La carta de Edward
Blackwood Manor — Esa misma mañana
ALEXANDER
Había pasado años sin entrar en el antiguo despacho de mi padre.
Desde la muerte de Edward, aquella habitación permanecía prácticamente intacta.
Los libros seguían ocupando las estanterías.
El escritorio conservaba pequeñas marcas de tinta.
Una pluma descansaba dentro de un tintero seco, como si alguien hubiera dejado de escribir en mitad de una frase y nunca hubiera regresado.
Y, en el cajón inferior, había una caja que durante años no había conseguido abrir.
Hasta aquella mañana.
La cerradura cedió después de varios intentos.
Dentro había documentos.
Cartas.
Una medalla antigua.
Y un sobre.
Lo tomé.
Reconocí la letra de inmediato.
La letra de mi padre.
El sobre no tenía destinatario.
Lo abrí.
Leí.
Mi padre hablaba de Thomas.
De la promesa.
De aquella noche de 1867.
Pasé las páginas lentamente hasta encontrar una frase que me hizo detenerme.
Si algún día la hija de Thomas llega hasta Blackwood Manor, no le entregues la verdad.
Volví a leerla.
Después, la siguiente línea.
No confíes en lo que ella diga.
Fruncí el ceño.
¿Por qué mi padre había escrito aquello?
¿Qué sabía sobre Isabella?
¿Qué había ocurrido realmente entre él y Thomas?
Seguí leyendo.
Cada palabra parecía abrir una pregunta nueva.
Hasta que llegué al final de la carta.
Allí había una última advertencia.
Pero no permitas que se marche sin la llave.
Levanté la mirada.
La llave.
La misma llave que había desaparecido veinte años atrás.
La misma que mi padre había confiado a Thomas.
Y ahora...
La debería tener Isabella.
Me quedé inmóvil.
Por primera vez, comprendí que la llegada de Isabella no podía ser una coincidencia.
Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos.
—Milord.
Doblé la carta rápidamente.
—¿Qué ocurre?
El mayordomo abrió la puerta.
—Ha llegado una señorita.
Levanté la mirada.
—¿Quién?
—Isabella Torres.
Durante unos segundos no pude responder.
Miré la carta.
Después, hacia la puerta.
Mi padre había sabido que ella llegaría.
Había dejado instrucciones.
Había guardado secretos.
Y ahora Isabella estaba dentro de Blackwood Manor.
Guardé la carta en el bolsillo interior de mi chaqueta.
—Hazla pasar.
El mayordomo inclinó la cabeza y salió.
Permanecí solo.
Me acerqué lentamente a la ventana.
La lluvia seguía cayendo sobre los jardines.
Apoyé una mano contra el cristal frío.
Durante veinte años había creído que la promesa de mi padre había muerto con él.
Me equivocaba.
No había terminado.
Solo había estado esperando.
Esperando a Thomas.
Esperando la llave.
Esperando a Isabella.
Y ahora ella había llegado.
Pero había algo que mi padre no había escrito.
Algo que, por primera vez, me preocupaba más que la propia promesa.
¿Por qué había ordenado que no confiara en ella?
Y, sobre todo...
¿Qué sabía Edward Blackwood sobre Isabella Torres que yo todavía ignoraba?