pero esta noche encontré esto. - Saco un pequeño papel del bolsillo.
Thomas lo tomó. Era una lista de nombres. Entre ellos había personas que ambos conocían. Personas en las que habían confiado.
Thomas sintió un escalofrío.
-¿Como llegó esto a ti?
-Lo encontré en el despacho de mi padre.
-Tu padre murió hace diez años.
-Precisamente.
Thomas levantó la mirada. Edward parecía pálido.
Edward se acercó al escritorio y cerró lentamente la caja
-Si algo me sucede...
Thomas comprendió antes de que terminara.
-No.
-Escúchame
-No.
-Thomas.
-No pienso aceptar eso.
Edward se acercó y puso una mano sobre su hombro.
-Si algo me sucede, deber proteger a mi familia.
Thomas lo miró con incredulidad – Y tu debes hacer lo mismo por la mía. - respondió.
Edward extendió la mano mientras Thomas la observó durante unos segundos.
Después la estrecho.
-Te lo prometo.
Edward apretó su mano.
-No
Thomas frunció el ceño.
-¿No?
-No quiero una promesa entre nosotros.