Bath, Inglaterra - octubre de 1887
La mañana había amanecido cubierta de niebla.
Una de esas nieblas densas que envolvían Bath hasta hacer desaparecer sus contornos. Desde las ventanas de la residencia Torres, apenas podían distinguirse las siluetas de las casas del otro lado de la calle.
La lluvia había comenzado durante la madrugada y continuaba cayendo con una persistencia casi irritante. Las gotas golpeaban suavemente los cristales, deslizándose después en pequeños caminos de agua que deformaban las luces y las sombras del exterior.
Permanecí frente al espejo de mi habitación.
Había elegido un vestido de viaje de lana verde oscuro, sencillo pero elegante, apropiado para el trayecto. Sobre él llevaba un abrigo de terciopelo marrón y un pequeño sombrero adornado con una cinta oscura que recogía parte de mi cabello.
No quería llamar la atención.
No iba a una fiesta.
No iba a visitar a una amiga.
Iba a la casa de una familia que, hasta aquella mañana, había sido poco más que un apellido prohibido.
Blackwood.
El nombre parecía distinto ahora.
Ya no era simplemente el apellido de una familia poderosa. Era una fotografía escondida durante años, una fecha y una carta escrita por mi padre antes de desaparecer.
Ajusté los guantes sobre mis manos.
Después abrí el cajón de mi escritorio.
La pequeña caja de madera descansaba en el fondo, exactamente donde la había dejado la noche anterior.
La saqué con cuidado.
Dentro estaban la fotografía, la carta y la llave de plata.
Tomé esta última entre mis dedos.
La pequeña rosa tallada en uno de sus extremos brilló bajo la luz gris de la mañana.
B-17.
Todavía no sabía qué significaba.
Pero estaba a punto de descubrirlo.
Cerré la caja y la guardé entre mis pertenencias.
Antes de abandonar la habitación, miré una última vez mi reflejo.
No sabía qué encontraría en Blackwood Manor.
No sabía si encontraría respuestas.
Ni siquiera sabía si encontraría a alguien dispuesto a decirme la verdad.
Pero sí sabía una cosa.
Había esperado tres años por aquel momento.
Y no pensaba regresar a casa con las manos vacías.
Todavía no entendía por qué mi padre había escrito mi nombre.
Ni por qué había esperado tres años para que encontrara aquella caja.
Tomé nuevamente la fotografía.
Ambos hombres aparecían mucho más jóvenes de lo que los recordaba en los retratos familiares. Mi padre y Edward Blackwood.
Pero había algo más.
Estaban sonriendo.
No como dos conocidos.
No como hombres que se habían encontrado una vez.
Sonreían como dos amigos.
Como hermanos.
Mis dedos recorrieron lentamente el borde de la fotografía.
—¿Quién eras tú para él?
La pregunta se perdió en el silencio de la habitación.
No esperaba una respuesta.
Aun así, una parte de mí deseaba que la fotografía pudiera hablar.
Pero había algo más que no conseguía quitarme de la cabeza.
La llave.
La pequeña rosa de cinco pétalos tallada en la plata.
Había pasado gran parte de la madrugada intentando recordar dónde había visto aquel símbolo.
Y finalmente lo recordé.
Uno de los viejos documentos de mi padre.
La misma rosa.
La misma marca.
La misma familia.
Los Blackwood.
Sentí un escalofrío.
Durante años había pensado que el apellido que mi padre nunca pronunciaba era simplemente una parte de su pasado que había decidido dejar atrás.
Ahora empezaba a sospechar que había sido todo lo contrario.
Quizá había intentado mantenerlo lejos de mí.
Quizá había intentado protegerme.
Y quizá había fracasado.
No lloré.
Había llorado demasiado durante los primeros meses después de su desaparición. Había llorado hasta quedarme sin lágrimas, hasta que el dolor dejó de ser algo que podía expulsar de mi cuerpo y se convirtió en una parte más de mí.
Después aprendí algo.
Las lágrimas no devolvían a nadie.
No abrían puertas.
No revelaban secretos.
No cambiaban el pasado.
Lo único que me quedaba era encontrar respuestas.
Y si para encontrarlas tenía que entrar en la casa de los Blackwood, lo haría.
Aunque eso significara descubrir que todo lo que creía saber sobre mi padre era una mentira.
Un golpe suave en la puerta interrumpió mis pensamientos.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Gabriel apareció en el umbral. Llevaba un abrigo oscuro y tenía el cabello todavía húmedo por la lluvia. Me miró durante unos segundos antes de bajar la vista hacia la pequeña maleta junto a la cama.
—¿De verdad vas a hacerlo?
No respondí inmediatamente.
—Sí.
Gabriel entró y cerró la puerta detrás de él.
—Isabella...
—No me digas que no vaya.
—No iba a decir eso.
Lo miré con cierta sorpresa.
Gabriel suspiró y se pasó una mano por el cabello.
—Sé que no vas a detenerte.
—Entonces no intentes hacerlo.
—Eso no significa que no esté preocupado.
Bajé la mirada hacia la caja que descansaba sobre el escritorio.
—Papá dejó esto para mí.
—Lo sé.
—Y dejó instrucciones.
—También lo sé.
Levanté la mirada.
—Entonces entiendes por qué tengo que ir.
Gabriel guardó silencio.
Durante unos segundos, solo se escuchó la lluvia golpeando los cristales.
—No sabemos quiénes son realmente los Blackwood —dijo finalmente.
—Tampoco sabemos quiénes somos nosotros por completo.
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.
Gabriel frunció el ceño.
Me arrepentí en cuanto las pronuncié.
—Quise decir...
—Sé lo que quisiste decir.
Su voz no llevaba reproche.