Entre Rosas y Juramentos

LA HIJA DE UN HOMBRE DESAPARECIDO. 

Bath, Inglaterra

Octubre de 1887.

En Bath, cada año el otoño llegaba acompañado de neblina. Se deslizaba entre las calles del amanecer, cubriendo los tejados de piedra y envolviendo las lámparas de gas en pequeños halos amarillentos.

Los carruajes al igual que las personas avanzaban lentamente sobre las calles húmedas, y el sonido de las ruedas contra los adoquines se mezclaba con los cascos de los caballos, dando una sinfonía única del lugar.

Era una ciudad hermosa. Demasiado hermosa para guardar tantos secretos.

Yo lo sabía. Había vivido allí toda mi vida.

Conocía las calles elegantes donde las damas paseaban después del desayuno, las pequeñas tiendas donde los comerciantes conocían a sus clientes por nombre y apellido y las zonas más alejadas del centro, donde las familias pobres esperaban durante días para ser atendidas por médicos o abogados que rara vez tenían tiempo para ellas.

Mi padre por su profesión había conocido todas esas partes de Bath, llevándome con él para que pudiera seguir con su legado cuando crezca.

Permanecía frente a la ventana de mi dormitorio, observando cómo la niebla cubría lentamente el jardín. Junto a ella sus únicos amigos, guardadores de sus más grandes secretos, sus libros, quienes la acompañaban en sus tristezas y felicidades, pero esta vez había uno abierto sobre la mesa, pero como rara vez sucede no había leído una sola página en los últimos veinte minutos.

Mi atención estaba en otra cosa.

En la puerta.

En el sonido de unos pasos que llevaba tres años esperando escuchar.

Cada mañana despertaba con la misma esperanza absurda, esa que, a pesar de todo, se negaba a morir.

Quizá hoy.

Quizá hoy Thomas Torres regresaría.

Quizá atravesaría aquella puerta con el mismo abrigo oscuro que llevaba el día de su desaparición, con el cabello desordenado, el rostro cansado y una explicación imposible entre los labios. Quizá sonreiría como si aquellos tres años no hubieran existido. Quizá diría que todo había sido un sueño. Un horrible malentendido. Un error del que, por fin, podían reírse.

Quizá me abrazaría.

Y luego, como si nada hubiera ocurrido, se quejaría de que el té estaba demasiado frío.

Quizá.

Siempre había un quizá.

Y, durante tres años, había aprendido a vivir aferrada a él.

Quizá volvería a ocupar su lugar en la cabecera de la mesa. Pero cada noche terminaba igual. Sin él.

Cerré los ojos.

Tres años.

Tres malditos años habían pasado desde que mi padre desapareció.

No había muerto.

Había desaparecido.

Me aferraba a aquella diferencia como quien se aferra a una cuerda suspendida sobre el vacío. Era delgada, casi frágil, pero seguía ahí. Y mientras no se rompiera, mientras pudiera sostenerla entre los dedos, todavía tendría algo a lo que aferrarme.

Porque muerto significaba que no había nada que hacer.

Muerto significaba aceptar el silencio, bajar los brazos y aprender a vivir con una ausencia definitiva.

Pero desaparecido...

Desaparecido significaba que todavía existía una posibilidad.

Una posibilidad, por pequeña que fuera. Una grieta diminuta por la que aún podía entrar la esperanza.

Y mientras existiera esa posibilidad, seguiría buscando.

Aunque la esperanza doliera.

Aunque me consumiera.

Aunque algún día terminara por no quedarme nada más que ella.

Abrí los ojos.

Sobre la cómoda descansaba una fotografía familiar, ya amarillenta por el paso del tiempo. La había contemplado tantas veces que conocía de memoria cada rostro, cada gesto, cada pliegue de aquella imagen; la llevaba grabada en la retina como si perteneciera a un recuerdo que se negaba a morir.

Su papá aparecía sentado en una silla, con ella pequeña sobre el regazo y una sonrisa ingenua dibujada en los labios, una sonrisa que hacía mucho había dejado de habitar su rostro. Detrás de ellos, Gabriel asomaba con una mueca traviesa, ajeno a la solemnidad de la fotografía.

Entonces todo parecía sencillo. Todo era luz, risas y días que se extendían sin prisa. Ella no sabía cuándo había ocurrido, en qué instante preciso la felicidad había comenzado a deshilacharse hasta convertirse en aquello que apenas alcanzaba a recordar.

Tomé la fotografía y la apreté contra mi pecho.

—Buenos días, papá.

Solo entonces una pequeña sonrisa floreció en mis labios.

—Hoy también voy a buscarte.

Dejé la fotografía en su lugar y me volví hacia el espejo.

Mi vestido era sencillo, de color crema, con pequeñas flores bordadas en las mangas. La tela caía suavemente sobre mi cuerpo y contrastaba con mi largo y abundante cabello castaño oscuro, que bajo la luz del sol adquiría cálidos reflejos dorados. Solía llevarlo recogido durante el día, aunque siempre dejaba algunos mechones sueltos alrededor del rostro. Era mi pequeña protesta contra las reglas que parecían empeñadas en decirme cómo debía verme, cómo debía comportarme y, sobre todo, quién debía ser.

Mi piel clara estaba salpicada de pecas apenas visibles sobre el puente de la nariz y las mejillas. A mis veintitrés años, quienes me rodeaban insistían en que poseía una belleza hecha para llamar la atención.

Yo nunca había sabido qué pensar de eso.

Especialmente de mis ojos.

Eran de un marrón profundo, casi avellana, y decían que parecían cambiar de tonalidad según mi estado de ánimo. Mi padre solía decir que eran mi mayor problema.

—Miras demasiado —me decía.

—Solo observo —le respondía, siempre con una sonrisa.

Ahora, frente al espejo, recordé su voz con una claridad que dolía.

No llevaba joyas. Nunca me habían gustado demasiado. La única excepción eran unos pequeños pendientes de plata que habían pertenecido a mi madre.

Los rocé con las yemas de los dedos.



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En el texto hay: misterio, romance, enemistolover

Editado: 11.08.2026

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