Alexander
La noche había caído sobre Blackwood Manor.
Permanecí en mi despacho, junto a la chimenea, observando cómo las llamas consumían lentamente los últimos troncos. Las sombras danzaban sobre las paredes, alargando las figuras de los muebles hasta convertirlas en formas extrañas.
Había sido un día largo.
Demasiado silencioso.
Desde la muerte de mi padre, el silencio de aquella casa había adquirido una cualidad diferente.
Ya no era tranquilidad.
Era ausencia.
Tomé la copa que descansaba sobre el escritorio, pero no llegué a beber. La sostuve entre los dedos mientras contemplaba el fuego, perdido en pensamientos que prefería no tener.
Un golpe seco en la puerta interrumpió el silencio.
—Milord.
Reconocí la voz de inmediato.
—¿Qué ocurre?
La puerta se abrió y Danilo, el mayordomo, entró llevando un sobre entre las manos.
—Esto acaba de llegar.
Fruncí el ceño.
—¿Quién lo entregó?
—Un muchacho. Dice que recibió unas monedas para traerlo hasta aquí.
Extendí la mano.
—¿Dijo quién lo envió?
—No, milord.
Tomé el sobre y lo examiné.
No tenía sello.
No tenía nombre.
Solo una pequeña marca dibujada con tinta negra en la parte posterior.
Una rosa.
Sentí que algo se tensaba dentro de mí.
Por un instante, el fuego dejó de ser lo único que escuchaba.
—Déjame solo.
Danilo inclinó la cabeza.
—Sí, milord.
Salió y cerró la puerta tras de sí.
Permanecí inmóvil.
Durante unos segundos, me limité a observar el sobre.
La rosa seguía allí.
Pequeña.
Sencilla.
Inconfundible.
Y había cosas que un hombre podía olvidar.
Un rostro.
Una voz.
Incluso un nombre.
Pero ciertas marcas estaban hechas para permanecer.
Dejé la copa sobre el escritorio.
No necesitaba abrir el sobre para saber que aquello no era una casualidad.
Durante unos segundos permanecí mirandolo.
Había algo en aquella rosa que me resultaba familiar.
No era exactamente el escudo de los Blackwood.
Era más antigua.
Más sencilla.
Una marca que había visto antes, escondida en algunos de los documentos de mi padre.
Finalmente, abrí el sobre.
Dentro había una sola hoja.
Una única frase.
La leí.
Y volví a leerla.
La promesa está a punto de cumplirse.
Nada más.
No había firma.
No había explicación.
Solo aquella frase.
Dejé el papel sobre el escritorio y abrí uno de los cajones que rara vez tocaba.
Dentro había algunos documentos que habían pertenecido a mi padre.
No eran muchos.
Había muerto demasiado joven.
Demasiado pronto.
Apenas conservaba recuerdos de él.
Una voz grave.
Una mano sobre mi cabeza.
El olor de su abrigo mojado por la lluvia.
Y aquella noche.
Siempre aquella noche.
Tenía pocos recuerdos de lo ocurrido. Fragmentos sueltos, imágenes que aparecían en mis sueños y desaparecían antes de que pudiera alcanzarlas.
Recordaba haberme despertado por el ruido de los caballos.
Recordaba a mi madre llorando.
Hombres entrando y saliendo de la casa.
Voces bajas.
Pasos apresurados.
Y un nombre.
Thomas Torres.
No sabía quién era entonces.
Solo recuerdo haberlo escuchado aquella noche.
Después, mi padre murió.
Durante años me convencí de que ambas cosas no estaban relacionadas.
Pero con el tiempo aprendí que las coincidencias rara vez eran inocentes.
Tomé uno de los documentos y lo observé bajo la luz de la chimenea.
La misma rosa estaba allí.
Pequeña.
Casi invisible.
La marca que había ignorado durante años.
Hasta esta noche.
Mi mirada volvió al mensaje sobre el escritorio.
La promesa está a punto de cumplirse.
Sentí un frío extraño recorrerme la espalda.
Si alguien había esperado tantos años para enviarme aquello, entonces la pregunta ya no era quién conocía el secreto.
La pregunta era por qué había decidido revelarlo ahora.
Tomé uno de los documentos.
En la parte superior aparecía una fecha.
14 de octubre de 1867.
Debajo había unas pocas líneas escritas a mano.
Reconocí la letra de inmediato.
Era la de mi padre.
La leí una vez.
Después otra.
Y una tercera.
No había explicaciones.
Solo una frase.
Si algo me sucede esta noche, Thomas sabrá qué hacer.
Sentí que el pecho se me tensaba.
Aquello no era una despedida.
Era una advertencia.
Dejé el documento sobre el escritorio y tomé otro.
Esta vez aparecían dos nombres.
Edward Blackwood.
Thomas Torres.
Debajo, escrita con la misma tinta, había una sola palabra.
Promesa.
Me quedé mirando aquella palabra durante varios segundos.
¿Por qué mi padre había escrito aquello?
¿Qué había ocurrido realmente aquella noche?
Y, sobre todo...
¿Por qué, después de tantos años, alguien me había enviado un sobre con una sola frase?
La promesa está a punto de cumplirse.
Me recosté lentamente contra el respaldo de la silla.
La respuesta parecía estar escondida en algún lugar entre aquellos documentos.
Algo que mi padre había protegido hasta el último momento.
Algo que Thomas Torres había sabido.
Algo que, por alguna razón, estaba volviendo a salir a la luz ahora.